El «pequeño Disney World» de la Navidad madrileña

En 1979, cuando España daba sus primeros pasos en democracia y el Real Madrid se proclamaba por 19º vez campeón de Liga, a los directivos de El Corte Inglés se les ocurrió poner en marcha una iniciativa novedosa: un espectáculo de animación en la calle Preciados, coincidiendo con el inicio de las fiestas navideñas, que atrajera a los más pequeños. Había nacido Cortylandia, una idea que pretendía recrear, a pequeña escala, el espíritu de parques temáticos por entonces inaccesibles para la mayoría, como Disney World y Disney Land. Y que este diciembre ha cumplido 40 años.

Aquel primer montaje, hecho con una máquina auténtica de tren que se trajo del Parque de Atracciones madrileños, fue el inicio de algo que, con el paso de los años, se ha convertido en una auténtica tradición madrileña en Navidad, por la que han pasado muchos de los hijos y nietos de quienes hoy leen estas páginas –e incluso algunos de los que las escriben–. Según datos de la compañía, cada año Cortylandia atrae a unas 300.000 personas.

Fueron los responsables del departamento artístico los que plantearon montar estos espectáculos cada Navidad para dar a conocer la ampliación del edificio que los grandes almacenes tenían en la calle Preciados. La idea se reveló pronto como todo un éxito. Y cada año, los creativos han derrochado imaginación a la hora de realizar nuevas instalaciones.

En Madrid, visitar el Cortylandia de la calle Maestro Vitoria se ha convertido en todo un clásico de las navidades, una parada casi tan obligada como la del mercadillo de la Plaza Mayor. Pero no sólo se han visto en la capital: muchas de ellas se han llevado después a otras provincias.

El gran Gulliver

En el pequeño universo infantil de Cortylandia, ha habido todo tipo de montajes: los basados en cuentos infantiles, los que se inspiraban en paisajes sacados de la imaginación de sus creadores, o en películas de actualidad. A lo largo de cuatro decenios, ha habido de todo, aunque quizá uno de los más recordados sea aquel gigante Gulliver (en 1985) que, sentado sobre los tejados, contemplaba a los pequeños visitantes desde sus impresionantes 18 metros de altura.

Por la calle Maestro Vitoria han pasado Don Quijote (1989), el Señor de los Anillos (2001), el Bosque Animado (1994), Aladino (1993), el Descubrimiento de América (1990), el Caballo de Troya (1996)… decenas de escenarios pensados para agradar a los niños e introducirles de cabeza en el espíritu navideño.

Todo un año

Cada montaje se empieza a preparar en enero, para que esté listo en diciembre. Se invierten meses en diseñar primero, y después pasar del boceto a la realidad –gracias en los últimos años a la tecnología 3D– estos muñecos animados que miden en ocasiones hasta 40 metros de ancho por 14 de alto. Sus piezas y decorados se construyen en madera, escayola, poliéster, poliestireno expandido, cables, tubos y cualquier otro elemento que pueda ser útil. Algunos de ellos cuentan con animatrónicos, muñecos mecanizados que son realizados por una empresa alemana especializada en estos elementos. Después, es el personal técnico de los grandes almacenes españoles el que se ocupa de montarlo, del mantenimiento y de su funcionamiento, y también de realizar las fachadas y recreaciones que los acompañan.

Música original

Todo el que haya estado esperando a que comience el espectáculo a las puertas del centro de la calle Maestro Vitoria tiene incrustado en su cabeza el machacón estribillo «Cortylandia, Cortylandia…», una composición musical creada por Álvaro Nieto, autor de otras melodías populares como «Gavilán o Paloma». Ahora es su hijo el que se encarga de componer la música que recrea cada año la historia que desarrolle el montaje.

Es tradicional que cada Navidad, durante los días que puede contemplarse este espectáculo gratuito, la calle y sus inmediaciones se llenen con niños y mayores que aguantan estoicos a que comience el siguiente pase.

Desde la compañía señalan que los días en que más personas se congregan en torno a la animación suelen ser los del largo «puente· de la Constitución, en el que la ciudad recibe a muchos visitantes llegados desde otros puntos de España. Una vez finalizado su tiempo de exposición, cada montaje se almacena en las instalaciones de esta gran empresa de distribución, y se conservan; nunca se destruyen.

En la actualidad, son muchas las posibilidades que tienen los niños de disfrutar de espectáculos animados, pero cuando Cortylandia nació, su excepcionalidad y su originalidad lo convirtieron en una atracción de primer orden, que marcó una etapa y forma parte de muchos recuerdos de infancia.

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