El hambre mata a 85.000 niños en Yemen

Ghazi Saleh mira a la cámara desde la cama de un hospital de Taiz, ciudad del suroeste de Yemen. Sus ojos apagados son el reflejo de la situación que vive este país desde hace tres años. Su cuerpo transparente, hueso y pellejo, la prueba de que el hambre se ha convertido en el arma más mortífera en Yemen y se ha cebado especialmente en la parte de la población más vulnerable: los niños. Ghazi tiene 10 años y apenas alcanza los ocho kilos de peso.

Al menos 85.000 niños habrían muerto de hambre en los tres años de conflicto según la estimación realizada por Save The Children (STC), que pidió a todas las partes inmersas en la guerra un alto el fuego inmediato. Este llamamiento coincidió con la visita al país del enviado especial de la ONU, Martin Griffiths, que viajó a Saná para mantener reuniones previas a una posible proceso de paz entre el Gobierno y los rebeldes hutíes, que el organismo internacional espera que se pueda celebrar antes de fines de año en Suecia.

El rostro del hambre

«Para los menores de cinco años la situación que sufre el país se traduce en una especie de sentencia de muerte», alertó el portavoz de Save The Children, Bhanu Bhatnaga, quien recordó que «lo más chocante de todo es que estas 85.000 muertes no son resultado de la sequía o del cambio climático, son responsabilidad directa de un conflicto impulsado por países que tienen la capacidad de pararlo». Ante los repetidos llamamientos de la comunidad internacional, los hutíes se mostraron la semana pasada dispuestos a un cese de las hostilidades si la coalición internacional, que lidera Arabia Saudí y respalda al gobierno del presidente Abd Rabbo Mansur Hadi, cesa sus ataques. Pero tras unos días de aparente calma los bombardeos se reanudaron en Hodeida, puerto marítimo bajo control rebelde por el que pasan tres cuartas partes de la ayuda humanitaria que se envía al país.

«Estamos horrorizados con el hecho de que unos 85.000 niños hayan muerto de hambre. Por cada niño muerto por bombas o disparos, docenas mueren de hambre y esto se puede evitar», lamentó en el comunicado de Save The Children, Tamer Kirolos, su director para Yemen. El informe de esta ONG llegó acompañado de testimonios como el de Suad, madre del pequeño Nusair, de apenas 13 meses, quien asegura que «no puedo dormir, es una tortura y estoy muy preocupada porque no tengo comida para mi hijo, es angustioso». Las repetidas alarmas de hambruna no han logrado silenciar las armas y la ONU trata de organizar una nueva reunión entre las partes enfrentadas para lo que envió a su representante, Martin Griffiths, al país.

Es el segundo intento tras el fracaso de septiembre, cuando fue imposible poner en marcha un proceso de paz que frene esta guerra que deja a más de 14 millones de personas al borde de la hambruna, la mitad de ellos niños, según UNICEF. El conflicto se ha convertido en una extensión más del pulso regional entre Arabia Saudí, que apoya al Gobierno de Hadi, e Irán, país próximo a los hutíes, grupo que pertenece a la minoría zaydí (confesión derivada del chiismo que literalmente se traduce como ‘partidarios de Dios’), aunque se les conoce como hutíes por el clan que lidera al grupo desde 2004.

Como ocurrió en el verano de 2015 con Alan Kurdi, el niño sirio ahogado en las costas turcas cuando trataba de buscar refugio en Europa, las imágenes de Ghazi Saleh deberían servir para que, al menos durante unas horas, Yemen deje de ser un conflicto olvidado y la opinión pública reflexione sobre los efectos de la guerra en la población civil. El efecto de Alan Kurdi apenas duró unos días, pero el de Ghazi Saleh se presenta aun más efímero para desgracia de los yemeníes. Los médicos que le atienden informaron de que el hambre le impide hasta llorar.

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