Despoblados

Tengo raíces familiares en la otra Alcarria, la Alcarria conquense, una de las comarcas más despobladas de España y de Europa. Creo que alguna vez he leído que su densidad de población es similar o incluso inferior a la de Siberia. Viajo a menudo a esos pueblos antaño atravesados por una floreciente vía romana que comunicaba a Complutum con la costa mediterránea. En Noeda se está rescatando uno de los mosaicos más impresionantes de todo el territorio imperial. Hoy, sin embargo, son aldeas que a menudo no llegan a la decena de vecinos, salvo el mes de agosto en que vuelven las familias emigradas y resuena en ellas el rugido de los motores, la música de las verbenas y los ecos de infantiles juegos. La brutal emigración de los 60-70 desertizó estos caseríos, donde antaño se apiñaban centenares de familias. Las casas de barrios enteros, en buena parte arruinadas, recuerdan imágenes de pueblos devastados tras un terremoto o una conflagración bélica. Hace unos años, visité Culebras. Entre las casas arruinadas apareció un personaje que, de lejos, me recordó al joker de la baraja: chaqueta holgada remendada con paños de diferentes colores, andares de sorprendente agilidad para tratarse de un anciano. Al acercarme, tuve un extraño flash back, deja vu o alucinación; no sé cómo llamarlo. Me pareció que era mi padre, fallecido apenas un mes antes. Ciertamente, se daba un aire: había algo genético o tribal, pues mis raíces alcarreñas provienen del lado paterno. El hombre, extraordinariamente locuaz y simpático, me guió hasta el bar, que era en realidad la asociación cultural del pueblo, regentada los fines de semana por su propio hijo, que se desplazaba al efecto desde su residencia habitual en Vallecas. Mientras caminábamos, me iba explicando su dieta: una especie de olla podrida que alargaba toda la semana y en la que mezclaba carne y legumbres de diversas procedencias. Ya en el bar, compartimos unos botellines. No nos cruzamos con nadie y me fui con la idea de que aquel singular anciano era el último residente en aquel pueblo. La literatura y el cine hace tiempo que detectaron este magno problema que afecta a tantas comarcas europeas y que en España tiene su eje en los aledaños del sistema ibérico (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca), haciendo de la desolación no solo denuncia sino también belleza y promesa de futuro. Para amplios sectores marginados, desubicados o simplemente hartos de las sumisiones que comportan las ciudades, la opción de un retorno a los pueblos puede suponer una alternativa viable no solo en términos de realización personal sino de dignidad profesional y económica, de calidad de vida. Para ello, sin embargo, es decisivo el concurso de las administraciones públicas. Infraestructuras, equipamientos y servicios deben ir contemplando esta posibilidad y no solo ya como gasto sino también como inversión. Las ya mal llamadas nuevas tecnologías pueden, aquí sí, ayudar y mucho. Lo que en las metrópolis nos hace sentirnos más aislados y autistas, en la montaña o en la aldea puede facilitar efectivamente asistencia médica, educativa y facilitar un sinfín de gestiones y servicios. El gobierno regional viene dando muestras de sensibilización ante esta problemática, que es algo (como la educación, la sanidad o la cultura) que debe estar más allá de colores políticos, pues son ciertamente cuestiones de Estado donde se juega nuestro futuro como nación. Ahora leo que Benjamín Prieto, presidente de la Diputación de Cuenca, afronta una intensa agenda relacionada con el reto demográfico al haber sido designado por la FEMP representante castellano-manchego en el Grupo de Trabajo constituido al respecto en la Comisión Nacional de Administración Local. Conozco la total implicación y compromiso de Benjamín con el desarrollo económico, social y cultural, de nuestras comarcas y creo que es esta una prometedora noticia. Quizá un día no tan lejano, cuando visitemos uno de estos pueblos hoy abandonados, nos encontremos no solo con ese joker entrañable que todavía lo anima y da sentido, sino con todos los naipes de la humana baraja, incluidos los niños y niñas recitando sus lecciones rimadas en la escuela. Uno y uno dos, dos y dos…

Lee más: abc.es


Comparte con sus amigos!