Clemencia con Clemente

En los sitios hay que estar, hasta el último día como si no fueras a irte nunca, y desde el día siguiente como si nunca hubieras estado». Un servidor lleva este aserto grabado en la memoria desde que Luis Benéitez, gran compañero y mejor persona, se lo trasladara en aquellos tiempos compartidos al frente de la secretaría de los Premios Castilla y León. La autoría de la misma, sin embargo, no era del buen Luis, sino de la que fuera su jefe y consejera de Educación y Cultura de la Junta entre 1995 y 1999, Josefa Fernández Arufe. Sin duda la frase vale para cualquiera, pero debería ser el primer mandamiento de un cargo político. Qué duda cabe que algo debe de tener el poder para que algunos lleguen a los extremos que llegan con tal de no perderlo (pienso en Sánchez, naturalmente). Supongo que tenga que ver con eso que llaman la erótica del poder, la patrimonialización del bien gestionado (atinado concepto monsalviano) y también con esa especie de liga que, al estilo de la de cazar gorriones, debe de repujar las poltronas de los mandamases. Pega tanto y tan bien que algunos no salen ni con agua caliente.

Esta semana, sin embargo, hemos asistido al raro espectáculo de ver a un político despegarse «motu propio» del asiento. La presidente de las Cortes abandonaba intempestivamente su responsabilidad y, aprovechando que el Tormes pasa por Salamanca, salía dando con la puerta en las narices de quien maneja ahora el timón de ese partido al que ella ha pertenecido y que le ha dado sustento las dos últimas décadas. El gesto no se compadece bien con el consejo de Arufe. De Silvia Clemente se ha escrito tanto que resultaría redundante dedicarle aquí mayores epítetos. Es sin duda un animal político, de pura raza, que ha peleado siempre por lo suyo, por los suyos (a pesar de la manifiesta inutilidad de alguno de sus colaboradores) y por dejar, allá por donde pasó, huella cierta de su paso. Ahora se va, pero la pregunta no es por qué, sino adónde. Si, como ha asegurado, se sentía traicionada y ninguneada en su partido, se le podrán reprochar las formas sansonianas, pero no la coherencia de pensamiento y obra al decidir abandonar la política totalmente. Pero si ese salir echando las patas por alto y rompiendo con el pasado a despecho no es otra cosa que una estudiada maniobra política para concurrir a las próximas elecciones en las listas de otra formación, entonces toda la dignidad del gesto quedará opacada por la naturaleza del fin perseguido. La clemencia del futuro -y del votante- con Clemente dependerá de su proceder ahora. Arufe fue siempre de una coherencia exquisita.

Fernando Conde

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