Daños colaterales

La sangría demográfica venezolana que reflejan tanto los estudios de la ONU como el último de la Brookings Institution es, en términos metafóricos, lo más parecido a los efectos colaterales de una guerra civil, esa que anuncian algunos agoreros y que se antoja muy improbable. No habrá lucha fratricida entre chavistas y no chavistas, pero el efecto apocalíptico de ese flagelo que han padecido algunos pueblos ya está ahí: una nación desangrada, literalmente diezmada (un 10 por ciento de los venezolanos se han visto obligados a huir por las condiciones miserable de vida), y una pirámide de población hipertrofiada. Se van los jóvenes, los fuertes, los más preparados para abrirse camino en un país extranjero, y se quedan los familiares ancianos y los menos aptos.

No es difícil pronosticar los efectos devastadores que supondrá la ideología chavista para las próximas generaciones de venezolanos. Basta fijarse en el ejemplo de Siria, un camino –en lo que se refiere al impacto social– que parece haber emprendido Venezuela. Turquía alberga a más de tres millones de sirios, los mismos que venezolanos repartidos en 16 países de América Latina, según el informe de la agencia de refugiados de la ONU.

Para representarse el daño colateral que el chavismo crea en otras naciones el mejor ejemplo puede ser el Líbano. El pequeño país del cedro alberga a un millón de sirios, algo menos que venezolanos que han cruzado la frontera con Colombia, y desoyen las llamadas de las autoridades locales para seguir camino hacia otros países del sur. La consecuencia es la inestabilidad y la penuria para todos. Las regiones colombianas fronterizas padecen un colapso de sus sistemas sanitario y educativo, y se ha despertado un movimiento xenófobo inédito entre dos pueblos hermanos.

Al estado de alerta económico y social se suma otro factor inquietante. Las Farc y los carteles de la droga reclutan en esa región a venezolanos desesperados para sus tareas de producción de coca. La miseria moral acude a la llamada de la miseria de la emigración forzosa.

Francisco de AndrésRedactorFrancisco de Andrés

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