El sueño americano: muerte en Navidad

Cansado de tanta miseria, un día Agustín Gómez, de 47 años, se enteró de que si lograba entrar en Estados Unidos con un hijo menor de edad, la «migra» no podría echarle. Cogió de la mano al pequeño Felipe, de ocho años, le compró unos zapatos nuevos y emprendió el largo camino de Yalambojoch, su pequeña aldea de Guatemala, a Texas. Fueron 3.000 kilómetros de penurias y miseria, que acabaron con la cruel muerte, en Nochebuena, de quien ya es un triste símbolo del gran drama migratorio americano del siglo XXI.

A Agustín, jornalero, las deudas le impedían conciliar el sueño. Cada vez había menos trabajo, sólo ganaba cinco euros al día trabajando en el maíz y el frijol, y apenas le daba para dar de comer a su mujer y sus tres hijos, que subsistían todos con café y tortillas de maíz.

Perder a un niño

La familia de Felipe llora hoy el amargo drama de perder a un niño en un gris y lejano hospital de Nuevo México por una simple gripe, en plena Navidad. Para las autoridades migratorias norteamericanas es un desafortunado número, el duodécimo sin papeles que muere bajo su custodia este año, la última cara visible de una situación que les supera, peones ellos mismos de la cruzada de Donald Trump contra los sin papeles.

Según la hermanastra del niño, Felipe tenía un sueño: que le compraran una bicicleta. «El padre de uno de los niños que viven aquí le compró una bicicleta con dinero que envió desde América», dijo en conversación telefónica Caterina Gómez, que tiene 22 años y ha ofrecido a la prensa fotos del pequeño trabajando en el campo junto a su padre. «Durante el viaje hablaba con mi madre por teléfono, y le dijo que allí estudiaría, encontraría trabajo y le enviaría dinero».

¿Cuántos «felipes», con sus mismos sueños, hay entre los 5.000 niños detenidos cada mes por cruzar ilegalmente en EE.UU.? ¿Quién es responsable de la muerte de este niño: quien le trajo consigo a tan duro viaje o quienes no supieron ofrecerle el tratamiento que necesitaba?

Tras noches de frío, lluvia y hambre, el 18 de diciembre el niño y su padre lograron entrar a Texas por la localidad de El Paso, tras pagar a unos coyotes que les dejaron en el desierto. La alegría de comenzar una nueva vida duró apenas unas horas, hasta que fueron detenidos. De El Paso, padre e hijo fueron trasladados a un centro de la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza en Alamogordo, en Nuevo México. El día de Nochebuena, el niño se quejó de mareos. Vomitó la comida. Tenía décimas de fiebre. Fue llevado al hospital Gerald Champion, donde los médicos de urgencias le diagnosticaron un catarro, le recetaron antibióticos y antiinflamatorios y le dieron el alta. Por la noche la fiebre subió a 40 grados. La policía llamó a una ambulancia en la que Felipe perdió el conocimiento.

El niño murió en el hospital cuando faltaban doce minutos para la medianoche, mientras a otros 3.000 kilómetros Trump acudía a Misa de Gallo en la catedral de Washington. La autopsia ha revelado que Felipe sufría gripe tipo B. Vivió en América exactamente 108 horas. Su padre seguía ayer bajo custodia de la policía, a la espera de que se resuelva su solicitud de asilo.

La pequeña Jakelin

El día en que Felipe murió, a apenas 200 kilómetros de su aldea natal fue enterrada la pequeña Jakelin Caal, que a sus siete años murió también bajo custodia de las autoridades migratorias de EE.UU. La historia es similar: un padre y una hija huyen de la miseria, recorren 3.000 kilómetros, son víctimas de los traficantes de personas y acaban detenidos. Jakelin murió el 7 de diciembre de agotamiento y asfixia en un hospital de Texas, tras perder el conocimiento en otro centro de detención.

Esta semana, la secretaria de Seguridad Nacional, Kirstjen Nielsen, ha visitado centros de detención de inmigrantes en Texas y Arizona, donde ha dicho que la muerte de Felipe, como la de Jakelin, es «preocupante y descorazonadora». No ha revelado, sin embargo, si la Administración Trump reconsiderará la política de detener a niños después de que crucen la frontera.

Después de mantener silencio sobre estas muertes, Trump finalmente responsabilizó de ellas a los demócratas «y sus patéticas políticas migratorias». «Estaban ya muy enfermos antes de ser entregados al control de fronteras», dijo el presidente, sin amago de empatía.

Lee más: abc.es


Comparte con sus amigos!