«El mar nunca te da una segunda oportunidad»

La tragedia del «Sin Querer Dos», hundido en la costa de Fisterra junto a cuatro de sus tripulantes, despertĂł los fantasmas dormidos que todo marinero tiene en su haber. AĂşn de luto por la pĂ©rdida, en el puerto de Tragove los viejos lobos de mar hacen balance de daños. ABC los acompaña en este amargo viaje por su memoria. «No se recuerda nada como esto. Los cuatro del mismo pueblo, conocidos por todos. No pasaba nada asĂ­ desde que en 1966 murieron cuatro. ÂżTe acuerdas, Luis? Cuando los Ulloa…» comentan dos marineros jubilados, que siguen regresando al puerto cada mañana para ver el mar, pero desde tierra.

La fecha de este trágico naufragio quedó grabada a fuego en la mente de los pescadores más veteranos, igual que la del hundimiento del «Sin Querer» se fijará en la memoria de los más jóvenes. «Es un golpe para el pueblo porque aquí el 80 por ciento de la gente tiene que ver con el mar y lo vivimos como propio» reconoce uno de los pescadores que se suma a la conversación. Todos conocían a Manuel, a Teófilo, a Bernardo y a Guillermo, que sigue desaparecido en aguas de Fisterra. Incluso habían salido al mar con ellos trabando una amistad que duró hasta el día antes de la tragedia. «Hablaba con él a diario. Éramos amigos, amigos», repite este patrón jubilado con la cabeza gacha. «A Manuel lo conocía muy bien. Tenía un coeficiente intelectual de 140, y no es una broma. Era un tipo muy listo que estaba acostumbrado a salir aunque el tiempo fuese malo», relata su amigo.

Mientras repasan las edades de los fallecidos comparando con las de sus hermano —«con la mía fue al colegio, tendrá unos 46 años»— los pescadores de Cambados reflexionan sobre el oficio con el que se ganan la vida. «Antes la juventud no se lo pensaba y se metía a trabajar en el mar. Yo empecé con 12 años, como casi todos. Íbamos en unas gamelas en las que parecía que no llegabas más a tierra, no era la tecnología de ahora», interviene otro de los marinos que van aumentando el corro.

En su caso, el mar se cobro su tributo cuando «por un despiste» se enredó con el aparejo y la máquina le segó una pierna. «Son cosas que pasan», zanja sin darle más valor, quizás consciente de que se puede considerar un mal menor. Mientras relata el accidente, una voz anota que «el mar nunca da una segunda oportunidad». «Excepto al señor Pepe, el Muxe, acuérdate, que tuvo tres naufragios y salió con vida de los tres porque no sabía nadar y nunca se tiró al agua». Pero la anécdota lleva a otra más dramática. «En ese accidente murieron tres hermanos, un padre perdió a tres de sus cuatro hijos el mismo día. Y porque el otro se hizo militar y dijo que no quería saber nada del mar», recuerdan. Al hombre le dieron la «medalla al sufrimiento». «Vino un ministro y todo a dársela, pero el dolor queda», zanjan.

La charla se diluye poco a poco mientras la actividad en el puerto cambadés va volviendo a la normalidad. «Ley de vida», manifiestan los que se preparan para salir a pescar. El resto, los que ya no se enfrentan cada día a marejadas ni golpes de mar, lloran desde tierra las pérdidas que su medio se cobra «cuando uno menos se lo espera».

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