El refugio interior de Marcos Ordóñez

Igual que un hámster empuja con sus patas la rueda en la que corre y corre, Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957) escribe para que la rueda siga moviéndose. Escribe novelas, una decena de obras en las últimas dos décadas; cuentos, «idea para un relato breve –anota en sus diarios–: el viejo que llega a la residencia y…»; libros autobiográficos, como «Una vuelta por el Rialto». «Debo, debo, debo…». Escribe libros sobre cine: «Beberse la vida», «Big Time»…; también obras teatrales, por algo es uno de los críticos más respetados.

«El problema es que de entre todos esos quehaceres, en su mayoría, de acuerdo, autoimpuestos, a menudo triviales, estúpidamente acatados, hay dos o tres auténticamente importantes, incluso decisivos, y a menudo se me escapan», reflexiona el autor barcelonés en « Una cierta edad» (Anagrama). «He tenido varias oportunidades de ganar dinero y las he desaprovechado. Paso muchas horas al día escribiendo, a sabiendas de que eso me ha dado muchos quebraderos de cabeza, pero a fin de cuentas hago lo que siempre quise hacer».

Con pluma, para no ir demasiado rápido, da forma a sus primeros diarios publicados: una colección de anotaciones, recuerdos y anécdotas que recogió entre 2011 y 2016, y también relatos breves, juegos poéticos y bocetos de artículos. Ya mantuvo un diario entre 1989 y 1994, pero lo abandonó cuando murió su padre. «Eran unas notas muy extensas, muy minuciosas y, en mi recuerdo, un poco pesadas». Volvió a abrir el cuaderno en 2003, hasta 2009, pero tampoco quiso rescatar estos escritos. «Había mucha negrura ahí dentro».

En «Una cierta edad» no hay rastro de esa negrura, salvo la descripción de un ataque de pánico y la mención a ciertas inseguridades que no termina de desarrollar: «Quiero anotar aquí lo bello, lo alegre, lo pequeño pero sorprendente, lo luminoso, aunque sea entreverado de melancolía. ¿Para qué contar las caídas en lo atroz?». Tampoco hay tedio en estas páginas: Ordóñez se escribe con una precisión que solo está al alcance de las mentes que saben reposar entre tanta fatiga. En uno de sus apuntes, dice con una lucidez envidiable que la respiración es un elemento básico en la escritura: «Escribes de modo ampuloso y prolijo cuando no encuentras la respiración adecuada. […] Pierdes el ritmo en un fárrago de subordinadas porque sobrestimas la potencia de tu aliento».

Una cierta edad es un diario literario al estilo de los de Iñaki Uriarte, a quien Ordóñez cita en varias ocasiones con admiración. Pero si los estupendos diarios de Uriarte tienen la ligereza de quien lo ve todo desde fuera del circuito, estas notas Ordóñez las escribe como el experto en cine y teatro que es. Nada que no supiéramos por su obra anterior. La diferencia es que aquí hay una conexión más íntima con el autor, esa sensación que le queda al lector de seguirlo en sus descubrimientos. Son impagables las entradas en las que acompaña a Núria Espert después de una función o la manera en que activa sus recuerdos cuando algún actor o escritor que trató ha muerto.

Ordóñez abre aquí una rendija de ese mundo de doscientas personas que dice haberse fabricado, «un refugio atómico con libros, discos, películas y obras de teatro». Ojalá se anime a mostrar más en próximos volúmenes.

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