El deshielo

Uno de los mejores momentos del año es cuando el sol empieza a derretir la sangre helada del invierno con un bombeo de primavera. Chaqueta plegada al hombro, las calles se llenan de transeúntes sorprendidos ante el anuncio -nadie sabe cómo ha sido- del próximo verano. Te das una vuelta por el mercadillo del Martes, tan atestado de gente que apenas se puede andar, entre mujeres en leggings que dejan transparentar las bragas, viejas fisgonas que se tiran horas discutiendo la calidad de unas zapatillas de felpa o la conveniencia de comprarle a la nieta ese bolsito tan mono, si no será muy chica aún para llevar algo así, jubilados que van al lado de sus mujeres como peleles, útiles para sujetar bolsas, deseando toparse con algún conocido para animarse en sus achaques («No me digas, hombre, tan grandes que somos, unos tiarrones, y ¿va a poder con nosotros un bultito de mierda?»), y gitanos que venden la mercancía al grito de: «¡Recién robado de anoche! ¡Venga, a un euro, antes que se lo lleven los guardias os lo lleváis vosotras!». Sonríes, testigo de tanta exhibición de arte y cultura. Aquí no llega la ética protestante, piensas. Esa que postula que cada uno tiene lo que se merece, tanto el poder, logrado de la manera que sea, como el hambre, culpa de quien lo padece. Aquí todos estamos en trabazón, libres y revueltos, todos nacidos en pecado, sin distinciones, dignos por igual de la única democracia real que existe: la del alma libre, la de la conciencia personal que consuela tanto como duele. Sales del mercado y dejas que la inercia guíe tus pasos cuesta abajo, en dirección al Circo Romano. Reconquista adelante, te cruzas con dos policías locales que van absortos en sus móviles, hablando de una nueva aplicación que no terminan de entender. Saludas al quiosquero que te trajo Pascal, Kierkegaard, Hegel. Saludas al hombre del estanco, que aprovecha cuando no hay nadie para salir a fumarse un cigarrillo, entre toses que comparte con sus clientes. Una mujer que acaba de salir de la peluquería comprueba cómo le han dejado los pelos en la cristalera de una tienda de prendas eróticas, entre maniquíes con ligueros y corsé. En la puerta de un bar, un hombre arranca una flema y la escupe entre tambaleos, como si acabara de expulsar una parte de sí mismo. Por fin, después de meses esperando este día, te sientas en una terraza que hace esquina, al sol. Te estiras en la silla cruzando las manos detrás de la nuca, y el camarero, que acaba de dejarte el vermú, te dice: «¡Qué a gusto estás, eh!». Estás solo pero te sientes acompañado por tus pensamientos, tus recuerdos, otros días como este que vendrán, las ganas de no hacer nada, los personajes del libro que acabas de abrir y todas esas personas que cruzan por delante y a las que clavas reojos de cuando en cuando. ¿Adónde irá cada uno, de dónde vendrá? Y esos niños, ¿por qué se agolpan revoltosos ante el escaparate de un comercio en lugar de estar en la escuela? Una señora mayor, rubia y muy abrigada, se detiene un momento en medio de la calle y deja pasear la mirada alrededor con expresión de asombro, como si, tras una larga convalecencia, disfrutara con temor de todo aquello que alguna vez pensó que nunca más volvería a ver. Apuras el vermú acordándote de unas palabras de Juan Marsé: «La cultura es saber salir de casa, sentarte en un banco, en una plaza, fumarte un pitillo o beberte una cerveza, en armonía contigo mismo y con los demás. Eso es cultura. Lo demás son puñetas».

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