Dar tierra a un verano

Que le dejen puesto a la vida estas horas del verano, que es lo más parecido a vivir en un cuadro de Sorolla. Cuando hablan de revisar los cambios de hora a la baja a mí me acecha una depresión, como un atardecer desmoronándose. A todos esos expertos que quieren que seamos portugueses habría que recordarles que son los portugueses los que quieren ser españoles. Mis amigos de Portugal dicen lo de unificar el solar patrio en un único país llamado Iberia. Pero con nuestro horario de verano, claro. Sólo conozco a un tío -a «Magnífico Margarito»- que quiere vivir en invierno, y con horario invernal, y yo estoy seguro de que es por mantener el malditismo literario de su Twitter y seguir presumiendo de no haberse puesto pantalones cortos en su vida.

Hoy domingo amanecerá otoño irremediablemente. Con treinta grados a la sombra, pero otoño. Yo le escribo un réquiem al verano, a ese atardecer de los jardines rojos que la rutina de septiembre se traga inexorablemente. Hoy domingo, ya otoño, se da tierra al verano como a un poeta: «Como si cada tarde o con cada puesta de sol, murieran unos versos en una ciudad cualquiera».

Otros lo clausuraron ya la semana pasada, como mis vecinos Esther y «Sayo» que lo han enterrado bajo dos toneladas de leña seca. Leños que encargan todos los años para pasar el invierno alimentando la lumbre y que a sus ochenta y tantos otoños siguen apilando ellos dos solos. En los pueblos cada vez hay que hacer más cosas solo. Como solos tienen que pasar el invierno los pueblos y solos tienen que resucitar en primavera. Aunque dicen los expertos que están a punto de desaparecer las primaveras y los otoños, patrimonio nuestro de las zonas de interior. Los pueblos son muy suyos y quién sabe si sabrán resucitar sin primavera.

Es domingo de epitafio, ya disculpe el lector la pesadumbre. Quedan en el pueblo la piscina todavía limpia y los dondiegos todavía abiertos, pero los críos ya no quieren ir porque allí ya no quedan otros críos, ni hay verano. Mis hermanos se sublevan cuando mi padre dice que su casa no es una democracia, que el sábado se va al pueblo y ellos preguntan: «¿Qué hay ahora en La Mudarra?» La Mudarra hoy es la misma que ayer, pero ya es otra. Las mismas casas, las mismas calles, pero ya sin vida y con otras luces. Los pueblos, pasadas las vacaciones escolares, se conservan al vacío y en frío, pero el frío no llega y a cada año hay menos que conservar.

El pueblo es una mezcla de procesiones -con santos que miran al cielo- y de paisanos que se parecen a mis abuelos. Al pueblo ya le han cambiado demasiadas cosas como para ahora venir a descabalgarle las estaciones, a romperle el almanaque. Quién sabe si sabrá resucitar sin primavera.

Guillermo Garabito

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