El ma√Īana me pertenece

La ciudad era imponente, una sinfon√≠a de la modernidad, un viaje a un universo deslumbrante, el centro era el Romanische Caf√©. Sentado en una de sus mesas uno pod√≠a contemplar como desfilaban al atardecer gentes como el pintor Otto Dix; el extraordinario novelista Alfred D√∂blin, el de ¬ęBerlin Alexander Platz¬Ľ; Heinrich Mann, el hermano del Nobel y autor de ¬ęEl √°ngel azul¬Ľ; el d√≠scolo, pol√©mico, y endiosado Bertolt Brecht, quien junto al m√ļsico Kurt Weill hab√≠an obtenido un notable √©xito con ¬ęLa √≥pera de los cuatro cuartos¬Ľ; y hasta el propio Einstein.

Berlín era la capital del mundo; allí se concentraba el saber, la creación, la subversión, las vanguardias más agresivas, la perturbación moral, la corrupción política y económica, la violencia de nacionalistas y comunistas y, sobre todo, el cabaret. Brian Roberts quería verlo y vivirlo. A pesar de sus escasos posibles económicos, se defendía como profesor de inglés.

Lo que cambi√≥ sus d√≠as en aquel tormentoso y majestuoso Berl√≠n de Weimar fue Sally Bowles, una cantante norteamericana, alocada, rom√°ntica, dicharachera, impenitente so√Īadora y experta en repartir cari√Īo al primero que se le antojara. ¬ęEn Berl√≠n hoy surgen extra√Īas amistades. Hay personas de un solo amigo. Hay otras de dos¬Ľ. Y Sally y Brian lo fueron de un tercero, Maximilian, un sofisticado arist√≥crata, convencido que el apoyo a los nazis, un partido violento y entonces minoritario, ¬ęles limpiar√° de comunistas¬Ľ. Entonces todav√≠a los propagandistas nazis eran expulsados del Kit Kat Club donde actuaba cada noche Sally.

Qu√© ingenuo el elegante Max, no supo ver lo que se les ven√≠a encima, pensaba Brian mientras emprend√≠a su regreso a Inglaterra y daba su particular adi√≥s a Berl√≠n. Brian descubri√≥ la cat√°strofe a la que se lanzaba feliz y confiado el pueblo alem√°n cuando en una cervecer√≠a de carretera, de esas de mesas corridas, un miembro de las Juventudes Hitlerianas, comenz√≥ a cantar ¬ęEl ma√Īana me pertenece¬Ľ y, poco a poco, todos los que llenaban la cervecer√≠a, salvo un anciano malhumorado por el n√ļmero, se sumaban al c√°ntico hasta alcanzar un cl√≠max delirante, enardecido, iluminado; el espejo, se dijo Brian, del totalitarismo.

¬ŅQu√© ser√≠a de la buena de Sally? En el and√©n se hab√≠an despedido como dos amantes. Pero bien sab√≠a Brian que no volver√≠an a encontrarse, que el destino que emprend√≠a Alemania era hacia la m√°s noche m√°s oscura y arrastrar√≠a a Europa a ella. Brian dej√≥ Berl√≠n con pesar. El ambiente se hab√≠a hecho imposible. La noche que acudi√≥ por √ļltima vez a ver a Sally en el escenario el ambiente se hab√≠a transformado en un conjunto de camisas pardas, cruces gamadas y actitudes chulescas y arrogantes, todos ba√Īados en generosas dosis de co√Īac franc√©s.

En el tren entabl√≥ conversaci√≥n con un tal Herr Brink, director de un reformatorio que, como tantos, pon√≠a pies en polvorosa, m√°s por su condici√≥n de jud√≠o que de socialdem√≥crata. Brink le reconoci√≥ que el anhelo de libertad ¬ęnunca ha sido demasiado fuerte entre alemanes¬Ľ. Le obsesionaba pensar qu√© ser√≠a de Sally, alguien que ten√≠a la libertad como √ļnica e innegociable condici√≥n de vida.

Brian, en Londres, pronto restableci√≥ sus antiguas amistades. Charles Ryder, pintor, antiguo compa√Īero de Oxford, le hab√≠a presentado a Sebasti√°n Flye, y la intimidad y la complicidad entre ambos fue inmediata. Sebasti√°n le invit√≥ a vivir en T√°nger, y desde all√≠ seguir√≠a las noticias sobre Alemania.

Sally, ¬Ņqu√© fue de Sally? Por Max se enter√≥ que, al poco de partir √©l, hab√≠a aceptado un extra√Īo contrato para actuar en Shanghai y as√≠, en su mundo de sue√Īos, parti√≥ hacia la ciudad m√°s europea de Extremo Oriente, como siempre dispuesta en convertirse en una gran estrella. La √ļnica estrella que iba a brillar, desde Londres a Shanghai, ser√≠a la del terror m√°s espeluznante jam√°s conocido, pero qui√©n pod√≠a saberlo.

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