El colapso amenazala existencia de un pueblo ancestral

Diseida Atensio, una wayuu venezolana con su familia recién llegada a Uribia Crédito: Adriana Loureiro Fernández/NYT

Los wayuus cruzan en masa la frontera, pero chocan con los miembros de su tribu en Colombia

PARENSTU, Colombia.- Los wayuus vivieron de la tierra durante cientos de a√Īos, incluso antes de la fundaci√≥n de Venezuela y Colombia. Son un grupo ind√≠gena que sobrevivi√≥ a las guerras, los conflictos, las revoluciones e incluso a la separaci√≥n por la creaci√≥n de las fronteras nacionales entre ambos pa√≠ses.

Sin embargo, para los wayuus de Venezuela, el punto de quiebre llegó con la devastación económica durante la presidencia de Nicolás Maduro y las sanciones estadounidenses contra su gobierno.

A medida que el país empezó a experimentar el peor colapso económico mundial visto en décadas fuera de una zona en guerra, los wayuus empezaron a huir hacia Colombia con la esperanza de poder encontrar un nuevo hogar.

Pero aquí, en un solitario asentamiento colombiano llamado Parenstu, no estaban preparados para su llegada.

Los wayuus venezolanos aparecieron con sus hijos hambrientos y desnutridos, y con sus peque√Īas costillas visibles despu√©s de a√Īos de ruina econ√≥mica. La repentina afluencia gener√≥ tanta tensi√≥n con los abor√≠genes colombianos, que estall√≥ un conflicto con los wayuus por la tierra, el agua y el derecho a permanecer en este lugar. Ahora los chicos de ambos bandos pasan hambre. Algunos directamente mueren por desnutrici√≥n.

El conflicto que se vive en Parenstu es el reflejo de una frontera abrumada por la cantidad de wayuus que abandonan Venezuela para vivir en las tierras indígenas de Colombia. Y refleja una crisis mayor que afecta a varios países de América Latina, donde el éxodo masivo de venezolanos de todas las clases sociales pone a prueba la paciencia de sus vecinos.

Por lo menos cuatro millones de venezolanos ya huyeron de su pa√≠s. Para el pr√≥ximo a√Īo, este √©xodo podr√≠a convertirse en la mayor crisis de refugiados del mundo, seg√ļn la ONU.

Los recién llegados desbordan la hospitalidad de sus anfitriones, que suelen estar divididos entre el deseo de ayudar y el instinto de proteger sus propios recursos. Aunque los venezolanos encontraron muchas fronteras abiertas, en países como Ecuador y Brasil, en Colombia fueron atacados muchos refugios de migrantes e incluso se llegó a expulsarlos de algunas poblaciones ante las quejas de los residentes. Además, los nuevos migrantes, que no pudieron recibir atención médica en su país, trajeron a Colombia el sarampión y la malaria, enfermedades que aquí estaban bajo control.

“Los titulares generan xenofobia”, dijo Felipe Mu√Īoz, funcionario colombiano responsable de manejar la crisis en la frontera. Ahora m√°s de 1,4 millones de venezolanos est√°n en Colombia, dijo, una situaci√≥n in√©dita para un pa√≠s que hace cinco a√Īos solo ten√≠a 140.000 extranjeros registrados y que jam√°s hab√≠a experimentado tal oleada de migrantes.

El desierto colombiano de la Guajira es el nuevo hogar de los wayuus, un lugar desolado en el extremo norte del continente. La electricidad nunca lleg√≥ a muchas de estas aldeas ni tampoco el agua corriente. Y la sequ√≠a de cinco a√Īos ocasiona grandes hambrunas.

Un d√≠a hace poco, una beb√© con una erupci√≥n en la frente empez√≥ a gritar. La madre dijo que hab√≠a estado vomitando sangre y adelgaz√≥ casi un kilo en las √ļltimas semanas. “Ella no quiere comer”, dijo la madre, Andre√≠na Paz, una wayuu venezolana de 20 a√Īos que en 2019 cruz√≥ la frontera despu√©s de ver morir a las hijas de su vecina por desnutrici√≥n. Teme que su propia hija pueda morir en Colombia.

Celia Epinayu enterró a su hijo, Eduardo, en febrero. No es una migrante, sino una wayuu colombiana que vive en las tierras donde sus padres la criaron. Pero a medida que Paz y otras personas de Venezuela empezaron a llegar, la comida para el clan de Epinayu también se hizo escasa y no pudo alimentar a sus cinco hijos, incluido Eduardo, de 10 meses.

“Tu hijo est√° muerto, tienes que dejarlo ir”, dijo Betty Ipuana, la maestra, que visitaba a Epinayu en su casa de adobe.

Epinayu no respondió y se quedó mirando el suelo polvoriento.

La tensi√≥n es evidente en los rostros de los p√ľtchip√ľ’√ľi, las autoridades wayuus que median en las disputas y entregan mensajes entre clanes. Discutieron docenas de nuevos conflictos sobre la tierra, y el temor de que pudieran convertirse en disputas de sangre entre las familias. En la costa norte, los wayuus colombianos llegaron a incendiar las carpas de los venezolanos reci√©n llegados.

“Es por el miedo que tenemos, que esta tierra no nos pueda sostener a todos”, explic√≥ Guillermo Ojeda mientras hablaba con los otros mediadores en la mesa. Pero dijo que los venezolanos ten√≠an que ser aceptados, incluso si eso significaba un riesgo para todos.

A los wayuus colombianos de Parenstu a veces les resulta difícil reconocer a los recién llegados como parientes. Algunos provienen de ciudades y no hablan wayuunaiki, el idioma nativo. Construyen casas improvisadas con postes y plástico en vez de usar adobe, como las casas de Parenstu.

Pero hay una tradici√≥n que los wayuus de ambos lados conocen bien: el cementerio les da derecho a quedarse. Seg√ļn la tradici√≥n wayuu, dos d√©cadas despu√©s de que una persona muere, los miembros de la familia regresan al cementerio para lo que se conoce como el “segundo entierro”. Abren la tumba, limpian los huesos y los vuelven a enterrar en el sitio de donde creen que provienen sus antepasados. Adem√°s, los familiares de los fallecidos pueden reclamar la tierra donde los restos se vuelven a enterrar y construir su casa en las cercan√≠as. Esto suma otro conflicto en potencia para los abor√≠genes colombianos.

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