El lugar que vende nostalgias

Viajar a Buenos Aires tiene para m√≠ algo de peregrinaje: una especie de trayecto a cierta memoria imaginada que, como todo en la vida, tiene sus razones. Mi padre, que en su juventud era delgado y elegante, peinado hacia atr√°s y con fino bigote al estilo de la √©poca -se parec√≠a much√≠simo al actor David Niven-, era un excelente bailar√≠n de tangos, pericia necesaria en aquel tiempo para comerse una buena rosca, o dos. Y es el caso que Gardel y esta ciudad estuvieron muy presentes en la parte fr√≠vola de su vida, y siguieron est√°ndolo a√Īos despu√©s. Cuando yo era ni√Īo lo o√≠a canturrear tangos al afeitarse o cuando estaba de buen humor; y si hoy conozco la letra y m√ļsica de una veintena es por hab√©rselos escuchado docenas de veces a √©l: Silencio, El tapado de armi√Īo, La cumparsita, Chorra, Mano a mano, Tomo y obligo, y sobre todo una obra maestra entre todos los tangos que en el mundo han sido, Cambalache, con esa frase perfecta, precisa y genial: Cuando est√©n secas las pilas / de todos los timbres / que vos apret√°s.

Paseo por Buenos Aires con esas sensaciones en la cabeza, que vienen a fundirse con otras recientes, libros escritos y recuerdos vividos; con esa doble memoria, real e imaginada, que a menudo se mezcla hasta que es dif√≠cil distinguir una y otra. Deambulo as√≠, evitando el barrio de La Boca -intransitable ya de turistas en chanclas y calzoncillos-, por Barracas, m√°s duro y en absoluto visitado, miro el Riachuelo y como en El Puentecito como Mecha Inzunza y Max Costa, mi propio bailar√≠n de tangos. Otras veces frecuento los alrededores de la plaza Dorrego, con sus hermosos balcones de hierro forjado y piedra, porque me gusta mucho este lugar los d√≠as de mercadillo viejo, cuando sus puestos callejeros exponen la resaca de tantos a√Īos y tantas vidas, aunque estoy m√°s a gusto los d√≠as entre semana, que viene menos gente. Entonces puedo entrar con calma en las tiendas de anticuarios y visitar mis dos sitios predilectos: uno es el pasaje de la Defensa, con su suelo de baldosas blancas y negras, tiendecitas y oscuros rincones, en uno de los cuales -y esto lo juro por el cetro de Ottokar- vi hace a√Īos al fantasma de Borges, o tal vez era √©l mismo, jugando al ajedrez contra un espejo; el otro es el mercado cubierto que desde 1890 est√° entre las calles Estados Unidos, Carlos Calvo y Bol√≠var.

Visitar el mercado de San Telmo me suscita siempre un estado de √°nimo cercano a la felicidad. Los puestos de carne, verduras y comida ocupan su lugar habitual; y aunque las tiendecitas de anticuarios que los rodean son cada vez menos, quedan suficientes para mantener el car√°cter del lugar. Paseo entre ellas mirando de nuevo las vitrinas polvorientas, los objetos de venta imposible que reconozco tras cuarenta a√Īos vi√©ndolos all√≠, a la espera del comprador que nunca llega: viejos juguetes, gram√≥fonos, frascos vac√≠os de perfume, plata antigua, figurillas de porcelana, oxidados facones gauchos, relojes parados en tiempos de Eva Per√≥n. Y compruebo, satisfecho, que al fondo del corredor de la izquierda sigue abierto uno de mis lugares m√°s queridos, el de postales, sellos, fotograf√≠as a√Īejas, estampas, libros, impresos con letras de tangos y cosas as√≠. Fue aqu√≠ donde una vez compr√© el mejor retrato que conozco de Carlos Gardel: el morocho del Abasto en blanco y negro, en foto de verdad, con corbata y sonrisa devastadora bajo el ala de un impecable Borsalino.

El caso es que me detengo, como de costumbre, a bichear un rato en la tiendecita: Dolly Dimple, Tango Bar, manoseados ejemplares de Gente y Playboy, n√ļmeros casi deshechos de El descamisado, fotos del viejo Buenos Aires, emigrantes bajando de un barco en Puerto Madero, el Parque Japon√©s, Serenata para Violeta, una primera edici√≥n de La raz√≥n de mi vida con foto de La Se√Īora en la portada, postales cursis escritas con tinta desva√≠da y juramentos de amor eterno, docenas de instant√°neas de novios que fueron j√≥venes y guapos, centenares de retratos de familias de apariencia feliz a las que ya nadie recuerda; y, entre un cartel publicitario del analg√©sico Geniol y un gallardo militar que mira a la c√°mara so√Īando con gloriosas campa√Īas, una jovenc√≠sima y linda rubia vestida de primera comuni√≥n, que sabe Dios en qu√© cementerio descansar√° ahora.

Estoy entre todo eso, como digo, tocando aqu√≠ y all√°, cuando al levantar la vista encuentro la mirada del due√Īo de la tienda: un viejo conocido de pelo gris, que encoge los hombros como para justificarse y sonr√≠e, melanc√≥lico. “Vendo nostalgias”, me dice. Y pienso que es una frase perfecta para este lugar y este d√≠a.

ADEM√ĀS

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