El futuro. Lo que el ma√Īana le pide al ahora para verse realizado

Salvemos primeramente un equ√≠voco arraigado. Contra lo que suele creerse, no cuenta con porvenir, como suele decirse, quien tiene mucho tiempo por delante, sino quien viene hacia el presente desde sus sue√Īos y aspiraciones. Son estos los que constituyen su futuro, es decir: lo que anhela verse realizado, lo que pide concreci√≥n, su lugar entre los hechos. No otra cosa es el futuro sino aquello que nos exige que lo inscribamos en el presente.

Sin que eso implique dejar de estar expuestos a lo imprevisible, nos encaminamos hacia el hoy desde los proyectos que dan forma al ma√Īana, y no hacia el horizonte difuso e incierto de los d√≠as por venir. De no ser as√≠, si lo que nos aguarda es primordialmente inasible y desconocido, nuestra vida se agotar√≠a en la discutible consistencia del ahora, en la intangible actualidad del instante, en una ciega sucesi√≥n de horas que nos enloquecer√≠a si un prop√≥sito esencial no las hilvanara en un sentido que infunda direcci√≥n y sustento a esa sucesi√≥n.

Desde sus aspiraciones supieron encaminarse hacia los desaf√≠os de su tiempo Belgrano y San Mart√≠n, Alberdi y Sarmiento. Todos ellos se empe√Īaron en responder a esos desaf√≠os alentados por sus proyectos. Fueron con ellos desde la abstracci√≥n de lo imaginado hacia la consistencia de lo vivido. Desde el futuro que es aspiraci√≥n hacia el presente en el que esa aspiraci√≥n se encarna.

¬ŅQu√© es una vocaci√≥n sino el mandato tenaz que el porvenir le formula a la actualidad para que la convierta en presente? Cuando, por el contrario, la inmediatez consume una vida, esa vida pierde libertad y solidez. Es que, a mi entender, la existencia, en lo que tiene de fundamental, es insistencia en el despliegue de un prop√≥sito que la organiza. Carecer de ese prop√≥sito equivale a verse privado de uno mismo. A quedar a merced del azar o de los otros.

Se ingresa protagónicamente al tiempo cuando se lo configura desde el futuro, o sea desde el horizonte de valores personales que aspiran a regir nuestra vida, a orientar nuestra acción cotidiana.

La ni√Īez es sin tiempo. En ella, las horas se acoplan y no vulneran la vivencia de los d√≠as como un continuo. En la infancia la vida es un hoy perpetuo.

A los 12 a√Īos ya no pude jugar m√°s. Mis soldados de plomo, centro de mi emoci√≥n infantil, dejaron de vivir. La fascinaci√≥n que me despertaban se agot√≥. ¬ŅQu√© me ocurr√≠a? Lo present√≠a dolorosamente: hab√≠a crecido. Una infinita desolaci√≥n, all√≠ entre mis juguetes quietos, me anunciaba la muerte de mi infancia. La eternidad hab√≠a llegado a su fin. ¬ŅQui√©n era yo si ya no era un ni√Īo? No hab√≠a en m√≠, a√ļn, ning√ļn proyecto que me librara de ese vac√≠o. No ten√≠a futuro. No contaba con nada desde donde encaminarme hacia un presente con el cual dejar atr√°s mi realidad devastada. No era m√°s que un chico expuesto a la inmediatez, sin planes, sin metas. Entregado a la dura sucesi√≥n de los d√≠as privados de ensue√Īo. Poco a poco, sin embargo, el futuro se fue configurando. Un proyecto fue naciendo de la ceniza de ese mundo perdido. Y en √©l y con √©l, el deseo creciente, imperioso, de dar forma a un presente. Present√≠ entonces, a los 13 a√Īos, que ser√≠a un escritor.

A diferencia de la infancia, la adolescencia nos arroja a la turbulencia de las horas desmadradas. Al perder inscripci√≥n en ese continuo, ellas nos fuerzan a encauzarlas mediante un prop√≥sito, un anhelo, una intenci√≥n. Nacemos as√≠ a las primeras evidencias de la vida adulta. La ruina de la infancia nos impulsa a ir m√°s all√°. Y desde ese prop√≥sito de orientarnos y superar el vendaval desatado por el derrumbe de la ni√Īez, planificamos como tarea el sentimiento del tiempo. Pasamos a ser entonces, si logramos reponernos, los que obran en consonancia con lo que se aspira a ser. La palabra la tiene, a partir de all√≠, nuestro deseo. Es √©l quien dar√° sost√©n a la demanda de identidad.

