Diario de un jubilado en Nueva York (63): Liturgia de la espera

Estos d√≠as finales de febrero, imprevistos, cambiantes y volubles me traen el recuerdo de dos almendros que yo miraba desde la ventana de mi habitaci√≥n y que aparec√≠an a lo lejos, ¬ęen el Valle¬Ľ, iluminados, llenos de flores como si una nevada los hubiera cubierto, nieve ardiendo. Eran los juanbautistas de la primavera.

Este febrerillo loco, a veces como una lija, a veces terciopelo antiguo, me trae la imagen de un grupo de ancianas del barrio caminando con sus sillas a sentarse de espaldas al sol amable y amigo de aliviar dolores reum√°ticos, en el muro del Palacio de los Condes de Fuensalida. En aquella √©poca el edificio estaba tomado por el ej√©rcito, era la Zona de reclutamiento y en √©l viv√≠an los soldados, en salas donde Carlos V am√≥ a Isabel de Portugal, la reina de los gusanos que hizo que Francisco de Borja pasara de gal√°n a santo. Instalada en uno de los grandes salones con lujosos artesonados estaba la Farmacia militar que ol√≠a a pomadas y a mejunjes; desde los balcones se ve√≠an la Casa del Greco y el Paseo del Tr√°nsito. (En este mismo palacio se rod√≥ la pel√≠cula ¬ęEl lazarillo de Tormes¬Ľ, con Juanjo Men√©ndez. Ahora se ruedan otro tipo de pel√≠culas tambi√©n de car√°cter picaresco).

En estos d√≠as, ma√Īanitas de niebla, gloriosas tarde de paseo, la luz se envuelve en una casulla verde, liturgia de la espera. Nacen los primeros jacintos, los fr√°giles narcisos, el tomillo siente en sus ra√≠ces la cornada del lejano toro del verano y el barrio se despierta y se descorren las cortinas para que el sol entre y borde, en el tapiz de la vida provinciana, un d√≠a m√°s‚Ķ

En el corazón de un viejo, al recordar la brasa de la vida, la fuerza de la juventud, ese hormigueo de mariposas por el cuerpo, el descubrimiento de unos labios, el misterio del amor, le arde una hoguera en la garganta y un fogonazo de melancolía le nubla la mirada que enturbia el esplendor de los dos almendros, las sombras de luto de las ancianas, el olor a cuartel del palacio y ese primer amor, imposible y lejano, que le marcó para siempre su andadura.

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