El futuro. Cuando la incertidumbre del presente nos arrebata el porvenir

Era temprano y tenía que llevar a mi hija menor a la estación. Como no salía, me asomé a su cuarto. La encontré sentada en la cama, con el celular en la mano. Le dije que dejara sus mensajes para después, que se le hacía tarde, pero no reaccionó. Alzó los ojos y me miró con una expresión desconsolada en la que adiviné, alarmado, el preludio de una mala noticia.

-El mundo podría acabar en 2050 -dijo con un hilo de voz.

-¿De dónde sacaste eso?

-Lo dice la ONU. Por el deshielo del Ártico, la desertificación, la contaminación del aire.

Le dije que el calentamiento global era cosa seria, pero que ese pronóstico era sin duda la interpretación exagerada de algún medio amarillista. Que la Tierra no sería destruida, que no podía haber tal colapso en treinta años, que si no se apuraba perdería el tren. Ella insistió. Pocas veces la había visto tan angustiada. Logré que se pusiera en marcha, pero no aplacar el impacto de aquella profecía del fin.

-¿Entonces no puedo pensar en tener hijos? -dijo en el auto.

Se había abierto un agujero negro en su futuro.

Es curioso que yo, que siento la pérdida del mundo tal como lo conocí, me haya afanado en convencer a mi hija, que a sus 19 años es puro futuro, de que hay mundo para rato. Más allá de mis funciones de padre, debo reconocer que por momentos comparto ese desasosiego que en ella finalmente resultó, por suerte, tan intenso como fugaz.

Hoy el futuro está en crisis. Primero, por algo bien concreto: la amenaza que supone para la Tierra y la vida en ella el calentamiento global. Para muchos, vivimos un presente sin porvenir, determinado por el karma que la explotación desmedida de la naturaleza ha generado.

Pero hay algo más sutil: en el orden personal, cotidiano, el futuro tampoco es lo que era. En verdad, lo que está en jaque es el tiempo, la idea que tenemos de él y sobre todo el modo en que lo habitamos. La revolución tecnológica ha saturado el presente de información y de consumos, lo que provoca la fragmentación de la atención humana y del tiempo entendido como duración, como trayectoria, como línea que permite una narrativa y un sentido. Los estímulos de la vida online conspiran contra una verdadera conexión con el presente, aquella que nos comunica con el pasado del que venimos y nos proyecta, como potencia abierta, hacia el futuro.

Al futuro, entonces, se lo mata en tiempo presente. En una actualidad por otra parte llena de incertidumbres por los cambios de paradigma que genera la migración de la vida al espacio virtual, mientras se ensancha la brecha entre los que más tienen (unos pocos) y los que menos (la inmensa mayoría). Sin futuro, o con un porvenir que despierta temor, el voto va hacia demagogos que venden imposibles vueltas al pasado y que, una vez en el poder, desmantelan las democracias, hoy puestas en duda sin reemplazo a la vista.

Abordemos primero la amenaza concreta. La profecía de la catástrofe que preocupó a mi hija resultó exagerada. Puede que nos espere un cataclismo, pero al parecer no será tan pronto. Según lo firmado en el Acuerdo de París, el calentamiento global no debería superar a fines del siglo XXI los 2 grados por encima de los niveles preindustriales. Hoy, dicen los expertos, estamos en un 0,7 o 0,8. Sin embargo, de mantener la actividad económica actual, llegaríamos a las puertas del próximo siglo con un aumento de temperatura de más de 3. Hasta 2 grados, la cosa sería manejable. A partir de allí habría un efecto multiplicador que desencadenará tormentas y sequías mucho más violentas y agudas.

Actuar ahora

“Hay dos temas críticos -dice Luis Castelli, director ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro-. El cambio climático y la pérdida de la biodiversidad. Se está rompiendo la infraestructura natural del mundo, pero esto no se percibe tanto como el calentamiento. Ambas cuestiones interactúan y aceleran el proceso. Para no superar un aumento de los 2 grados a fines de siglo, deberíamos llegar a 2050 sin emisiones de gases de efecto invernadero. Eso implica dejar de deforestar y abandonar el petróleo fósil. De lo contrario, las transformaciones nos afectarán a todos, y sobre todo a los más pobres. Para evitar grandes daños ambientales es imperioso tomar medidas ahora. El futuro depende cada vez más de lo que hagamos hoy”.

