El d√≠a que conoc√≠ al ¬ęcarnicero de Tiananmen¬Ľ

El reciente fallecimiento del ex primer ministro chino Li Peng, a los 90 a√Īos, ha tra√≠do a la memoria colectiva, por segunda vez en menos de dos meses, los horrores de uno de los mayores aplastamientos civiles del siglo XX, el de la plaza de Tiananmen de 1989. El asesinato de un n√ļmero indeterminado de manifestantes a manos del r√©gimen le vali√≥ a Li el sobrenombre de ¬ęel carnicero de Tiananmen¬Ľ, un apodo que le acompa√Ī√≥ durante su gesti√≥n (1987-1998) y se extendi√≥ hasta el d√≠a su muerte, el pasado lunes.

Cuando tuve la oportunidad de saludarlo en la imponente Casa del Pueblo de Pekín recuerdo que me temblaban las piernas de nerviosismo. En una iniciativa sin precedentes, un grupo de veintitantos periodistas de diferentes países europeos habíamos sido invitados por el Diario del Pueblo -el periódico oficial del Partido Comunista- a visitar una China que comenzaba a abrir sus puertas a los extranjeros.

Desde que descendimos del avi√≥n, no hab√≠amos dejado de recibir bienvenidas y parabienes. Mis compa√Īeros me hab√≠an elegido presidente del grupo, as√≠ que a m√≠ me tocaba responder con un discurso -en seis d√≠as pronunci√© 17- a las reiterativas palabras de bienvenida de nuestros anfitriones. La organizaci√≥n hab√≠a contratado un autob√ļs y, contra mis deseos de convivir en todo con los colegas, me hab√≠an asignado una limusina, con ch√≥fer, escolta y traductora.

El ministro de Informaci√≥n nos invit√≥ a cenar pato laqueado en el m√≠tico restaurante ¬ęLa Muralla¬Ľ y a una pintoresca representaci√≥n teatral que enseguida nos dej√≥ dormidos a todos. En los d√≠as siguientes conocimos la capital, la Ciudad de la Seda, Shangai‚Ķ Y en todas partes √©ramos obsequiados con banquetes de cuarenta platos ex√≥ticos. Al cuarto d√≠a nos reunimos en el Diario del Pueblo con su director ejecutivo (oficialmente el titular era el ministro).

Era un complejo de instalaciones más bien destartaladas y con un entorno de viviendas -unas tres mil- de las familias de los trabajadores. El director, de aspecto taciturno y parco en palabras, nos invitó a un té y, sentados a la mesa de la redacción, entablamos una conversación que nosotros intentábamos llevar al terreno profesional y él mantener con largos silencios y respuestas tan breves como ambiguas. Era evidente que se sentía incómodo y se mostraba cauteloso.En el momento de la despedida, me arriesgué a formularle una pregunta que intuía podía resultarle comprometida.

-Algunos de nosotros, tambi√©n dirigimos medios p√ļblicos en nuestros pa√≠ses. Yo concretamente dirijo la Radio Nacional en Espa√Īa. Y todos tenemos que afrontar frecuentes encontronazos con quienes nos han nombrado, pero nuestra obligaci√≥n es hacer periodismo, g√ļsteles o no, y eso nos crea frecuentes enfrentamientos y tensiones. Usted deduzco que est√° en una situaci√≥n similar. ¬ŅC√≥mo discurren sus relaciones con el Gobierno y con el Partido?

Se qued√≥ pensativo unos instantes. Respir√≥ hondo y mir√°ndome a los ojos, exclam√≥: ¬ę¬°Ay, si yo le contara!¬Ľ.

Cuando nos avisaron de que nos recibiría Li Peng, entonces ya presidente de la Asamblea Popular, la segunda magistratura del país, recuperé todas las preocupaciones. Era consciente de que tenía que ser amable y agradecerle la hospitalidad, pero también que no debía ni dar una imagen de sumisión ni olvidar que representaba a periodistas libres, todos de países democráticos.

Me impresion√≥ la gigantesca plaza y la parafernalia a la entrada de la sede de la Asamblea. Li Peng, se adelant√≥ a recibirme y me ofreci√≥ sentarme a su derecha en la Presidencia. Mientras √©l saludaba a los colegas que se acercaban, me ech√© a un lado y observ√© que Adam Miichnik, el gran intelectual anticomunista polaco, director de la Gazeta Wyborcza, me hac√≠a se√Īas para que me aproximase.

-Diego, me marcho. A este hijo de p. yo no le doy la mano. Si se publica una foto con él, no podré regresar a Varsovia.

Las preocupaciones que me agobiaban se multiplicaron. Escuchando su discurso, cordial y amable, la cabeza me daba vueltas. Cuando lleg√≥ mi turno procur√© responder en el mismo tono, pero no elud√≠ los principios profesionales que nos un√≠an. Li Peng escuchaba la traducci√≥n sin inmutarse. Cuando termin√©, le dije que nos gustar√≠a hacerle algunas preguntas. ¬ęPor supuesto¬Ľ, respondi√≥. R√°pidamente Pascal Bourgaux, directora de internacional de la Televisi√≥n Belga, levant√≥ la mano.

-Se√Īor presidente: hace ocho a√Īos, miles de estudiantes que se manifestaban pac√≠ficamente en esta plaza, fueron masacrados por los tanques. Entonces usted era primer ministro y quien anunci√≥ la imposici√≥n de la ley Marcial y dio la orden. Si esa situaci√≥n se repitiese, ¬Ņusted volver√≠a a hacerlo?

Al escucharla me sentía deslizar por la butaca. Observé que él escuchaba imperturbable. Cuando terminó la traducción, se quitó lentamente los auriculares, depositó las gafas en la mesa, y respondió:

-Gracias, se√Īora. Esta pregunta ya sab√≠a que me la iban a hacer. Pero me sorprende que siendo ustedes tan buenos periodistas, sea la primera que me formulen.

Luego desgranó unas explicaciones farragosas y poco convincentes. Las preguntas siguientes se centraron en las estadísticas y entonces -era su orgullo- se explayó sin mirar el reloj aportando datos y enorgulleciéndose del nueve por ciento anual en que, de una forma sostenida, crecía la economía.

Diego Carcedo

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