El terrorismo de Daesh retorna a la clandestinidad

Para los analistas en terrorismo islámico, 2018 ha sido «un buen año». Los atentados yihadistas en Europa y Estados Unidos se han reducido sustancialmente respecto a años anteriores. Una combinación de presión por parte de algunos gobiernos musulmanes pro-occidentales y la excelencia alcanzada en los servicios de inteligencia europeos y norteamericanos han dado buenos resultados: una veintena de muertos en ataques yihadistas en Occidente, frente a los 150 muertos de 2015. Más importante aún, el movimiento yihadista por excelencia, el autodenominado Estado Islámico (IS por sus siglas en inglés, Daesh en árabe) ha perdido el 98 por ciento de todo el territorio conquistado hace cuatro años en los países donde proclamó el «califato», según estimó hace poco el general Tony Thomas, comandante de las Operaciones Especiales de EE.UU. en Siria. Hoy los milicianos del Estado Islámico se concentran en un pequeño feudo en la provincia siria de Idlib. El Pentágono calcula que Daesh cuenta en ese bolsón -y en algunas aldeas sobre el río Eufrates- con alrededor de 30.000 combatientes. Su centro de mando, no obstante, se ha trasladado a «zona segura» en Afganistán y Libia.

Daesh ha perdido el territorio «pero no su poder de fuego, que se mantiene intacto», advirtió este mes el Pentágono. Los miles de combatientes bien entrenados se mantienen en contacto con las células dormidas en Occidente, y con una larga lista de grupos yihadistas que actúan como franquicias en Pakistán, Yemen, Libia, Egipto, y Libia. La acción -e inspiración- de Estado Islámico ha llegado a las Filipinas, Malasia e Indonesia, y en el África negra se extiende de costa a costa, en casi todos los países con una población musulmana importante.

Gran parte del carisma y deslumbramiento producido por Daesh en los círculos islamistas radicales se ha perdido, pero no su voluntad de victoria final. La táctica de Estado Islámico, distinta de la de Al Qaida, pasa primero por el control del mundo musulmán. En su bitácora, los atentados terroristas en Occidente son ahora secundarios y casi se encomiendan a «lobos solitarios», que se presentan como «mártires» inspirados por Daesh.

Para el islamismo nacido a finales de los años veinte en Egipto con los Hermanos Musulmanes, y que tiene su «profeta» en Sayyid Qutb, colgado en agosto de 1966 por Náser, la lucha comienza en el territorio del Corán. Los juristas musulmanes lo denominan Dar-al-Islam, «la casa del islam», donde debe aplicarse al pie de la letra la ley islámica, la Sharía, y donde todo buen musulmán tiene el deber de derrocar a los déspotas orientales acomodaticios, que consideran «apóstatas». Para los eruditos radicales, junto a Dar-al-Islam figura Dar-al-Harb, «la casa de la guerra», el territorio mundial habitado por los «infieles», donde en su momento se trasladará también la yihad, la guerra santa.

Nuevas oportunidades

Ni Daesh ni el resto de grupos armados islamistas han renunciado a esa interpretación radical y alucinante del Corán, que se mueve en tres niveles de discriminación: la que existe entre musulmanes y no musulmanes, entre varones y mujeres, y entre libres y esclavos. Esta última división, que había quedado obsoleta durante mucho tiempo, fue reeditada por Daesh en Irak con la comunidad yazidí.

El yihadismo de Daesh regresa a la clandestinidad y se ve forzado a cambiar de estrategia. Dos factores pueden contribuir a su crecimiento en esa nueva vía. Por un lado, la tozuda decisión del presidente Trump de replegar sus fuerzas militares en Oriente Próximo, empezando por Siria e Irak, donde considera que la eliminación del «califato» hace ya innecesaria la presencia norteamericana. Trump, como adalid del «America First», está solo obsesionado con la fortaleza de sus fronteras, y prefiere gastar dinero y energías en el muro con México y no en la lejana amenaza yihadista.

Por otro lado, la entrada de Turquía en el tablero regional ofrece a los yihadistas nuevas oportunidades. El régimen turco juega la baza de sus tres millones de refugiados sirios para presentarse como actor principal, y negocia con Rusia e Irán un reparto de influencias. El presidente Trump cree que Tayyip Erdogan es un islamista moderado, que combatirá a Daesh y sus franquicias, pero se equivoca. La única obsesión de Ankara es crear un «tapón» en Siria contra los kurdos. Turquía sirvió en el pasado de santuario a yihadistas regionales y además Erdogan -que en su día proclamó «nuestros minaretes serán nuestras bayonetas»- hace gala de islamismo cuando le interesa.

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