Cuando viajar a Canarias requería carta de recomendación

El modelo de turismo de masas que en las islas se ha cuestionado por tener en manos del operador quebrado Thomas Cook el 8% del PIB de las islas es algo nuevo. Apenas tiene 50 años ese sistema que consiste en externalizar la responsabilidad de la ocupación de camas en manos de grandes corporaciones empresariales. Pero los viajeros que empezaron a llegar a partir de 1884, Canarias era otro mundo. Eso sí: todos coinciden en que la amabilidad en las islas era extrema.

Cuando comenzó a llegar a las islas las primeras oleadas de viajeros, entonces no eran turistas, era preciso presentarse con carta de recomendación. De lo contrario, nadie daba alojamiento. Esto le paso en el archipiélago a Olivia Stone, René Vernau o John Whitford. El cónsul inglés de la época en Las Palmas de G.C. o Santa Cruz de Tenerife daba, entre otros, esos salvoconductos.

Mantequilla danesa

Stone, en su agenda canaria, tuvo tiempo para visitar en Fuerteventura y también Lanzarote. Los barcos en los que hizo la travesía ya eran un parque temático. Toda una aventura ir desde Las Palmas de G.C. a Arrecife, Puerto Cabras o Gran Tarajal. Los barcos de entonces no solamente llevaban correo. Iban con cabras, productos como calabzas o alfarería, entre otros. Stone tardó nada menos que tres días para llegar desde Gran Tarajal a Las Palmas. Era por ausencia de viento.

Sobre 1888-1889 fue cuando el barco «Rey Vapor» comenzó a realizar operaciones entre las islas. El precio del billete era de una peseta, de acuerdo con las reflexiones de su viaje escritas por el escritor Alfred Samler Brown. Entonces, ni puerto existía en Arrecife de Lanzarote.Aapenas había luz pero en el desayuno exitía mantequilla danesa. ¿Qué era el puerto de Arrecife ese año? «La gloria de Lanzarote», describe Stone, que agrega que hay seis soldados para defender el puerto.

El exagerado de Whitford afirma que aquella estampa de la Lanzarote sin turismo le recordaba a Sudán o a Sudán o Goree, en Senegal. Sobre la única pensión de la isla, el mismo Whitford afirma: «Un verdadero Simbad el Marino lleva el equipaje de cualquier pasajero errante a la fonda (que es un lugar tolerablemente confortable)».

Por su parte, Olivia Stone afirma que «esta es la única fonda en la isla y, aunque es pequeña, (un edificio de una sola planta) está limpia; es bastante confortable y la comida es buena. Nuestras habitaciones, con una sola cama cada una, estaban unidas. La habitación que da al frente tiene ventana, no la de detrás». En esta pensión se alojaba Karl von Fritsch, el geólogo y paleontólogo alemán.

Parada y fonda

La fonda de Arrecife, aunque en Yaiza se cree que existía otra, era parada lógica de todos los viajeros como el escritor Samler Brown, que la describe de esta forma: «Hay un fonda bastante confortable, con ocho camas. Cobra de 3 chelines por día, incluyendo vino».

René Vernau, por su parte, era más duro: «Es una casa vieja, con los pisos oscilantes y que dejan pasar el aire por más de un sitio a través de sus tablones mal unidos, lo que por otra parte, no es ningún inconveniente bajo este clima. (…) Un patio en el que el propietario se esforzaba, sin resultado, en hacer crecer algunas plantas endebles y una media docena de lechugas todavía más raquíticas».

Olivia Stone, sobre su estancia en Haría, sostiene que «nuestra carta de recomendación era para el señor don Salvador de la Fone, cuya residencia siendo desconocida a nuestro arriero, preguntamos en la tienda». Verneau anota «yo estaba provisto siempre de cartas de recomendación para todos los pueblos, esperando ser recibido bien en una casa, bien en otra» Olivia Stone recuerda que «el cura por supuesto conocía todo pero esa dignidad sólo podía visitar a extranjeros si éstos llevaban cartas de recomendación».

René Verneau afirma que «en todo momento fui recibido con esa amabilidad que caracteriza a los insulares», y agrega: «Mi casa está a su disposición», dice uno; «Todo lo que está aquí le pertenece», dice otro; «Sólo tiene que decírmelo», dice un tercero, etc. Por todas partes la cortesía española llevada al máximo. Una señora entra; usted preguntará si es la dueña de la casa y recibirá respuestas que le dejarán estupefacto: «Sí señor, está a sus órdenes», o «está a su servicio», y otras por el estilo».

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