Cervantes no es solo «El Quijote»

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La grandeza incomparable del Quijote acarrea inevitablemente cierto menosprecio del resto de su obra, que no alcanza ese nivel. A comienzos del siglo XX, algunos eruditos despistados propalaron la especie de que Cervantes era un «ingenio lego». Hasta don Miguel de Unamuno creyó que fue el personaje «don Quijote» el que, de modo misterioso, se impuso a un Cervantes inconsciente. ¡Vaya error! La verdad es mucho más sencilla: toda la genialidad del Quijote se debe a un escritor excepcional, llamado Miguel de Cervantes. La conclusión es que aunque no alcancen el nivel único del Quijote, en todas las obras de Cervantes se pueden encontrar rasgos de su genialidad literaria y de su profunda humanidad.

La poesía

El famoso terceto cervantino, tomado a la letra, sin ironía, ha solido servir para descalificar su poesía: «Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo». No es justo, aunque él mismo lo diga y muchos lo hayan creído. Lo desmiente, por ejemplo, en la «Adjunta» al Viaje al Parnaso: «Yo, por la gracia de Apolo, soy poeta, o, a lo menos, deseo serlo». Recordemos que Cervantes no publica, en vida, un volumen de sus versos y que los poemas atribuidos a él, en manuscritos coetáneos, son escasos. Es indudable que Cervantes amó la poesía pero que sus contemporáneos no estimaron demasiado sus dotes poéticas. Además, los poemas conservados son, casi todos, de circunstancias.

Una justa valoración de su poesía exige ineludiblemente realizar el plan que hace años propuso el gran lector de poesía que era José Manuel Blecua padre: además de los poemas sueltos, leer también los que están incluidos en sus obras narrativas o dramáticas (teniendo en cuenta, por supuesto, la circunstancias en que aparecen). Si así lo hacemos, la variedad y la calidad de su poesía son evidentes.

En La Galatea he encontrado nada menos que 77 poemas, muy influidos por la tradición de Garcilaso, Herrera y Fray Luis. Para Gerardo Diego, «es un verdadero cancionero, interrumpido por un libro en prosa». Proclama Luis Cernuda: «Todo él es libro de poeta». En los poemas incluidos en El Quijote, aparecen recuerdos literarios, elogios burlescos, lamentos de amor y una poesía de meditación que Cernuda subraya, por ser rara en nuestra literatura. Tanto en lo serio como en lo humorístico, encontramos ya «el gran Cervantes».

En el Persiles, destaca el hermoso soneto contrarreformista a Roma: «Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta…» En las Novelas ejemplares y Entremeses, brilla Cervantes como poeta burlesco, popular, con alegre ritmo. Por ejemplo: «Por un sevillano rufo a lo valón / tengo socarrado todo el corazón». Y la sabia comprensión de las debilidades humanas: «Riñen dos amantes, hácese la paz, / si el enojo es grande, es el gusto más». Entre los poemas sueltos, destaca el extraordinarísimo soneto «Al túmulo de Felipe II», cumbre de la ironía sevillana, con su final, perfecto como una media verónica: «Miró al soslayo, fuese… y no hubo nada».

Había definido Cervantes que la poesía de los caballeros andantes «tiene más de espíritu que de primor»: así es su poesía.

La narrativa

La Galatea (1585) es una novela pastoril, un género ya en decadencia; no llegó a escribir la prometida segunda parte. En los discursos sobre el amor, Cervantes sigue el neoplatonismo de León Hebreo. De acuerdo con el bucolismo renacentista, idealiza aquí la vida campesina pero dará el contrapunto realista en el Coloquio de los perros. Incluye una declaración decisiva: «Que no está en la elegancia / y modo de decir el fundamento / y principal sustancia / del verdadero cuento / que en la pura verdad tiene su asiento». Esta «pura verdad» que le interesa a Cervantes es la poética, no la histórica. Para un lector actual, ésta es la obra cervantina menos atractiva.

Aunque no alcancen el nivel único del «Quijote», en todas sus obras hay rasgos de genialidad

Muchísima mayor vigencia tienen las Novelas ejemplares, publicadas en 1613, entre la Primera y la Segunda parte del Quijote. Son novelas cortas, como novella, en italiano. A ese género se refiere, en el Prólogo: «Soy el primero que he novelado en lengua castellana». Las llama «ejemplares» porque,»“si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar ningún ejemplo provechoso…» No hay que tomar esto como una «moralina», se trata de algo mucho más complejo: son «ejemplos» de conductas humanas que, con sus aciertos y errores, nos deben hacer reflexionar.

Para un lector medio actual, las menos interesantes son las más idealistas: «El amante liberal», «La española inglesa»… Es encantadora «La Gitanilla»; una obra maestra del género picaresco, «Rinconete y Cortadillo»; originalísimas y profundas, «El licenciado Vidriera» y «El coloquio de los perros»; extraordinaria, «El celoso extremeño», que coincide con el entremés «El viejo celoso» en su crítica implacable del honor calderoniano.

Dentro del género de novela bizantina, Los trabajos de Persiles y Sigismunda -que aparece póstuma, en 1617- es el último sueño de Cervantes, encarna el ideal contrarreformista: los protagonistas peregrinan a Roma, a la religión, a la virtud. Es una obra poética, madura; para el lector medio, bastante compleja. No es extraño que no la entendieran Menéndez Pelayo ni Unamuno pero la valoraran mucho Azorín y Bergamín. Nos emociona su dedicatoria: «Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo… Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta: el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…» (¿Algún otro ha escrito así, en lengua castellana?).

El teatro

Cervantes fue un enamorado del teatro. Recuérdese el encuentro con los cómicos, en El Quijote, y lo que dice el Licenciado Vidriera de los actores: «Son necesarios en la república como lo son las flores, las alamedas y las vistas de recreación…». Fue también un gran dramaturgo, aunque le cerró el camino el éxito arrollador de la fórmula de Lope. El teatro de Cervantes es más complejo psicológicamente; podemos decir, más cercano a Shakespeare.

Algunos ejemplos son síntomas de su modernidad: La Numancia, tragedia clásica y patriótica, se repuso en Madrid durante la guerra civil; El rufián dichoso inspira Le diable et le bon dieu, de Sartre; Francisco Nieva logró un espectáculo extraordinario recreando Los baños de Argel.

Nadie discute hoy que los Entremeses cervantinos son auténticas joyas: sin perder la comicidad propia del género, Cervantes les añade complejidad, sutileza, ironía, ambigüedad… Asombra su libertad frente a la moral de la época («El juez de los divorcios», «La guarda cuidadosa»); su irrisión, ¡tan actual!, de los políticos ignorantes («La elección de los alcaldes de Daganzo»).

Una cumbre absoluta es El retablo de las maravillas. Nadie ha denunciado con tal teatralidad la locura de un pueblo al que sus prejuicios le impiden ver la realidad. (¿Les recuerda esto a algo actual?). No es extraño que fascinara a Bertolt Brecht ni que García Lorca inaugurara La Barraca con estas obrillas.

El Quijote es, por supuesto, la cumbre de la novela universal de todos los tiempos, pero, si no la hubiera escrito, Cervantes seguiría siendo un extraordinario escritor. Resume Antonio Machado: «Leyendo a Cervantes, me parece comprenderlo todo». Por eso lo seguimos leyendo.

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