El espejo de aquel tiempo

Una alianza imposible entre el socialismo y el nacionalismo, dos polos que no esconden el odio cordial que se profesan pese a sostener conjuntamente un gobierno Frankenstein. Un gabinete yonqui de los golpes de efecto y anoréxico de gestión. Un ejecutivo preso de un pueril adanismo y ahogado en la frivolidad permanente, que no tiene pudor alguno en exhibir una sobredosis continua de populismo, que no disimula su absoluto desprecio a quien no comulgue con sus majaderías.

El fracaso de aquel bipartito PSOE-BNG en Galicia entre 2005 y 2009 es el mismo fracaso que a escala nacional ha cosechado en el presente la actual entente entre el socialismo y el rupturismo que permitió a Pedro Sánchez aterrizar en Moncloa. Sí, hay mil diferencias entre aquel tiempo político y el actual. Todo el contexto ha cambiado. Pero, en el fondo, al margen de las circunstancias, en lo verdaderamente sustantivo, la disyuntiva a la que se enfrenta el ciudadano en las urnas el 28 de abril es la misma que tuvieron que resolver en esta comunidad hace una década, el 1 de marzo de 2009. La sociedad, seguramente, está ahora más polarizada. Y el mapa político, es una evidencia, está más fragmentado. Pero, en realidad, el dilema fundamental no varió. El votante estaba entonces y está ahora abocado a elegir entre un frente de izquierdas que ya ha demostrado su fracaso y el proyecto de un nuevo centroderecha renovado.

En ambos bloques hay ciertos paralelismos, más de los que puede parecer a simple vista, entre aquella primavera y esta. Aquel bipartito se desmoronó en Galicia por lo mismo que ha caído ahora en España la alianza parlamentaria entre el sanchismo y la izquierda radical. Hay sumas que restan. La derrota de Touriño y Quintana se explica por el desencanto que desencadenó ese gobierno entre el electorado de izquierda. Pero también por la movilización que provocó en la derecha. Hoy, al igual que hace diez años, se palpa una creciente desafección del votante socialista y rupturista. Y también, como en 2009, es probable que ahora el votante de la derecha se vea impulsado a la urna como reacción frente a los delirios que protagoniza el frente de la izquierda.

El dilema esencial es el mismo, pero el resultado puede diferir o no del que se dio entonces. Que la balanza se decante hacia un lado u otro depende básicamente de dos factores. El grado de movilización de uno y otro bloque y la concentración del voto en el frente de la derecha. Una de las claves de la victoria del PPdeG fue que evitó la dispersión de su electorado en marcas distintas. Y no fue una tarea menor mantener unido aquel centroderecha tras la salida de Fraga. Entonces en Galicia y ahora en toda España ese espacio político se enfrenta a una encrucijada histórica. La fragmentación en varias fuerzas con el actual sistema electoral supone un peligro evidente.

Hace una década, Alberto Núñez Feijoo pilotó una evolución sin revolución que le permitió esquivar el riesgo de división. Ni continuismo ni terremoto. Feijoo ensayó en la oposición y desarrolló plenamente ya en el gobierno una estrategia que podría enmarcarse en lo que Kirchheimer teorizó como un catch-all party. Trascendiendo los intereses de grupo tradicionales, diluyendo ciertos dogmas sin renunciar a unos principios y valores esenciales y aspirando a representar a una mayoría social no ideologizada. El «amplio espectro». Desde la socialdemocracia a los postulados habituales conservadores. Con algún gesto de perfil liberal. Siempre atento, en todo caso, a incorporar nuevas sensibilidades de la nueva era.

Hoy, diez años después, parece que la apuesta es la misma. Con el aval de una década de gestión y estabilidad. Ganar en el centro desde la moderación, sin extremar el discurso, con un relato no excluyente. Misma estrategia en un escenario ahora de frentes. Que el resultado de la escena se repita en la nueva coyuntura dependerá de que, como en 2009, no se disperse el voto de centroderecha y de que, como hace una década, el desencanto de la izquierda, entonces con el bipartito y ahora con el ticket electoral que representan Sánchez e Iglesias, vuelva a traducirse en la abstención de una parte del electorado de ese bloque político.

Luis Ojea

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