«Dividirnos en burbujas es horrible para la democracia»

El humanista ha aparcado por unas horas al tecnólogo para visitar el Museo del Prado, pero ambos vuelven a unirse para esta entrevista. Invitado por el Aspen Institute España -fundación que promueve el liderazgo basado en valores y crea espacios de debate- para ofrecer varias conferencias en nuestro país, el escritor y periodista norteamericano William Powers (1961) saltó a la fama con su libro Hamlet’s BlackBerry: A Practical Philosophy for Building a Good Life in the Digital Age, donde habla de nuestra adictiva relación con la tecnología. Investigador del Massachusetts Institute of Technology (MIT) Media Lab, pide que le hagamos las preguntas en español («para practicar» -pasó una temporada en España, donde realizó estudios de posgrado-), aunque sus respuestas son en inglés.

¿Se ha convertido el ser humano en un esclavo de la tecnología?

No sé si en un esclavo -esa es una palabra fuerte, especialmente en mi país-, pero cada vez más se tiene la impresión de que trabajamos para las máquinas en vez de que las máquinas trabajen para nosotros. Diría que esa dinámica está terminando y que la gente, por fin, se está dando cuenta de que las máquinas no satisfacen las necesidades de los seres humanos tan bien como podrían. Mi charla para el Aspen Institute era sobre qué podemos hacer para llevar nuestra cultura a un nuevo lugar con estas herramientas, en vez de que nos opriman.

En su libro explica que siempre hemos estado conectados con la naturaleza, prestando atención a nuevos estímulos para sobrevivir, y ahora lo estamos a los teléfonos móviles, cuyas alertas inyectan en nuestro cerebro un «chorro de dopamina».

Es importante recordar que hemos recibido señales distintas a las de la naturaleza durante mucho tiempo. Por ejemplo, la era del telégrafo empezó en 1850. Incluso los periódicos proporcionan señales desde hace siglos. Los medios electrónicos son el siguiente nivel. Es una fase muy intensa. Todo aquel que vive uno de estos momentos de cambio tecnológico, cualquiera que sea la época, siente que es muy disruptivo. Mi objetivo es ayudar a la gente a lidiar con eso usando ideas sencillas extraídas de la filosofía.

Renunciamos a relaciones sociales directas, a los libros, a nuestros pensamientos… ¿Es la sociedad de la hiperconectividad más solitaria y más pobre intelectualmente?

«Pobre» quizás no sea la palabra correcta; es una manera diferente de conectar con otras personas y con la vida a nuestro alrededor. La tecnología tiene mucho potencial. Cuando cojo mi teléfono por la mañana o abro mi ordenador, hay todo tipo de cosas increíbles que puedo ver. No es la misma clase de experiencia, pero es rica a su manera. Aunque asumir que, en el futuro, estas máquinas sean intermediarias de nuestras vidas es un gran error porque eliminan gran parte del ser humano de la ecuación. Cuando estás atado a una pantalla no siempre das lo mejor, y eso es particularmente cierto en las relaciones. Observé que mi familia se estaba quedando al margen, y por eso empezamos a hacer lo que llamamos «sabbat de internet»: no utilizar la red los fines de semana durante cinco años. Es verdad que era más fácil hacerlo entre 2007 y 2012 que ahora. No teníamos teléfonos inteligentes; ahora, todo el mundo dispone de un smartphone. Pero creo que podemos convertir ese descanso en una costumbre.

«La tecnología es positiva, pero convertir a las máquinas en intermediarias es un error si eliminas al ser humano de la ecuación»

¿Las redes sociales conforman, en el fondo, una sociedad de solitarios?

Habría que matizar. Tengo relaciones con personas a través de Twitter que forman parte de mi vida. A algunas de ellas no las conozco en persona, pero es una conexión real. Es cualitativamente diferente de una conexión con un amigo al que conozco en el mundo físico y con el que he vivido experiencias. Por otra parte, creo que hay personas aisladas, básicamente jóvenes que pasan la mayor parte de su tiempo delante de las pantallas enganchados a las redes sociales, y eso se convierte en su realidad y no es sano. Se han escrito buenos libros al respecto, como The Cyber Effect, de la psicóloga irlandesa Mary Aiken, que analiza el impacto sobre los niños.

