Cuatro semanas que cambiaron el mundo

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Minutos antes de la medianoche del 10 de noviembre de 1989 cay√≥ el Muro. Miles de personas irrumpieron por el paso de la Bornholmer Strasse tras la decisi√≥n de la Polic√≠a Popular de levantar las vallas que separaban los dos sectores de Berl√≠n. Ante la creciente presi√≥n de los manifestantes, el coronel que mandaba a los guardias armados consult√≥ a su superior si deb√≠a permitir el paso, pero no obtuvo respuesta. Nadie quer√≠a asumir esa responsabilidad. Para evitar un derramamiento de sangre, aquel oficial opt√≥ por retirar los obst√°culos. Cientos de miles de ciudadanos, que ve√≠an las im√°genes por la televisi√≥n, salieron a la calle para trasladarse al lado occidental por los diferentes controles que hab√≠an permanecido cerrados durante 28 a√Īos.

Entre ellos, el m√≠tico Checkpoint Charlie de la Friedrichstrasse, el lugar de intercambio de esp√≠as durante la Guerra Fr√≠a, por el que yo hab√≠a cruzado diez a√Īos antes. Berl√≠n Oriental era entonces una ciudad gris y anodina, que todav√≠a conservaba los impactos de los obuses en las fachadas. Me pareci√≥ sentir el ambiente opresivo que tan bien describi√≥ John Le Carr√© en novelas como ¬ęEl esp√≠a que surgi√≥ del fr√≠o¬Ľ. Era imposible imaginar que el Muro iba a caer una d√©cada despu√©s.

Tan s√≥lo 24 horas antes de aquel acontecimiento que conmovi√≥ al mundo, ning√ļn dirigente de la Rep√ļblica Democr√°tica de Alemania (RDA) pod√≠a suponer lo que iba a suceder aquel 9 de noviembre. Y lo que pas√≥ es que, en una rueda de prensa rutinaria, G√ľnter Schabowski, el jefe del Partido Socialista Unificado en Berl√≠n, inform√≥ de que el Gobierno hab√≠a ultimado un proyecto para permitir el paso de sus ciudadanos al sector occidental. Matiz√≥ que se conceder√≠an permisos temporales sin restricciones. Los periodistas interpretaron la noticia como una promesa inconcreta, pero su inter√©s se despert√≥ cuando Schabowski respondi√≥ a una pregunta de un corresponsal de la agencia Ansa sobre cu√°ndo entrar√≠a en vigor la medida. ¬ęDe inmediato¬Ľ, improvis√≥ el alto funcionario.

Esa misma noche, horas m√°s tarde y ante la sorpresa del Politbur√≥ que encabezaba Egon Krenz, los berlineses del sector oriental empezaron a agolparse en el Muro. El general que mandaba los 400.000 soldados sovi√©ticos en la RDA hab√≠a recibido la orden de Mijail Gorbachov de no intervenir, mientras que Erich Mielke, el ministro de Seguridad y jefe de la siniestra Stasi, no sab√≠a qu√© hacer. Los ¬ęvopos¬Ľ que custodiaban la muralla blindada de m√°s de 150 kil√≥metros que rodeaba Berl√≠n Oriental, acosados por la multitud, decidieron que no merec√≠a la pena disparar. Aquella noche la mayor√≠a de sus habitantes cruzaron el Muro en medio de escenas de intensa emoci√≥n. Al otro lado, decenas de miles de berlineses salieron a abrazar a sus vecinos, a ofrecerles tabaco, bombones y bebidas alcoh√≥licas, y a celebrar el acontecimiento.

Nada hab√≠a hecho presagiar que la RDA, la joya de los pa√≠ses comunistas, iba a derrumbarse en tan s√≥lo cuatro semanas. A principios de octubre, Erich Honecker segu√≠a siendo el jefe del Estado y el secretario del Partido. Ten√≠a un c√°ncer de colon y llevaba 18 a√Īos pilotando el r√©gimen con mano f√©rrea. Su mujer Margot era la ministra de Educaci√≥n. Y Erich Mielke, su amigo y compa√Īero de cacer√≠as, llevaba el tim√≥n de la Stasi, una temible polic√≠a pol√≠tica con una red de m√°s de medio mill√≥n de informantes.

