El arte como perversión en Ignacio Ferrando

Hay que celebrar que Ignacio Ferrando y Tusquets se hayan atrevido a publicar esta novela, en los tiempos que corren de puritanismo acendrado. Porque se abre con unas brillantes páginas dedicadas a comentar el cuadro deCoubert«El origen del mundo». Tampoco se limita a tal escándalo puesto que en pasajes diferentes aparecen disertaciones sobre otras manifestaciones de arte pictórico análogamente escandalosas. Lo propician las clases dadas por un artista en crisis, el pintor Ismael G, quien, por medio de un amigo de su mujer, es contratado como profesor sustituto en Escuela de Bellas Artes. Es la misma Escuela en la que él y su mujer estudiaron y se conocieron. La trama de la novela va enriqueciéndose en planos diferentes. Los más interesantes son tres. El primero es la imposible originalidad, porque el arte más rompedor esconde claves repetitivas de movimientos precedentes.

Pesquisa obsesiva

Es un motivo que nos lleva a otro, el de la duplicidad, el carácter también doble de las experiencias personales, que el protagonista siente vivir de modo repetitivo, tanto respecto a quien le precedió en esa cátedra, como a las relaciones con sus alumnas. Está, por último, la sombra de del profesor anterior, Kelner, un artista maldito que apareció muerto en extrañas circunstancias, aunque se dio por segura la del suicidio por las acusaciones que recibió de acoso sexual a una alumna. También esta historia se repite en el caso de Ismael, a quien una estudiante tiende una trampa, una vez descubre en él pulsiones y ambiguas estrategias. Lo mejor es que la sucesión de avatares está menos clara que la explicación que me he visto forzado a ofrecer. Por fortuna, el arte va más allá de los intentos referenciales, de ese acogerse al significado unívoco que tanto el antetexto de Nabokov, como el título mismo han convocado.

Aparecen perspectivas moralmente contradictorias, uno de sus aciertos

También en la vida está todo más liado, porque conforme avanza la pesquisa obsesiva de Ismael todos los planos se superponen, hasta alcanzar a la sospecha que emerge sobre las relaciones que con Kelner pudo tener su mujer, o las sospechas crecientes de haber sido objeto de una persecución planificada por Paula, la alumna, que en cierto modo reproduce la que sufrió Schiele por parte de una joven modelo. Otro de los aciertos es que nos deja sin un punto de vista moral unívoco, porque va quedando claro que los elementos que enriquecen la trama están llenos de perspectivas moralmente contradictorias, puesto que al mismo tiempo que parece poco discutible que Ismael esconde pulsiones voyeuristas, y su mirada sobre jovencitas es obsesivamente erótica, no lo es menos que emerge una atmósfera de persecución moralista e hipócrita en el centro.

Excepto el excurso que quiere resolverse con un viaje a Roma para ver a su hija Julia, cuya resolución me ha parecido inverosímil, la novela equilibra bien los distintos planos. También es un logro alternar diferentes recursos. Por último es raro que una novela culta, que se mide bien con referencias pictóricas y literarias, permita merced a esa leve intriga de «thriller», no sostenerse simplemente como una novela meta-artística al anudar una historia que puede intrigar a diferentes lectores.

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