Daniel Tercero: «Callar unos cuantos años»

Daniel Tercero

Una de las mayores mentiras que se repite cada día en Cataluña es la que hace referencia a la de celebrar un referéndum de independencia. Es una cuestión de fe. Otra más. Al fin y al cabo, el nacionalismo es la única religión que trata de tú a tú al cristianismo desde hace doscientos años. Los defensores de esta consulta secesionista alegan, como argumento central, que con una votación -solo en la región- se resolverá el «problema catalán». Aunque la mayoría de los impulsores de un referéndum serían los partidarios de votar «sí» en esa hipotética consulta, también están los que dicen que votarían «no», aunque gran parte de los segundos están acabando por abrazar la independencia e, incluso, pactando unas listas electorales de cara a las elecciones del 10 de noviembre con los que, no hace mucho, tan solo los insultaban vehementemente.

Legalidad, Estado de Derecho y democracia a un lado -¡como si esto fuera poco!-, el asunto del referéndum tiene trampa. Se le escapó la semana pasada a Quim Torra desde el atril del Parlamento de Cataluña. El presidente de la Generalitat dijo esto, dirigiéndose a la bancada constitucionalista, y en especial a la del PSC, con las detenciones de los CDR acusados de terrorismo por la Fiscalía de la Audiencia Nacional todavía calientes: «Sobre todo me interesaba haceros una pregunta: ¿qué os da miedo? ¿Por qué teméis la democracia? ¿Por que no defendéis lo que queréis con la palabra y la razón en lugar de la fuerza y la amenaza? Quería pediros que dejéis el Código Penal fuera de esta casa de la palabra y el diálogo, que fuerais valientes, que defendieseis vuestros argumentos y permitieseis que la ciudadanía se exprese con claridad en una pregunta directa sobre la independencia de Cataluña. ¿Qué os da miedo, repito? ¿Que no tengáis mayoría? Si en todas vuestras intervenciones decís que el independentismo no es mayoritario. Entonces, ¿qué problema hay? ¿Por qué no nos hacéis callar unos cuantos años con un referéndum pactado, vinculante y reconocido, como hacen los países democráticos? ¿Qué se esconde detrás de vuestro miedo?».

En estas palabras está el meollo de la cuestión y el agujero por donde el secesionismo pierde cualquier mililitro de cordura. ¿Qué incentivo puede tener un catalán no independentista para abrazar la causa del referéndum si no es tan solo la de la fe del converso? ¿Lo único que puede ofrecer Torra a los catalanes es estarse callado «unos cuantos años» si pierde la consulta deseada? ¿Y así hasta que el independentismo gane en un referéndum? ¿Esta es la mejor oferta del chantajista? ¿O cesión o trifulca? ¿O claudicación o bloqueo?

Como quedó demostrado en Canadá, con el Québec (1980 y 1995), y ocurre en el Reino Unido, con Escocia (2014), los referéndums de independencia en las democracias consolidadas y reconocidas a nivel internacional no son más que muestras del fracaso de la política y, sobre todo, de una generación de políticos. En contra de lo que dijo Torra, que ni tan solo tiene el copyright de la idea, los «países democráticos» no celebran referéndums de independencia porque uno o dos partidos lo pidan. Que pregunten en Texas (Estados Unidos) o Padania (Italia), por ejemplo.

Pero es que en el caso de Cataluña, además, el asunto es delirante. Artur Mas, con todo el control institucional y económico de la Generalitat y con el Gobierno mirando a otro lado, se sacó de la manga un referéndum en 2014 (9-N). Solo participó el nacionalismo, secesionista o no, disyuntiva que a partir de entoces se diluyó por completo.

En 2015, el mismo Mas convocó a los catalanes a otro referéndum (27-S), esta vez encubierto, bajo el paraguas electoral de una cita autonómica. Se creó la lista de Junts pel Sí para que los ciudadanos independentistas pudieran votar por ese «sí» refrendario y se les animó a hacerlo con el lema: «El voto de tu vida». Se prometió que, si el «sí» ganaba, se proclamaría la independencia. Se quedaron en 62 de los 135 escaños y ni con la CUP ganaron en votos populares a los no independentistas.

No fue suficiente, claro, y para 2017 -poco importaba ya que no fuera ni una promesa electoral- el nacionalismo convocó, ahora con Carles Puigdemont bajo el palio, un nuevo referéndum (1-O) «sí o sí» y a cualquier precio (económico y personal: un ojo). Resultado: solo apto para los creyentes, otra vez.

Tres referéndums lleva Cataluña. Los mismos que Québec y Escocia juntos. Y algo a lo que no llegarán en Canadá y el Reino Unido: dos declaraciones unilaterales de independencia. ¿Qué es exactamente eso de estar callados «unos cuantos años»?

Daniel Tercero

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