El misterio del silencio – LA NACION

Hay cosas que parecen no tener historia. Dios es una; la eternidad es otra (por eso Borges pudo jugar con la posibilidad contraria), y una tercera podría ser el silencio. Esto explica que cuando descubrí el libro de Alain Corbin Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días (Acantilado), no pude dejar de sentirme un poco perplejo, sobre todo porque el suyo (Corbin es historiador) no es un ensayo afín a la música, y mucho menos a la acústica. No. Lo que aquí se revela es otra dimensión del silencio, la historia de sus usos y su decadencia presente, porque no se trata de que haya mucho “ruido”: el silencio está amenazado también por enemigos que no son sonoros. Sin silencio no hay interioridad.

En su libro El sonido es vida. El poder de la música, Daniel Barenboim dedica el primer ensayo del volumen a la naturaleza del sonido y a su condición fatalmente transitoria: “El último sonido no es el final de la música. Si la primera nota está relacionada con el silencio que la precede, la última nota tiene que estar relacionada con el silencio que la sigue”. En otro lugar, Barenboim había dicho ya una vez que el silencio era como la fuerza de gravedad, que se imponía inexorablemente.

Que el silencio sea el final no quiere decir que esté vacío. El silencio no es nunca silencio de desierto, nunca está vacío. Hay allí una antigua sabiduría religiosa que el teólogo Meister Eckhart formuló de un modo terminante: “En medio de la noche, cuando todas las cosas se hundían en el silencio, me habló una palabra oculta”. El silencio está lleno, pero de algo distinto: como me dijo mi amigo Jorge Mara, el silencio es el lugar del misterio. Nos obliga a encontrar lo lleno en lo que parece vacío.

Hay silencio incluso en la pintura. En este caso, Corbin menciona los paisajes urbanos de Edward Hopper y los naturales de Caspar Friedrich, y no olvidemos que para Paul Claudel la pintura de Rembrandt era una pintura del silencio.

Desde un punto de vista religioso, el silencio puede tener signos diferentes. Corbin, que es autor además de una Historia del cristianismo, se detiene en el silencio de José, que no dice una palabra en ninguno de los cuatro Evangelios: “José responde con el silencio a todo lo que le concierne. Su silencio es el corazón que escucha, la interioridad absoluta. Durante toda su vida, este hombre ha contemplado a María y a Jesús, y su silencio es superación de la palabra”.

Pero por otro lado está el silencio de Dios, aun cuando pueda decirse que Dios habla incluso cuando calla. Pero ese silencio es también sufrimiento y duda. Es el silencio por el que pasa Jesús en el Monte de los Olivos. En su libro Las quimeras, el poeta francés Gérard de Nerval incluyó un poema que se llama justamente “Cristo en el Monte de los Olivos”. Están allí estos versos, puestos en boca del propio Cristo: “ Frères, je vous trompais: Abîme! abîme! abîme!/ Le dieu manque à láutel où je suis la victime… / Dieu n’est pas! Dieu n’est pas…“. “Los engañé, hermanos: ¡Abismo, abismo, abismo!/ Dios falta ante el altar donde me sacrifico/ Dios no está, ya no hay Dios”.

No puede imaginarse nada más dramático que esos versos, escritos o dichos en el ojo de la tormenta del silencio, que es desesperación. Parecen equivocados, nihilistas, pero no lo son. Ese es, precisamente, el lugar del misterio. Y ese misterio es necesario.

El poeta y sacerdote Ignacio J. Navarro lo dice muy claramente: “La respuesta de Dios a la pregunta por el dolor consiste en ir a situarse irrevocablemente en ese dolor. Jesús no lo despeja ni lo ‘supera’; se lo apropia y lo cobija”.

Hay dolor en el silencio justamente porque nadie parece respondernos. Pero podría pensarse también que la respuesta no hay que buscarla en otro lugar que en ese mismo silencio, la música callada.

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