Don Ricardo de Vilapedre

Noticias procedentes de Sarria dan cuenta de que en esa villa antigua, rica y alegre¬Ľ, que dijo Barbeito, se preparan unas jornadas en homenaje a don Ricardo N√ļ√Īez Rodr√≠guez, personaje singular√≠simo, modelo de filantrop√≠a y figura destacada de la protosiquiatr√≠a espa√Īola. Ahora, cuando se cumplen 60 a√Īos de su muerte, dos sociedades sarrianas, La Uni√≥n y el Seminario de Estudios ¬ęV√°zquez Saco¬Ľ, ambas de gran significaci√≥n y prestigio en toda la comarca, se disponen a afrontar la tarea de ponderar en su justa medida la obra y la personalidad de don Ricardo de Vilapedre, una figura en la que, como sucede muy a menudo, lo anecd√≥tico ha acabado por engullir a lo categ√≥rico.

Sin beca oficial pero con alg√ļn auxilio de familia sarriana pudiente, don Ricardo, hijo de un modesto perito agrimensor, pudo cursar la carrera de Medicina en la madrile√Īa facultad de San Carlos, prestigiada entonces por las resonancias claustrales de los nombres de Santiago Ram√≥n y Cajal, Jos√© de Letamendi y Jaime Vera, el amigo de Pablo Iglesias. Si hubiera querido habr√≠a podido ejercer su licenciatura en la capital de Espa√Īa, donde sent√≥ plaza primero de alumno diligente (la escasez de medios le oblig√≥ a conciliar estudios y trabajos espor√°dicos) y luego de profesional competente. Contaba adem√°s con el favor de don Alberto Aguilera, quien, por su cargo de gobernador civil de Madrid (antes de ser subsecretario, ministro y lo que se le pusiese por delante), sab√≠a muy bien del riguroso trabajo que N√ļ√Īez Rodr√≠guez hab√≠a llevado a cabo, apenas reci√©n graduado, como organizador del servicio de higiene en el inframundo de la prostituci√≥n. De su sentido casi sacerdotal de la profesi√≥n han de beneficiarse tambi√©n las familias de los socios del Centro Gallego, presidido entonces por Augusto Gonz√°lez Besada, ministro en varias ocasiones, estudioso de la obra de Rosal√≠a de Castro y diputado cunero por media docena de circunscripciones, de C√°diz a Lugo.

El brillo de la vida madrile√Īa importa poco a un m√©dico que quiere trabajar en su pueblo y para sus gentes. Al servicio de esa vocaci√≥n lo entreg√≥ todo: desde la herencia paterna hasta su vida personal. Solo el transitorio desempe√Īo de la plaza de inspector de Sanidad en Badajoz, una corta etapa como m√©dico municipal en L√°ncara y epis√≥dicas incursiones en la pol√≠tica (tanto con el lerrouxismo cuanto con la Uni√≥n Patri√≥tica sus actuaciones nunca se sujetaron a otra disciplina que la de su conciencia) le distrajeron de su verdadero prop√≥sito: crear un sanatorio para enfermos mentales, el primero que funcion√≥ como tal en la provincia de Lugo, cuya dotaci√≥n en atenci√≥n psiqui√°trica se limitaba entonces (a√Īo 1910) a una Sala de Observaci√≥n de Dementes dependientes de la beneficencia municipal. Desde all√≠ sal√≠an al manicomio de Valladolid o a la tumba.

En Vilapedre, don Ricardo, sin otro auxilio que sus ahorros y su tenacidad, levant√≥ un ¬ęcomplejo¬Ľ hospitalario, consistente en dos pabellones con sus dormitorios, cocina, aseos, comedor y salas de curaci√≥n. La asistencia que se prestaba a los internos, resulta no ya avanzada para la √©poca, sino revolucionaria. El enfermo gozaba de libertad para entrar y salir del centro, y los procedimientos de sujeci√≥n mec√°nica (camisas de fuerza, correas, etc), entonces muy en boga, apenas eran utilizados. En definitiva, lejos de un tratamiento represivo, lo que se practicaba era una terapia basada en la convivencia, las puertas abiertas y, ¬ęmutatis mutandi¬Ľ, una atenci√≥n asentada en pautas que bien pueden considerarse anticipadoras de las a√Īos tarde preconizadas por los abanderados de la antisiquiatr√≠a.

Del ¬ęmanicomio de Vilapedre¬Ľ fue don Ricardo propietario, director y √ļnico facultativo. Ajeno por completo a todo inter√©s econ√≥mico, para ser admitido en el centro primaba un criterio: ser vecino de la comarca (aunque tambi√©n fueron atendidos enfermos de toda Galicia) y carecer de recursos (si bien hubo asimismo pacientes de pago). Cuanto ¬ętoli√Īo de aldea¬Ľ era conducido a Vilapedre, all√≠ se quedaba al cuidado de don Ricardo y de su hermana. All√≠ viv√≠a y, en muchos casos, all√≠ mor√≠a, olvidado de su propia familia.

Al igual que su admirado Jaime Vera, fue don Ricardo un infatigable ap√≥stol del ejercicio social de la Medicina, cuyo sentido no ten√≠a raz√≥n de ser si no se pon√≠a al servicio de los m√°s desamparados. Buen conocedor de la obra de Letamendi, era, al igual que el controvertido terapeuta catal√°n, partidario de la utilizaci√≥n de aforismos para transmitir su filosof√≠a de la profesi√≥n y de la vida. Quiz√° dos de ellos basten como resumen de las consideraciones √©ticas que guiaron su conducta. Uno es el lema que abre su libro ¬ęLa visi√≥n de Higia¬Ľ, compendio, un tanto heterog√©neo, de su filosof√≠a m√©dico/humanista: ¬ęEl trabajo √ļtil y la grandeza de la patria requieren la salud del pueblo¬Ľ. El otro, contenido en la misma obra, constituye un breviario de su praxis terap√©utica: ¬ęMi libro es el enfermo¬Ľ.

Falleci√≥ don Ricardo en junio de 1958, a punto de cumplir 96 a√Īos. Ciego como los topos y pobre como las ratas.

Juan Soto

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