La asfixiante deuda externa

Todo empezó el 7 de octubre de 1989 cuando Gorbachov decidió hacer una visita a Berlín para entrevistarse con Erich Honecker, un aliado incondicional de la Unión Soviética que había favorecido la conspiración que derribó en 1971 a Walter Ulbricht, el dirigente que había ordenado la construcción del Muro en 1961.

El encuentro fue un fracaso y Gorbachov volvi√≥ indignado a Mosc√ļ tras la negativa de Honecker a impulsar los cambios que el l√≠der sovi√©tico propugnaba con su ¬ęperestroika¬Ľ. Pero, y esto es esencial, Gorbachov le advirti√≥ que no recibir√≠a ayuda econ√≥mica y le lanz√≥ el mensaje de que, desde ese momento en adelante, cada pa√≠s del bloque comunista deb√≠a seguir su propio rumbo.

El golpe fue muy duro, porque la RDA tenía que dedicar el 60% de sus ingresos por exportaciones a pagar la deuda externa. El país estaba en quiebra y lo que había sido una floreciente industria mostraba signos de un declive alarmante.

La visita de Gorbachov, aclamado en las calles, anim√≥ a la oposici√≥n clandestina a dar se√Īales de vida. Las primeras manifestaciones fueron brutalmente reprimidas por la Stasi, pero, por primera vez desde la creaci√≥n de la RDA en la posguerra, la poblaci√≥n empez√≥ a perder el miedo.

Dresde, Halle, Karl Marx Stadt, Magdeburgo y Berl√≠n fueron escenarios de crecientes protestas tras el viaje de Gorbachov. Los manifestantes se encerraron en los templos luteranos con la complicidad de sus pastores, mientras la Stasi deten√≠a a miles de personas. Pero lo que nadie hab√≠a previsto sucedi√≥: el 9 de octubre del 1989 cerca de 100.000 ciudadanos se manifiestan en el centro de Leipzig, en torno a una iglesia en la que Bach hab√≠a estrenado algunas de sus cantatas. ¬ęEl aire fresco recorre las calles. Nosotros somos el pueblo¬Ľ, cantan los opositores. La movilizaci√≥n deja noqueado al r√©gimen.

Honecker ordena a la Stasi emplear armas de fuego para reprimir a los manifestantes que cuestionen el sistema, pero el canciller Kohl y Gorbachov le instan a evitar la violencia. Se muestra desbordado y agotado por la enfermedad. Y se niega a debatir un documento elaborado por Egon Krenz, uno de sus lugartenientes, para introducir reformas.

La conciencia del rápido deterioro de la situación y las manifestaciones populares fuerzan a Krenz, al histórico Willi Stoph, a Schabowski y a otros miembros del Politburó a reprobar la gestión de Honecker. Se vota su continuidad en los cargos de presidente y secretario y hay unanimidad. Debe marcharse. El propio Mielke le abandona. Eso sucede el 17 de octubre. Gorbachov había dado el visto bueno a su relevo.

Egon Krenz asume el poder y anuncia cambios en la c√ļpula del partido. Visita varias f√°bricas y utiliza los medios de comunicaci√≥n para transmitir que va a permitir la libertad de prensa y de manifestaci√≥n e incluso promete que estudiar√° la concesi√≥n de permisos para salir del pa√≠s. Es una medida que llega tarde, porque desde agosto han abandonado la RDA por la frontera checa m√°s de 50.000 ciudadanos, creando una fuerte tensi√≥n diplom√°tica.

Pero todo se precipita el lunes 30 de octubre cuando m√°s de 250.000 personas vuelven a salir a la calle en Leipzig. Gritan: ¬ę¬°Abajo el Muro!¬Ľ. Los dirigentes comunistas de la ciudad no se oponen e incluso algunos se adhieren, mientras que Krenz da la orden de que la Stasi no intervenga.

