El árbol del ahorcado

Se recorta en medio de la tierra baldía, sobre un horizonte de tintes violentos. Como un centinela en su atalaya, vigila con ávida despreocupación, por encima del hombro, las extensas llanuras que lo cercan. Es debilucho y desmochado, pero se conoce y sabe que sus ramas soportan cualquier peso de cualquier hombre. Permanece ahí, erguido sobre todos nosotros, solitario y digno, con viento y lluvia, sol y frío, desde antes de que yo naciera. Fisga de reojo al conductor que llega o sale, nunca te da la espalda cuando te alejas sino que continúa clavándote sus rasposos ojos en la nuca, haciendo brotar en tu hombro una maraña de ramas como dedos que se estiran elásticamente hasta cualquier destino. Y, cuando te ve volver, recoge sus brazos sobre sí mismo mientras esboza una mueca burlona, como si supiera que nunca te alejarás lo bastante porque todo lo que buscas, toda lejanía, anida en su sombra demacrada. Él, simplemente, espera. Sin esperar nada. Convencido de que llegará. Resignado a ser lo que siempre fue, esta estática salida, este quieto bálsamo en el centro del remolino. Ha visto cómo talaban otros árboles para construir viviendas en la urbanización cercana, pero él resiste como resiste la vida e incluso hay un camino que pasa por su lado, con un suave declive a su altura aplanado por las pisadas de todos los hombres que se detuvieron un momento, lo miraron y decidieron no pasar de largo. Le gusta la noche porque se alimenta de ella. Del temblor de las farolas y del espasmo de ventanas que se encienden a horas imprevistas, cuando todos duermen. Sabe que es entonces cuando se incuban los desvelos del caminante cansado, el desasosiego de la sombra sin raíces que induce a buscar otras más firmes. La tierra, esa tierra bajo la que esconden los huesos, está de su parte y le proporciona el sustento. Pero es de día cuando se aviva el hambre. Por este motivo, ansía contemplar el brusco despertar del amanecer, sentir ese desentumecimiento de vida que nace por inercia, ya muerta, si bien no lo sabe hasta que un día lo confirma y entonces los horarios, las compras, el trabajo, los hijos traen una noche más oscura de lo habitual, mucho más nueva, y habrá quien, por falta de otro asidero, desde la ventana de su dormitorio o del hotel situado al otro lado de la carretera, se vea a sí mismo colgando de una de esas ramas, acunado por el viento, al fin algo, alguien, una rama, que se ofrece y es capaz de soportar cualquier peso.

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