Para Castelli, hay un futuro. Y son los jóvenes, que impulsan una campaña global de protesta contra la inacción de los políticos ante el cambio climático. Fridays For Future ganó impulso gracias a la estudiante sueca Greta Thunberg, que en agosto pasado empezó a protestar contra el calentamiento todos los viernes frente al Parlamento sueco. El movimiento prepara la tercera huelga global por el clima para el próximo 20 de septiembre. Los jóvenes tienen una conciencia ecológica mayor, señala Castelli. Son capaces de construir una sociedad más respetuosa de la naturaleza y más pacífica.

“La perspectiva de la crisis ambiental planetaria parece exponer a la especie no tanto al riesgo de una muerte súbita como al agravamiento de una enfermedad degenerativa, cuyo solapado inicio no habríamos detectado -describen Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro en ¿Hay un mundo por venir? (Caja Negra)-. Si las cosas continuaran en el rumbo en el que están, la narrativa más verosímil nos dice que, efectivamente, todos viviremos cada vez peor, en un mundo cada vez más parecido a aquellos concebidos por las distopías de Philip K. Dick”.

Hombre y máquina

Hay otras narrativas del futuro colectivo acaso más optimistas, pero no menos inquietantes. Una de ellas es la que pregona el advenimiento del hombre capaz de trascender la biología gracias a una nueva naturaleza poshumana que llegaría de la mano de la tecnología. Se trata de la tesis defendida por los pensadores de la “singularidad”, como Ray Kurzweil, director de Ingeniería de Google. Para ellos, una suerte de nuevo superhombre nietzscheano encarnaría los valores de este presente cibernético en un orden ecopolítico de abundancia, muy ajeno a las limitaciones que podría oponer, por ejemplo, la preocupación por la ecología. Una variante de izquierda de esta suerte de fe es el llamado “aceleracionismo”, que apuesta a acelerar un capitalismo “hegemónico e irreversible” para trascenderlo mediante la tecnología cuando se celebren las bodas del hombre y la máquina. En ambos casos, se trata de un futuro en el cual no tendría lugar el hombre tal como lo conocemos. Tal vez se trate entonces de un final y un nuevo comienzo.

Entre los finales distópicos que describen Danowski y Viveiros de Castro en su libro está el que plantea La carretera, novela de Cormac McCarthy. En ella, un hombre y su hijo recorren una tierra yerma tras un desastre planetario de causas desconocidas, en medio de otros sobrevivientes que subsisten como pueden y que, como ellos, deambulan sin rumbo. “Quienes caminan por la ruta no llegarán a ningún lugar, por el simple motivo de que ya no hay ningún lugar al que llegar. No hay salida”, señalan los autores de ¿Hay un mundo por venir?

Hoy, en plena posmodernidad, vivimos el fin de los grandes relatos relativos al porvenir. “La ausencia de futuro ya comenzó”, escribió el filósofo polaco Günther Anders tras el horror de Hiroshima. El antropólogo francés Marc Augé dice que a partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín, empieza una nueva historia, mucho más veloz, que nos cuesta comprender. En su libro Futurabilidad (Caja Negra), el pensador italiano Franco “Bifo” Berardi sitúa el comienzo del cambio en 1977, año en que Steve Woniak y Steve Jobs crearon la marca Apple en Silicon Valley mientras en una Londres punk Sid Vicious gritaba aquello de “ No Future“. Luego, dice, sobreviene “una mutación de la composición molecular del organismo humano y social” provocada por la tecnología y sus dispositivos, que al ocupar todo resquicio de libertad priva al humanismo de sus fundamentos.

¿Hacia dónde va, entonces, el mundo hoy? Revolución tecnológica mediante, nadie lo sabe a ciencia cierta. Va hacia donde lo lleven las máquinas, podríamos decir. Lo que sí percibimos es que los estímulos de la vida online han astillado el tiempo personal con un presente sobrecargado y agobiante en el que lo simultáneo reemplaza la antigua noción de causa y efecto, propia de la concepción del tiempo lineal surgida en la Modernidad.

