El tostadero

Aunque lo parezca, Sánchez no se hace trampas en el solitario. Sabe muy bien que él y su Gobierno están metidos en el horno, expuestos a una temperatura de cocción cercana al achicharramiento. Pero también sabe que convocar elecciones en estas circunstancias es la peor opción para salir del tostadero. Necesita aguantar hasta que escampe. ¿Qué otra cosa puede hacer, darse golpes de pecho por haberse equivocado de ministros, reconocer que su tesis doctoral es el fiel reflejo de lo que entiende por un trabajo bien hecho y acabar admitiendo que a los independentistas solo se les puede mantener a raya haciéndoles promesas de imposible cumplimiento? ¿Para qué servirían entonces las urnas, para medir la magnitud de su fracaso?

Si hiciera caso a los líderes de la oposición, una convocatoria electoral inmediata significaría admitir que la situación política es, en efecto, tan insostenible como ellos dicen y que su gestión al frente del Gobierno ha sido la suma de un sinfín de rectificaciones sucesivas, de errores de bulto, de impulsos contradictorios y de decisiones equivocadas. ¿Qué estímulo tendrían los electores para refrendar a un candidato que se presenta ante ellos con esas credenciales? ¿Qué podría hacer Sánchez, pedir a los ciudadanos una segunda oportunidad después de haber malogrado la que le dieron los padres de Frankenstein en la moción de censura? ¿Prometer un casting más riguroso en la selección de ministros? ¿Copiar cien veces en la pizarra que no volverá a plagiar trabajos académicos? ¿Decir que ha aprendido de sus propios errores y que no volverá a hacer depender la estabilidad del Gobierno del chantaje separatista?

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer algo así. Ni puede disolver Las Cortes con el único argumento de que la legislatura no da más de sí por su incapacidad política para hacerla fructífera ni es de recibo pedir la adhesión electoral a un proyecto fracasado. Andreotti se llevó las manos a la cabeza cuando Leopoldo Calvo Sotelo le confesó, durante la final del mundial del 82, que iba a convocar elecciones anticipadas. «Eso solo se hace -le dijo el astuto presidente italiano- si uno está seguro de ganarlas». Sánchez no tiene más remedio que aguantar hasta que pueda esgrimir una coartada razonable que justifique la convocatoria.

Si hay juicio contra los políticos presos antes del mes de febrero y en gesto de represalia Puigdemont consuma su amenaza de votar en contra de los Presupuestos, Sánchez podrá decir que los independentistas han priorizado el conflicto a la cooperación y tendrá las manos libres, como explicó en su discurso neoyorquino del jueves pasado, para dar la legislatura por finiquitada. Luego, ya en campaña, podrá solicitar el apoyo necesario para que la política social que prometió durante su investidura no siga bloqueada por la obstrucción berroqueña de la derecha. De esa forma, la apelación a las urnas ya no sería la consecuencia de un fracaso personal, sino un acto de dignidad democrática que brinda la oportunidad de darle a la izquierda un impulso decisivo.

Entre tanto, claro está, lo imperativo es proyectar la imagen de que el Gobierno no ha entrado en barrena. De ahí que Sánchez se niegue a segar la cabeza de más ministros, por muy chamuscados que estén, y que el CIS haya cocinado un pronóstico incomible que duplica la ventaja del PSOE frente al PP. No están a diez puntos. Están a menos de cinco. Con esa patraña demoscópica como argumento de fondo, el discurso oficialista ya ha comenzado a hacer de las suyas: el calamitoso paisaje político que dibuja a diario la prensa canallesca, intoxicada por chantajistas sin escrúpulos, no es más que un cuento chino. ¿Pedro Sánchez un plagiario indocto? ¿Dolores Delgado amiga del rey de las cloacas? ¿Pedro Duque un virguero de la elusión fiscal? Ni hablar. Eso solo son mentiras interesadas de una campaña incomparable. Celaá dixit.

Pincho de tortilla y caña a que los Presupuestos encallan. De lo contrario, el presidente se quedará sin coartada para disolver y no tendrá más remedio que seguir en el tostadero hasta 2020. Al ritmo que crecen las llamas, ni el CIS de Tezanos ni la mercadotecnia de Iván Redondo podrían evitar que se calcinara.

Luis HerreroArticulista de OpiniónLuis Herrero

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