El ejemplo de un liderazgo generoso

En el mes aniversario de la muerte del general don José de San Martín, es bueno rescatar algunas acciones de gobierno que hablan de un líder que evitó la grieta y siempre supo ocupar su rol sin menoscabar a quienes estaban en la vereda contraria.

Siendo gobernador de Cuyo (por entonces Mendoza, San Juan y San Luis formaban un todo administrativamente), rebajó todos los sueldos estatales a la mitad, incluido el propio. Para subsanar el estado caótico de la economía de aquel entonces, San Martín tomó varias medidas. Primero, logró que el gobierno central suprimiera los impuestos a la exportación de productos cuyanos, aunque al mismo tiempo incrementó la recaudación fiscal en todo Cuyo. También impuso contribuciones voluntarias y forzosas, contemplando la posibilidad de que se pagaran en cuotas. Secuestró bienes de los prófugos y confiscó herencias españolas sin sucesión, al mismo tiempo que tomó los diezmos eclesiásticos. En tiempos de crisis, el esfuerzo para San Martín debía ser compartido por todos.

El Santo de la Espada llevó a cabo obras de irrigación que ampliaron la superficie cultivable de Mendoza. Los nuevos terrenos fueron vendidos a bajo precio y esto produjo un crecimiento enorme en la agricultura regional. Se produjo el auge de algunas industrias cuyos productos eran útiles al Ejército, como la industria armamentística y la de fabricación de ponchos y frazadas. Es importante recalcar que durante aquellos años las provincias cuyanas tuvieron como fin primordial sostener al Ejército de los Andes y la población lo pasó bastante mal. ¿San Martín habría ganado alguna elección si hubiera existido entonces la democracia? No lo sabemos, pero el temor al ataque desde Chile era muy fuerte, más allá del sufrimiento económico.

San Martín era antiguo camarada de muchos de los españoles que capturó en Chile y procuró para ellos un trato hospitalario. Así, en vez de mantenerlos en prisiones chilenas, los envió a la ciudad de San Luis, donde llevaron una vida apacible y en libertad. Incluso uno de ellos -Juan Ruiz Ordóñez- se comprometió con Melchora Pringles, hermana del futuro coronel Juan Pringles. Lamentablemente, en 1819, Bernardo de Monteagudo los hizo fusilar, casi en su totalidad, aprovechando que San Martín no estaba en la zona.

En territorio peruano, San Martín intentó llegar a un acuerdo con el virrey José de la Serna. Dijo preferir “la gloria de la paz a los honores de la victoria”. No deseaba derramar más sangre y propuso un pacto. Apostado en las afueras de Lima, se negó a ingresar como conquistador. Los peruanos debían desear la libertad que traían sus ejércitos. En un comunicado, explicó que buscaba proclamar la independencia y concederle a ese pueblo una libertad “con prudencia, pues si bien todo pueblo civilizado está en aptitud de ser libre, el grado de libertad de que goce debe ser exactamente proporcional a su civilización, porque si aquella excede a esta no hay poder que evite la anarquía, y si es inferior es consiguiente la opresión”. Para los criollos fue una propuesta irresistible. Poco después, las principales personalidades limeñas se reunieron y lo invitaron a ocuparla. El 12 de julio de 1821 ingresó en Lima, el 28 proclamó la independencia del país y cinco días más tarde -con el fin de consolidar esta emancipación- se declaró protector del Perú.

Más allá de que dejó su sable a Rosas, San Martín no era federal ni tampoco unitario. Se negó a apoyar a cualquiera de los dos bandos en diferentes momentos. En carta a Artigas, le expresó: “Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad. No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas…”.

El liderazgo de San Martín puede servir como ejemplo actual para aquellos políticos que tienen en sus manos el destino y el futuro del país. San Martín nos deja el ejemplo de un liderazgo generoso, no mezquino; con visión de futuro y no solamente de corto plazo, y, fundamentalmente, pensando en la grandeza de la nación, no en el propio beneficio.

Sabina es historiadora; Hatum, PhD y Profesor de la Universidad Torcuato Di Tella

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