El comercio encona la rivalidad política y militar entre China y EE.UU.

En este siglo XXI de la globalización y el libre comercio, China ha relevado a Rusia en la Guerra Fría con Estados Unidos por la hegemonía mundial. Y las aduanas han sustituido a las trincheras y los misiles.

Mientras el presidente de EE.UU., Donald Trump, disparaba esta semana su última andanada de aranceles sobre importaciones chinas por valor de 200.000 millones de dólares (170.000 millones de euros), el régimen de Pekín celebraba una gran exposición internacional sobre la Ruta de la Seda. «Solo la apertura trae el avance. China seguirá en este camino hacia el multilateralismo», proclamaba en la inauguración la viceprimera ministra, Sun Chulan, ante decenas de mandatarios extranjeros en el descomunal palacio de congresos de Dunhuang, legendaria parada de la Ruta de la Seda en medio del desierto en la provincia de Gansú.

Hace cinco años, el presidente chino, Xi Jinping, lanzaba un ambicioso proyecto para revivir esta primera «autopista de la globalización» bautizado como «Una franja, una ruta», que ha servido para seguir extendiendo el «poder blando» de Pekín por todo el mundo. Tanto estas Nuevas Rutas de la Seda como el plan «Made in China 2025», que persigue liderar a nivel mundial las industrias más punteras, asustan en EE.UU., donde Trump sigue usando el discurso contra Pekín que le hizo ganar las elecciones.

Crisis planetaria

Aunque Trump lleva razón al criticar el doble rasero de China, que aboga por el libre comercio mientras tiene cerrados importantes sectores de su economía, su agresividad a la hora de negociar ha desatado una guerra comercial total con aranceles cruzados que amenaza con provocar otra crisis planetaria. A las siempre difíciles relaciones entre ambas potencias, que tienen peligrosos frentes abiertos en el Mar del Sur de China y Siria, se suman ahora el comercio y las sanciones de la Casa Blanca contra Rusia, que han salpicado a Pekín.

Junto a Moscú, el Pentágono ha incluido a China como uno de los rivales de EE.UU. para «apropiarse o reemplazar el orden libre y abierto que ha permitido la seguridad global y la prosperidad desde la II Guerra Mundial». Según informa Bloomberg, así lo dejó claro el secretario de Estado, Mike Pompeo, cuando en julio acudió a un foro de seguridad regional en Singapur para criticar la «dependencia estratégica» que practica el autoritario régimen de Pekín con sus aliados y socios comerciales. «Con las empresas americanas, los ciudadanos de todo el mundo saben que lo que ven es lo que tienen: contratos y términos honestos sin necesidad de tonterías fuera de los libros», aseguró Pompeo.

Con la Casa Blanca intentando frenar el auge de China, no parece probable que la guerra comercial se suavice hasta las elecciones legislativas de noviembre en EE.UU., examen para Trump a mitad de mandato. «Yo llamaría a la actual situación “conflictos comerciales” (…), pero también es posible que el intercambio de aranceles escale a una guerra comercial plena y duradera. En ese caso, ambos países perderán. Y China probablemente perderá más dada la fuerza relativa de las dos economías», analiza para ABC Xu Bin, profesor de Finanzas de la Escuela de Negocios CEIBS de Shanghái.

Aunque algunos expertos calculan que los aranceles estadounidenses pueden recortar hasta medio punto porcentual el crecimiento de la economía china, que está en torno al 6,6 por ciento, el profesor Xu duda de esta cifra. A su juicio, «para tener una estimación, hay que considerar tanto el efecto directo de la guerra comercial como los potenciales ajustes de las políticas gubernamentales y las estrategias empresariales».

Con el yuan ya debilitado por esta guerra comercial, Xu Bin calcula que «puede depreciarse con respecto al dólar en un pequeño porcentaje, digamos un cinco por ciento», pero no cree que el Banco Central de China use esta devalución como herramienta principal para compensar el efecto de los aranceles estadounidenses. Tampoco ve nada probable que Pekín use su posición como banquero de Washington vendiendo sus bonos del Tesoro estadounidenses, que financian la astronómica deuda pública de la Casa Blanca. Además de apuntar que eso «le haría perder a Pekín sus reservas de divisas duramente ganadas», señala que «sería como el ataque japonés a Pearl Harbor en la II Guerra Mundial». Es decir, una declaración de guerra, y ya no solo comercial.

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