Celia Barquín, la golfista que nunca daba su brazo a torcer

El asesinato de Celia Barquín ha caído como un jarro de agua fría sobre las personas que la conocían, especialmente sus entrenadores de toda la vida, los que la habían tratado desde que era una niña. Las trágicas circunstancias de su desaparición contribuyeron a darle aún más impacto a la noticia, ya que la cántabra era una ganadora nata y estaba a las puertas de lograr el sueño de su vida: hacerse profesional de golf.

«Lo planificaba todo, lo tenía todo estructurado y ya tenía su objetivo al alcance de la mano, por eso estoy alucinado con lo que ha pasado», comenta Salva Luna, su entrenador durante su etapa de la Residencia Blume. Desde los 16 a los 18 años estuvo viviendo con el resto de sus compañeros de la elite juvenil en este centro de alto rendimiento, donde se mostró como una muchacha muy centrada y consciente de lo que quería. «En el campo tenía un carácter muy luchador y era muy difícil de ganar, pero lo que más me sorprendía era lo claras que tenía las cosas. Estaba muy preparada y lo tenía todo controlado, sabía los pasos que tenía que dar para llegar a lo más alto y los había cubierto casi en su totalidad».

En efecto, después de completar su carrera en la universidad de Iowa State el pasado verano, donde obtuvo el título de ingeniera civil, se quedó en Estados Unidos para realizar un máster. «Su compañero de estudios, Jorge Utrillas, regresó a España, pero ella decidió seguir formándose académicamente, pese a que estaba a punto de pasarse a profesional», recalca el técnico. De hecho había jugado el pasado Open USA como amateur y ya había superado la primera fase de la escuela para sacarse la tarjeta del LPGA Tour.

«Se la veían condiciones desde pequeñita, siempre estaba en los puestos de arriba, es de las jugadoras que pronto ves que va a terminar alto –indica Kiko Luna, que la tuvo a sus órdenes desde que se incorporó a los equipos nacionales a los 12 años-. Era muy centrada y responsable». Toda esta frialdad y capacidad de cálculo, se transformaba en pura pasión cuando salía al campo de golf. «Su característica es que nunca daba su brazo a torcer, en match play muy dura. Este año lo había conseguido todo, quedó campeona de Europa y logró el premio a la mejor deportista de su universidad».

Otro de los técnicos federativos que la trató a fondo fue Álvaro Salto, que destaca su fuerte carácter. «Tenía una determinación tremenda, como pocas o ninguna, y una personalidad que se notaba en la competición. Como no era muy grande y tenía poca pegada, jugaba con eso, era impresionante». De esta manera consiguió grandes logros con el equipo nacional en los campeonatos europeos, como un bronce, una plata… hasta que en la última edición logró el título individual de su categoría.

«Era muy agresiva y me costaba hablar de estrategia con ella, porque siempre tomaba el riesgo mayor. Es más, era curioso porque tiraba para su terreno cuando jugaba individualmente, pero se atenía sin rechistar a los planes cuando jugaba por equipos. Tenía un carácter fuerte y las ideas muy claras». Por eso el ambiente de desolación era absoluto entre los preparadores que la conocieron. «Lo tenía todo tan planificado y sin dejar nada al azar que aún no me lo creo…», concluye un desolado Salva Luna.

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