Krenz viaja a Mosc√ļ para pedir ayuda a Gorbachov, pero √©ste se inhibe y le reprocha que el Politbur√≥ haya dejado degradar la situaci√≥n con su pasividad. Krenz comprende que no puede esperar nada del l√≠der sovi√©tico, que s√≥lo le promete que continuar√° suministrando gas y petr√≥leo a la RDA. Cuatro d√≠as antes, Kohl le ha negado una insignificante ayuda econ√≥mica y ha rechazado garantizar que no habr√° reunificaci√≥n alemana.

Durante los primeros días de noviembre, el caos es absoluto. La Stasi ha perdido el control de la calle, mientras los manifestantes piden la dimisión de Krenz y la celebración de elecciones. El Comité Central se muestra dividido y su estrategia es ganar tiempo hasta que las protestas se vayan debilitando.

Efecto dominó

El 9 de noviembre el Gobierno de la RDA aprueba por la ma√Īana un proyecto para permitir la salida del pa√≠s. El propio Krenz le pasa una nota a Schabowski y le insta a hacer p√ļblica la noticia. Horas m√°s tarde, esa misma noche, miles de j√≥venes berlineses derriban el Muro con picos y azadas.

Tres décadas después, sigue sin haber una respuesta convincente sobre cómo fue posible que el régimen comunista implosionara en un mes. Hasta ese momento, la Stasi provocaba pavor, la RDA era una de las mayores potencias deportivas del mundo, sus jerarcas se jactaban de la pujanza de su industria y de sus avances tecnológicos. El propio Honecker había decidido invertir miles de millones de marcos en un programa de desarrollo de la microelectrónica. Pero todo se desmoronó de repente porque los ciudadanos perdieron el miedo.

Aunque en Polonia el sindicato Solidaridad -con Lech Walesa como referente- hab√≠a logrado acabar con la dictadura del general Jaruzelski y hab√≠a impulsado un Gobierno de coalici√≥n tras las elecciones, pa√≠ses como Hungr√≠a, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria segu√≠an siendo gobernados por el comunismo. La ca√≠da del r√©gimen de la RDA tuvo consecuencias inmediatas en esas naciones, en las que se produjeron movimientos populares que forzaron la dimisi√≥n de sus c√ļpulas. En Rumania, por ejemplo, una insurrecci√≥n acab√≥ con la dictadura de Ceausescu, fusilado de forma sumaria junto a su esposa en los √ļltimos d√≠as de 1989.

Pero la principal v√≠ctima de las fuerzas que hab√≠a desatado la ¬ęperestroika¬Ľ fue el propio Mijail Gorbachov, que tuvo que renunciar a sus cargos tras el fallido golpe de Estado de agosto de 1991. Yeltsin tom√≥ las riendas del poder tras obligar a un humillado Gorbachov a dimitir como secretario del PCUS, disuelto una semana despu√©s. En diciembre de ese a√Īo, la Uni√≥n Sovi√©tica desaparec√≠a para dar lugar a la Confederaci√≥n de Estados Independientes (CEI), integrada por las antiguas rep√ļblicas gobernadas por barones comunistas.

Como fichas de dominó que se desploman, la caída del Muro propició una rápida transición de los países del Telón de Acero a democracias con elecciones y libertades civiles. El rápido colapso del comunismo y la modificación de las fronteras nacidas tras 1945 fue la consecuencia inevitable de la crisis en la RDA. No faltó quien vio en estos fenómenos el triunfo del capitalismo y el final de la Historia, en palabras de Francis Fukuyama. De lo que no hay duda es que la caída del Muro fue el acontecimiento histórico más importante de la segunda mitad del siglo XX.

En la ma√Īana del s√°bado del 11 de noviembre, un avi√≥n privado aterriz√≥ en el aeropuerto de Tegel. Proced√≠a de Par√≠s y ten√≠a un √ļnico pasajero: el violonchelista Mstislav Rostropovich. Pidi√≥ un coche que le llevara al Muro y luego una silla. Se sent√≥ y empez√≥ a tocar a Bach. Fue el perfecto colof√≥n de aquellas jornadas que cambiaron el mundo.

Pedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango

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