Distopías. Por qué despiertan miedo y fascinación

Los testamentos, el nuevo libro de Margaret Atwood, secuela de El cuento de la criada, suma un nuevo capítulo a la tradición de sociedades opresivas que reflejan las angustias del presente

¬ŅPor qu√© las distop√≠as -el t√©rmino parece haberse impuesto sobre el m√°s preciso antiutop√≠a- despiertan cada vez m√°s inter√©s en los lectores de novelas y los espectadores audiovisuales cuando, se supon√≠a, eran una gastada marca simb√≥lica del siglo pasado?

El futuro como tal no existe, como se√Īala el antrop√≥logo Marc Aug√©, es m√°s bien “una idea hipotecada por las carencias y los miedos del presente”. Algo similar puede argumentarse de la ciencia ficci√≥n y de ese subg√©nero, la distop√≠a, dedicado a describir una sociedad imaginaria en la que nadie optar√≠a por vivir voluntariamente. Tal vez un fen√≥meno actual sea que presente y futuro parecen acercarse aceleradamente y amenazan con borrar sus l√≠mites: el ma√Īana, antes angustioso pero distante, hoy aparece bien visible en el horizonte. Y no necesariamente promete buenas noticias, a pesar del optimismo digital. La furia discursiva de Greta Thunberg en la ONU bien podr√≠a haber formado parte de alguna novela de Philip K. Dick, pero es bien real, como suena veros√≠mil su clamor apocal√≠ptico. El futuro tiene hoy notas de realismo puro.

En junio √ļltimo se cumplieron setenta a√Īos de la publicaci√≥n de 1984, el cl√°sico pol√≠tico de George Orwell. El escritor ten√≠a en la mira el totalitarismo de la URSS, pero su novela sigue siendo el mejor sin√≥nimo de cualquier sociedad de control y vigilancia. No fue, sin embargo, la primera antiutop√≠a: ya en la d√©cada de 1910, el sovi√©tico Evgeni Zamiatin hab√≠a publicado Nosotros (un libro que fue fuente de inspiraci√≥n evidente para Orwell) y en 1932, Aldous Huxley, otro ingl√©s, hab√≠a propuesto en Un mundo feliz una sociedad en la que la ciencia y las t√©cnicas de reproducci√≥n pod√≠an pasar por ideal superador, pero ¬Ņla sociedad perfecta era de verdad perfecta o simplemente atroz? Incluso antes de eso, en el siglo XIX, se pueden encontrar ejemplos que, a falta de t√©rmino m√°s modernos, se amparaban en la idea de literatura fant√°stica. ¬ŅNo es al fin y al cabo la doble sociedad descripta en La m√°quina del tiempo (1895), de H. G. Wells, con sus Morlocks y sus El√≥is, un posible y aterrador destino humano?

Frente a todos esos libros del pasado, la reci√©n publicada Los testamentos, novela con que la canadiense Margaret Atwood contin√ļa El cuento de la criada, tiene la curiosidad de hacer pie en una antiutop√≠a celebrada que tiene su correlato de masividad en una serie televisiva. S√≠ntesis y signo de los tiempos, todo coincide con la renovada ola feminista. Algunos cr√≠ticos y lectores esperaban Los testamentos con un entusiasmo tan pop que fue nominado al Booker Prize -algo excepcional- antes incluso de llegar a las librer√≠as.

No hab√≠a ocurrido lo mismo con El cuento de la criada, que Atwood escribi√≥ en 1984 en una Berl√≠n de clima orwelliano, asediada por las tensiones de la Guerra Fr√≠a. El libro tuvo un impacto r√°pido, en gran medida porque ya nadie esperaba algo de esa especie: llegaba al menos una d√©cada despu√©s del cl√≠max de activismo feminista de los a√Īos setenta y, por esa raz√≥n, se lo ley√≥ como una ficci√≥n demorada. Las peripecias de la “criada” Offred (o Defred, seg√ļn la traducci√≥n), con su uniforme rojo y cofia blanca en la teocr√°tica rep√ļblica de Gilead (ubicada en lo que alguna vez hab√≠a sido Nueva Inglaterra, en Estados Unidos), eran algo m√°s y algo menos que feminismo. La propia Atwood prefer√≠a considerar su libro un intento de imaginar c√≥mo ser√≠a un potencial totalitarismo estadounidense.

A veces los libros -es lo que sucede con los cl√°sicos- se resignifican. La distop√≠a de El cuento de la criada tuvo un inesperado efecto retardatario. En su libro Atwood apuntaba contra el puritanismo religioso estadounidense, al que ve√≠a como la base ideol√≥gica de un sistema profundamente mis√≥gino. Su idea era darle una estocada a una r√©mora persistente, pero en declive. M√°s de treinta a√Īos despu√©s, algunos de esos dogmas est√°n de vuelta. Porque, ¬Ņqui√©n es al fin de cuentas Donald Trump -como se pregunta con sagacidad una cr√≠tica en The Guardian- sino un doble del Comandante Waterford, solo que sin su capacidad de seducci√≥n?

Debe haber pocos escritores en actividad tan pacientes como la canadiense. Otro autor, ante el revival de El cuento de la criada que provoc√≥ la serie, se hubiera puesto a elaborar una cadena inmediata de secuelas. Atwood prefiri√≥ la espera. La primera temporada televisiva se atuvo a los estrictos sucesos del libro, pero pronto desbord√≥ en otras dos, que exced√≠an el original. La trama, como ocurre en esa clase de productos, empez√≥ a tomar extra√Īos giros y, en cierto modo, a desbarrancar.

