El medallero antifiscista de Colau

DEL cuatrienio de Ada Colau no quedará mucho. Fracaso en su programa de construir viviendas sociales. Fracaso en seguridad ciudadana. La delincuencia aumenta un veinte por ciento: trescientos robos diarios. Tampoco sirvió su complicidad con el independentismo. Tijeretazo de la Generalidad al Consorci de l’Habitatge –2,9 millones menos de los 9 presupuestados–, mínima colaboración policial en la persecución del delito, descontrol de los «mena», que campan y delinquen en el área metropolitana.

Cuando las viviendas no aparecen. Cuando los vecinos protestan contra los narcopisos, se recurre siempre a la carta antifranquista y la manoseada «memoria histórica» (la memoria es individual, la historia es colectiva o una síntesis de memorias diversas).

Esta semana, la Academia Catalana de Gastronomía y Nutrición homenajeaba a Vázquez Montalbán con suculentos retazos de su obra y una glosa de Eduardo Mendoza. Manolo en la comida, la bebida y la lectura. Cuando Anagrama recupera su novela de investigación «Galíndez», vindiquemos al marxista partidario de la autocrítica: «Contra Franco vivíamos mejor». O el comentario de un personaje de aquella novela: «Todos los comunistas se empeñaron en exagerar la lucha, en desmadrarla, y de hecho apuntalaban el franquismo, porque al quedarse solos los unos contra los otros se justificaban los unos a los otros…»

Para que sus falaces promesas no los dejen en pelotas, los populistas de Madrid y Barcelona hablan a todas horas del dictador. Hijo de republicanos exiliados, el historiador Ucelay Da-Cal ve en el antifascismo el pegamento de la progresía: «Su impacto sería duradero, pues condicionó el ambiente de las izquierdas como oposición, no ya bajo la dictadura franquista, sino durante la Transición y el siglo XXI. Cuando menos programa de cambio social y mejora de condiciones tenían los socialistas, con Rodríguez Zapatero y otra vez, en 2018, con Sánchez, más importante fue el discurso de limpiar el pasado mediante el antifascismo, antes que solucionar problemas sociales concretos».

No extraña que el proyecto más «actual» del ayuntamiento barcelonés sea retirar la Medalla de la Ciudad a Franco y que el arrojado Pisarello exija al okupa de la Moncloa más implicación en la querella argentina contra los crímenes franquistas. Otro valiente, Jaume Asens, sigue buscando a los aviadores italianos que bombardearon Barcelona en 1938… ¡Hoy superarían los cien años!

Después de retirar mil cien placas del antiguo Instituto Público de la Vivienda, el Consistorio aplica la ley de obsolescencia al medallero franquista: fuera medalla del general Solchaga por entrar en Barcelona el 26 de enero del 39. Fuera medalla a los generales Muñoz Grandes e Ibáñez Freire por combatir en la División Azul. Fuera medalla a la Sección Femenina. Fuera medalla a Rodolfo Martín Villa. Fuera medalla al alcalde Miquel Mateu Pla (el de Perelada). Fuera medalla al Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat…

¿Mateu? ¿Montserrat? ¿Franquismo catalán? No estaría de más que Pisarello y compañía echaran un ojo a «Los catalanes en la guerra de España», del falangista reusense José María Fontana Tharrats: un bestseller del Sant Jordi de 1951. Y lo fue porque muchos catalanes del Régimen querían constatar, orgullosos, que se les citaba en aquellas páginas. En los años sesenta, en pleno desarrollismo dirigido por catalanes como López Rodó, Sardà o Estapé, muchos de esos franquistas comenzaron a mutar en proto-catalanistas para acabar siendo convergentes en 1976, luego nacionalistas y ahora indepes.

Tampoco estaría mal que se miraran o leyeran –si no es mucho pedir– la hilarante novela «Catalanes todos» (Tusquets) en la que Javier Pérez Andújar –escritor de izquierdas honesto y de verdad– desvela la hipocresía de quienes dan lecciones de antifranquismo y reescriben la historia.

Franco visitó quince veces Cataluña. Destaquemos algunas. La primera el 21 de febrero de 1939, presidiendo desfile con tribuna en Diagonal, 504; la segunda, 1941, con visita a la «Inmortal Gerona»; la tercera en 1942: abadía de Montserrat, besazo en la bola de la Moreneta, Tarrasa y Sabadell; la cuarta, mayo de 1947, centenario de la España Industrial; la quinta, junio del mismo año, despedida a Evita (¿les suena el barrio de la Perona?). En 1949, centenario de Balmes. En 1952, Congreso Eucarístico: instalaciones de la SEAT, bloques de la Obra Sindical… En 1957, dos veces: Copa del Generalísimo y estreno del Camp Nou. La undécima, 1960, «recibido en el puerto de Barcelona por treinta mil falangistas, catalanes todos», anota Pérez Andújar. En 1962 y 1963, duodécima y decimotercera, inundaciones del Vallés. La decimocuarta, 1966: la Berga «carlina» lo nombró «Hijo Adoptivo y Predilecto»; se inauguró solo para él, un funicular… que nadie volvió a usar.

En la crónica catalana, como puede verse, hay de todo. Decía Todorov –imprescindible su antología ensayística «Leer y vivir» (Galaxia Gutenberg)– que la historia complica nuestro conocimiento del pasado y la conmemoración lo simplifica. En eso están los de Colau: poniéndose medallas antifranquistas… a falta de otra cosa.

Sergi Doria

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