«El cuarto mono», diario de un asesino

Hay tres monos de madera esculpidos en el templo japonés de Toshu-gu, en Nikko. El primero se tapa los oídos; el segundo, los ojos; el tercero, la boca. Representan el proverbio «No escuches el mal, no veas el mal, no pronuncies el mal». El cuarto mono supondría la abstracción, «No hagas el mal», pero en la novela de J. D. Barker (Illinois, 1971), más allá de su significado espiritual, «El Cuarto Mono» es el nombre de un asesino.

Chicago, el otoño se acerca a su fin y el detective Sam Porter vuelve al trabajo después de una baja cuyo motivo desconocemos; primera incógnita de las muchas a las que habrá de enfrentarse el lector de esta historia. Junto a su compañero Nash, Porter lleva años persiguiendo sin ningún éxito a un meticuloso asesino en serie que actúa de manera intermitente y parece tomarse la justicia por su cuenta.

La voz del mal

El misterio está servido: una investigación policial de corte clásico que, aunque bien contada, no supone la parte más brillante de la trama. El verdadero interés de «El cuarto mono» es el diario del psicópata que, gracias a un giro imprevisto del caso, llega a manos de Porter y Nash.

Con una voz inquietante y literaria, mientras la policía avanza en sus pesquisas, Barker intercala en la narración fragmentos del diario del criminal, que se remonta a una infancia aparentemente feliz y nos recuerda, por su tono, a las alucinaciones del agente Teddy Daniels en «Shutter Island».

Ritmo cinematográfico

«Me miraban como deben hacer los padres. Me miraban con orgullo. (…) Y yo los miraría a ellos. Miraría y me los imaginaría con el cuello rajado de oreja a oreja. La sangre manando de las heridas y encharcándose en la hierba, a sus pies. Y me reiría, me palpitaría con fuerza el corazón…».

El relato autobiográfico de la mente homicida, al mostrarse sobre el papel, nos obliga a formularnos una pregunta recurrente en el mundo del crimen: ¿es innato el germen de la maldad o es responsabilidad de las circunstancias y las influencias externas que una mente blanca, todavía por construir, se tuerza y crezca torcida? No existe una única respuesta.

Lo que sí está claro es que «El cuarto mono», a pesar de cierto estilo tópico en sus diálogos, es una apuesta interesante y adictiva; un «thriller» de ritmo cinematográfico, que no nos dejará con la sensación de haber perdido el tiempo.

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