En Los testamentos, Atwood no cometi√≥ la torpeza de rebobinar y contar lo que ya desarroll√≥ la pantalla chica: solo toma un elemento, el caso testigo de la Peque√Īa Nicole, para reinventar el mundo de Gilead y ponerlo contra las cuerdas. La acci√≥n de la nueva novela se sit√ļa quince a√Īos despu√©s de los hechos de El cuento de la criada, cuando la Rep√ļblica ya empieza a mostrar signos de entrop√≠a.

Aunque tanto la novela original y Los testamentos tienen como punto de fuga el futuro y se basan en testimonios, difieren en un punto central. Los casetes de la primera novela, que recog√≠an la voz de Offred (o Defred), mostraban la perspectiva de ese √ļnico personaje. El resultado era una novela claustrof√≥bica como la de Orwell, pero de un extra√Īamiento todav√≠a m√°s kafkiano. Offred ten√≠a el mismo desconcierto que Gregor Samsa, aunque al final, suspenso mediante, se decide a sortear la pasividad a la que la obligaba su papel de mujer f√©rtil, mera reproductora.

La arquitectura de Los testamentos, en cambio, se mueve como un caleidoscopio. Son tres las voces que dan forma a la trama. Por un lado, se encuentra la T√≠a Lidia (representa el poder y es la encargada de educar a las criadas), que escribe una memoria con destinatario incierto. Por otro, una adolescente (Agnes) que en la Rep√ļblica de Gilead sufre la p√©rdida de su madre y es preparada para casarse con un comandante. Y, como pivote decisivo, est√° Daisy, una adolescente que vive en Canad√°, y descubre que sus padres, asesinados en un atentado, no eran en realidad los suyos. En Canad√°, del otro lado de la frontera, existen marchas que denuncian el r√©gimen y se busca a la inhallable Peque√Īa Nicole (la segunda hija de Offred o June, seg√ļn su nombre civil previo, con su amante Nick), que logr√≥ ser sacada del pa√≠s y se convirti√≥ en s√≠mbolo y estandarte.

La mirada casi táctil de El cuento de la criada, la lenta tarea inquisitiva de Offred, seguía una de las líneas maestras de la distopía política: el personaje, y con él el lector, avanzaba tanteando a ciegas ese mundo del que solo se conocen sus reglas y apenas algo de su origen. La construcción prismática de Los testamentos abreva mucho más en la novela tradicional, la que pinta un amplio fresco social, y sobrevuela con menos misterio y más visibilidad ese totalitarismo que empieza a dar signos de agotamiento: los tres personajes representan experiencias opuestas y funcionan por contraste. El cuento de la criada era minuciosa, sofocante, hiperdescriptiva, incluso lenta. Los testamentos, a pesar de que la duplica casi en longitud, es, en cambio, uno de esos libros que, llevado en este caso a buen puerto por el pulso de Atwood, no se pueden parar de leer.

Esa eficacia, contradictoriamente, es lo que la aleja del misterioso poder de la primera novela. El cuento de la criada caus√≥ controversia en el momento de su publicaci√≥n, pero su aparente anacronismo escond√≠a una mirada m√°s profunda y visionaria. Los testamentos, aunque huye de los lugares comunes, es, por el contrario, una novela conscientemente contempor√°nea, mucho m√°s f√°cil de asimilar por una √©poca que aguardaba su llegada con voracidad. ¬ŅSus derivaciones finales, que permiten entrever cierto optimismo, se pueden interpretar incluso como una alegor√≠a del estado actual de las cosas?

La capacidad anticipatoria de la literatura suele darse mejor, sin embargo, cuando no se espera nada de ella. Para entender las angustias del presente se les puede sumar a las distop√≠as otras esquirlas de la ciencia ficci√≥n, m√°s secretas. ¬ŅHay fantas√≠as a contrapelo de las que est√°n m√°s divulgadas, como las novelas posapocal√≠ticas, por ejemplo, en que tambi√©n se destac√≥ Atwood? Una respuesta posible podr√≠a darla otro libro reciente, Serverland, de la millennial alemana Josefine Rieks (naci√≥ en 1988). √Āgil como un policial, la novela transcurre en un futuro bien pr√≥ximo, pero donde nada es como uno imaginar√≠a: ya no existe Internet y el mundo posdigital vuelve a ser anal√≥gico. Para hablar por tel√©fono hay que meterse en una cabina p√ļblica y llevar encima monedas, la televisi√≥n vuelve a ser la de siempre, incluso fructifica el correo. Ah√≠ trabaja el protagonista, que dedica parte de sus esfuerzos a recuperar “reliquias digitales” que sobreviven en viejos centros de datos abandonados. En Serverland el futuro de nuestro presente es el pasado: tal vez no haya contrautop√≠a m√°s asombrosa que esa.

SERVERLAND

Josefine Rieks

Adriana Hidalgo

Trad.: C. Baricco

190 p√°ginas/ $ 680

Crédito: Shutterstock

LOS TESTAMENTOS

Margaret Atwood

Salamandra

Trad.: E. V√°zquez

508 p√°gs./ $ 985

ADEM√ĀS

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