El papel crucial de la democracia

El reconocimiento facial es una industria en ascenso. Se refleja en la cantidad de patentes que se tramitan anualmente, tanto como en el tama√Īo del mercado presente y futuro. Esta tecnolog√≠a est√° asociada, por un lado, a la videovigilancia, y por otro, a la seguridad p√ļblica. Para comprender el fen√≥meno, debemos considerar que la tecnolog√≠a citada no solo vigila a personas y observa sus comportamientos, sino que tambi√©n relaciona a las personas con accesos (por ejemplo, las billeteras virtuales). Observar comportamientos y regular accesos hace que el reconocimiento facial sea usado, a su vez, por otras herramientas de la inteligencia artificial.

En el plano de las relaciones internacionales, la utilización de la videovigilancia y el monitoreo del tráfico privado de internet (por ejemplo, redes sociales) parece ser una constante que no diferencia a democracias de gobiernos autoritarios; pero, puertas adentro, las democracias todavía gozan, gracias a los propios y complejos frenos y contrapesos, de una razonable cuota de privacidad que en sociedades autoritarias no existe.

En el plano internacional, los Estados van incorporando a pasos acelerados mecanismos y artefactos de vigilancia, ya no solo en forma paulatina y consensuada, sino en desenfrenada carrera. Recientemente, el gobierno de EE.UU. comenz√≥ a solicitarles a los aspirantes a obtener visas que informen sobre sus cuentas en redes sociales utilizadas en los √ļltimos cinco a√Īos. Por su parte, China -cuya escalada en materia de vigilancia no parece tener l√≠mites- ha endurecido sus pol√≠ticas al respecto, especialmente en su frontera norte, en la provincia de Xinjiang.

Con la firma de Hilary Osborne y Sam Cutler, The Guardian public√≥ una nota titulada “Guardias fronterizos chinos ponen una aplicaci√≥n de vigilancia secreta en los tel√©fonos de los turistas”. La investigaci√≥n de The Guardian circunscribe el fen√≥meno a la regi√≥n de Xinjiang, fronteriza con Kirguist√°n. En esa regi√≥n, el Estado chino obliga a la poblaci√≥n musulmana a instalar una aplicaci√≥n en su tel√©fono con la finalidad de ser vigilada. De hecho, el peri√≥dico citado hab√≠a informado antes que esta estrategia alcanza a dos millones y medio de ciudadanos chinos practicantes del islam. Cabe agregar que, a trav√©s del paso fronterizo Irkeshtam, circulan al a√Īo aproximadamente 100 millones de personas.

En el mismo sentido, The New York Times advirti√≥ -con un ingenioso t√≠tulo cuya traducci√≥n podr√≠a ser “El estado de vigilancia: hecho en China, exportado al mundo”- que China ha exportado al menos a 18 pa√≠ses su sistema de vigilancia; algunos de los compradores fueron: Zimbabwe, Uzbekist√°n, Paquist√°n, Kenia, los Emiratos √Ārabes Unidos, Alemania y Ecuador. R√©plicas de este √ļltimo fueron vendidas a Venezuela, Bolivia y Angola. Por otro lado, en el Reino Unido, gracias a una investigaci√≥n de SkyNews, se conoci√≥ hace poco la primera evaluaci√≥n externa sobre el uso del reconocimiento facial en la Polic√≠a Metropolitana de Londres. La evaluaci√≥n estuvo a cargo de expertos de la Universidad de Essex y sus resultados no fueron muy favorables.

Seg√ļn ese informe, el sistema provisto por la empresa japonesa NEC’s Neoface se equivoca el 81% de las veces. En contraposici√≥n, las autoridades policiales inglesas admiten que el programa comete un error cada 1000 casos. Se trata de un desacuerdo cuya soluci√≥n descansa, en el mejor de los escenarios, en la corroboraci√≥n de evidencias, puesto que la polic√≠a no ha mostrado en qu√© se basa su afirmaci√≥n. Pero tambi√©n es posible, pensando lo peor, que alguno de los dos est√© faltando a la verdad. Por fortuna, la democracia tiene instancias institucionales para procesar este tipo de desacuerdos.

De cualquier forma, hay hechos que permiten inferir que las tecnolog√≠as en cuesti√≥n necesitan, como m√≠nimo, incorporar ajustes. As√≠, por ejemplo, en mayo, en San Francisco, la Junta de Supervisores de la ciudad aprob√≥ una normativa que amordaza a la polic√≠a en materia de reconocimiento facial. Actualmente, la polic√≠a de San Francisco no utiliza esa t√©cnica en la v√≠a p√ļblica, pero esto no implica que no se use en los aeropuertos, los puertos o dem√°s usos privados.

El caso de Londres y San Francisco muestra, a diferencia de China, que la democracia tiene sus ritmos, sus procesos, sus avanzadas y retrocesos. Si bien nada está asegurado ni garantido, el mayor reaseguro democrático consiste en que nada esté dado de manera definitiva. En particular, frente al avance de la vigilancia estatal, la democracia es, por ahora, una bocanada de aire fresco.

Investigador del Conicet

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