¿Estamos perdiendo nuestra espiritualidad por el abuso de la tecnología?

Tengo una orientación espiritual que procede de mi infancia, porque me crié en una familia creyente. Sí, eso está ocurriendo en una época donde triunfa el cortoplacismo.

Esto enlaza con el término «profundidad» que aparece en su libro. ¿No es difícil buscar la profundidad cuando realizamos cientos de rápidas conexiones cada día?

Exactamente. No deberíamos vivir una vida superficial de sensaciones e impresiones. La mente humana tiene potencial para mucho más, no solo para nosotros egoístamente, sino para todos. Hoy he estado en El Prado admirando unos cuadros que fueron pintados por artistas que llegaron a una gran profundidad con su propia creatividad y su visión del mundo. No puedes hacer cosas extraordinarias si vives con cortos periodos de concentración, como hace demasiada gente.

«No deberíamos vivir una vida superficial de sensaciones e impresiones. Nuestra mente tiene potencial para mucho más»

Sócrates se quejaba de la pérdida de la tradición oral, y la imprenta de Gutenberg fue vista como una amenaza por algunos de sus contemporáneos. ¿Quizás estamos exagerando con los «peligros» de las nuevas tecnologías?

Quizás. Pero mi libro no sostiene que la tecnología sea mala, que es lo que Sócrates decía sobre el alfabeto, que acabaría arruinando nuestro cerebro. Siempre he sido un fan de la tecnología, y creo que las máquinas pueden potenciar el humanismo. Pero eso no estaba pasando al principio, y hoy todavía no pasa lo suficiente.

Entonces, ¿cómo podemos construirnos una buena vida en la era digital?

Cuestionándonos algunas decisiones erróneas. La gente se muestra insegura con respecto a la tecnología porque ésta ha alcanzado tal nivel de sofisticación que hay temor a ponerle objeciones. Parece que algo dirige el mundo, y quién soy yo para decir que no es bueno. Simplemente sigo a la multitud. Pero poco a poco surge un espíritu crítico que dice «esto no funciona para mí y quiero usarlo de una manera nueva». Mire el efecto que tuvieron las redes sociales en nuestras elecciones presidenciales. Al margen de quien ganara, solo el hecho de que nos dividamos en burbujas, que no hablemos entre nosotros, es horrible para la democracia. También debemos convertir la desconexión en un ritual de esos en los que vas asumiendo las ventajas y empiezas a sentirte diferente. Un día a la semana. Tienes que estar dispuesto a soportar algunos inconvenientes. La gente te dirá: «No estabas localizable ayer. ¿Qué te pasaba? No contestaste a mi correo electrónico…». En mi caso, después de la extrañeza inicial, hoy me felicitan y se alegran por mí. Vamos por buen camino.

El filósofo italiano Nuccio Ordine aboga por dar mayor relevancia a cosas «inútiles» como el arte, la música…

Necesitamos un humanismo nuevo. Lo hubo en la Ilustración, en el Renacimiento, en la Grecia clásica… No hay un humanismo para el siglo XXI. Deberíamos definirlo y que la inteligencia artificial nos ayude en vez de oponerse a ello, que es lo que está ocurriendo. Hace dos años, en su discurso en la ceremonia de graduación del MIT, Tim Cook, director ejecutivo de Apple, dijo: «No me preocupa que la inteligencia artificial le dé a las computadoras la capacidad de pensar como seres humanos. Me preocupa más que la gente piense como una computadora, sin valores ni compasión, sin preocuparse por las consecuencias». Hay algo muy humano en el arte de esperar por las cosas. No tienes que usar todos los momentos de tu vida para ser práctico y útil.

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