“El presente se volvió hegemónico -dice Augé en ¿Qué pasó con la confianza en el futuro? (Siglo XXI)-. A los ojos del común de los mortales, ya no surge de la lenta maduración del pasado, ya no deja traslucir los lineamientos de posibles futuros, sino que se impone como un hecho consumado, abrumador, cuyo súbito surgimiento escamotea el pasado y satura la imaginación del porvenir”.

Rumbo y sentido

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han reflexiona en ese sentido: la crisis del futuro radica en el modo en que vivimos el presente. Hoy el tiempo carece de un ritmo ordenador, afirma. Ya no es capaz de encadenar los acontecimientos para dotarlos de sentido. Atomizado el tiempo, se atomizan también la vida y la identidad. “Las cosas ya no siguen una trayectoria que las ligue a un contexto -dice en El aroma del tiempo (Herder)-. De este modo quedan reducidas a átomos que se pierden en un ?hiperespacio’ vacío de sentido”. La vida como zapping.

Esto, claro, tiene consecuencias. “La atomización, el aislamiento y la experiencia de discontinuidades también son responsables de diversas formas de violencia. En la actualidad, cada vez se desmoronan más estructuras sociales que antes proporcionaban continuidad y duración. Prácticas sociales tales como la promesa, la fidelidad o el compromiso, que crean un lazo con el futuro y trazan un horizonte, que crean una duración, pierden importancia”.

La vida empieza a replicar la lógica de la Web, que también carece de dirección o rumbo. En la Web, dice Han, no hay transiciones ni caminos. No hay historia. El espacio de la Red está formado por acontecimientos o circunstancias discontinuas. “El tiempo de la red es un tiempo-ahora, discontinuo y puntual. Se va de un link a otro, de un ahora a otro. El ahora no tiene ninguna duración”.

Horizontes posibles

En un presente cargado de distopías, ¿a qué horizontes podemos aspirar? ¿Qué utopías quedan? Augé afirma que el iluminismo sigue siendo una referencia revolucionaria, porque despertó en su momento la conciencia crítica del individuo que el Antiguo Régimen pretendía adormecer, un combate que nunca está del todo ganado. Por eso afirma en su libro que la nueva utopía es la educación para todos. “Si no se realizan cambios revolucionarios en el dominio de la educación, hay un riesgo de que la humanidad de mañana se divida entre una aristocracia del saber y de la inteligencia y una masa cada día menos informada de todos los desafíos del conocimiento. Esta desigualdad reproducirá y multiplicará la desigualdad de las condiciones económicas. La educación es prioridad de prioridades”.

Han propone una suerte de antídoto contra la fragmentación, que permitiría recuperar lo que él llama “el aroma del tiempo”: el arte de la demora contemplativa, que hoy se ha perdido por la entronización de la vida activa y la autoexigencia del rendimiento. La demora contemplativa es un acto de resistencia porque presupone que las cosas tienen una duración. Una idea que contradice tanto la presión del consumo como la eficiencia funcional de los algoritmos, que por definición evitarán cualquier demora.

La eficiencia funcional de las máquinas, trasladada a la vida, hace que lo queramos todo ya. Cualquier intervalo espacial o temporal que nos separa de nuestro objetivo se convierte en un obstáculo que hay que eliminar. El anhelo de satisfacción instantánea nos condena al zapping. Por eso Han rescata la demora, la duración, el intervalo que separa el lugar de partida de la meta. En síntesis, el camino. Y, junto con el camino, la idea de peregrinaje. “La peregrinación, por ejemplo, no es un espacio intermedio vacío que habría que recorrer lo más rápido posible -escribe-. Es, más bien, constitutiva de la meta a la que se llega. Estar en camino adquiere aquí una gran importancia. El caminar apunta a la penitencia, la sanación o el agradecimiento. Es una plegaria. El peregrinaje no es un mero andar, sino una transición hacia un lugar. El peregrino se dirige, temporalmente, al futuro, en el que espera la curación”.

El futuro es también el asiento de la esperanza y el anhelo. Una dimensión donde, queremos creer, la redención es posible. Tal vez no deje de ser de ese modo si peregrinamos hasta allí. En ese tránsito quizá encontremos al futuro, como sugiere Han, en el presente del camino.

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