Sigo siendo, a la mucha edad que tengo, un hombre que ingresa a su actividad diaria desde sus aspiraciones. El sustento de mis d√≠as, el soporte que les imprime un rumbo, como dije, es una vocaci√≥n ya bien asentada en m√≠ a los 15 a√Īos: la de ser un escritor. Es ella la que me permite seguir transitando desde el deseo hacia su realizaci√≥n. La que otorga sentido a mi tiempo y lo arranca al tropel sin rumbo de las horas. La que convierte en presente mi futuro, aun cuando ese presente no llegue a ser nunca la configuraci√≥n terminal de ese futuro. Es que si una vocaci√≥n no se extingue, ninguno de sus logros puede bastarle aun cuando sean ellos, finalmente, los que le dan forma y vida.

Al decir “Te quiero”, manifestamos a quien nos conmueve dos cosas simult√°neas: cu√°nto lo apreciamos y lo mucho que a√ļn deseamos recibir de √©l. Es que lo que se nos da al amar nunca basta para saciarnos. Remota ense√Īanza del griego y el romano: el deseo no se colma sino transitoriamente. Querer es quedar a merced de lo insaciable; tener entre manos lo que nunca termina de ser nuestro. Cercan√≠a y distancia a la vez. Un riguroso bicefalismo. La literatura supo desde siempre retratar el √©xtasis y el tormento del amor como vivencia simult√°nea de plenitud e insuficiencia. Bien lo expresan estos versos de Jaime Sabines: “Los amorosos/ viven al d√≠a, no pueden hacer m√°s, no saben./?/ Los amorosos son los insaciables.” Es que el deseo no se apaga con lo que lo apacigua, solo cede por un instante. El deseo, voz de un futuro que clama, incansable, por presente; de un presente que alcanzado se vuelve a desintegrar bajo la presi√≥n insomne de ese futuro, de esa exigencia desenfrenada de m√°s.

La Tierra nos prueba, a trav√©s de su brutal alteraci√≥n clim√°tica, que su padecimiento es tambi√©n el nuestro. Ella nos impone lo que le hemos impuesto. Su destrato, ahora lo sabemos, es un da√Īo autoinfligido. El futuro desde el cual hemos venido a su encuentro no responde sino a un criterio depredador. Si hemos asfixiado al planeta en un presente opresivo se debe a que hemos ido hacia √©l desde un futuro en el que solo supimos concebirlo como objeto de explotaci√≥n sin l√≠mite.

Poco tiempo queda para reformular nuestro posicionamiento ante la Tierra. Poco tiempo, antes de que su desequilibrio termine por comprometer radicalmente nuestra subsistencia. La hondura de su malestar puede medirse por la profundidad del nuestro: regiones enteras sepultadas por las aguas. Otras quebrantadas por la sequía. Vida acosada por la muerte sembrada en el aire contaminado. Más y más gente sin hogar, errante, sin destino.

No hay forma de que el flujo del tiempo resulte soportable sino se convierte la pura actualidad en presente. Donde nuestras aspiraciones no encuentran lugar, los excluidos somos nosotros mismos. Cuando el futuro pugna por incidir en la actualidad y no logra transformarla en presente, ella termina por aplastarnos.

Mi abuelo Samuel abri√≥ los ojos desmesuradamente cuando, a mis 15 a√Īos, me disculp√© dici√©ndole que no sab√≠a franc√©s y que no pod√≠a emprender la lectura del libro que ven√≠a de regalarme: una hermosa edici√≥n encuadernada del Diccionario filos√≥fico de Voltaire. Acerc√≥ luego su mirada severa y perpleja a la m√≠a y con su voz imperativa y grave sentenci√≥ como quien dice algo natural:

-¬°Me lo aprende!

¬ŅQu√© futuro me auguraba el abuelo Samuel al decirme eso? ¬ŅQu√© presente me invitaba a modelar? Donde yo hab√≠a visto una barrera, √©l ve√≠a un desaf√≠o. Lo que para m√≠ era imposibilidad, para √©l era tarea. Inmigrante ruso, jud√≠o acosado por los progromos zaristas, autor de una cr√≥nica en idish de las colonias creadas en Entre R√≠os, √©l se plantaba ante su nieto y, a su modo, le dec√≠a: “Aprenda a desear; que si el deseo de superarla gobierna el trato con la dificultad, el hombre se afirma al enfrentarla”.

Guardo todav√≠a entre mis libros esa esmerada edici√≥n francesa del Diccionario de Voltaire. Hoy, a m√°s de medio siglo de aquella tarde aleccionadora, creo seguir oyendo la voz de mi abuelo: “Perfeccione su presente, inf√ļndale la potencia de los sue√Īos que dan vida al presente. Dele consistencia a su prop√≥sito, gane sus d√≠as, uno a uno, con esos sue√Īos. Que el futuro los oriente y les imprima su sello”.

Pienso, ahora, que tal vez haya escrito estas páginas para honrar su memoria, esa hermosa idea que el abuelo Samuel tenía del porvenir.

ADEM√ĀS

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