Catas de vino submarinas junto al naufragio de un barco romano

Hace poco más de una década -en 2008- un hallazgo maravilló a los enólogos del todo el mundo: la botella de vino más antigua de España se había conservado en buen estado 200 años en el fondo el mar en Tarragona, en un pecio hundido. Era Fondillón alicantino, el «vino de Reyes» que mencionaba Alejandro Dumas en su novela más famosa de los mosqueteros. Ahora, recrear un descubrimiento así disfrutando de una cata submarina, servida por buzos y, como decrado, el naufragio de un barco romano frente al Cabo de la Huerta de Alicante, se está gestando como un prometedor proyecto de enoturismo.

El realismo de la idea llega a que los caldos que se degustan bajo el agua han madurado allí mismo seis meses, en unos silos especiales de hormigón que inmovilizan los jaulones en los que reposan las botellas en las bodegas terrestres. No es tan fácil como parece. La Bodega Submarina del Mediterráneo que ofrece este servicio a otros bodegueros -ellos no venden vino, sumergen el de otros- cuenta con la colaboración de técnicos de la Universidad de Alicante, que chequean las botellas antes de la inmersión, a mitad de proceso y al sacarlas de nuevo a la superficie.

También han diseñado esos contenedores de cemento especiales con rendijas para oponer menos resistencia a las corrientes marinas, patas que permiten regenerar al pradera de posidonia en el hueco de debajo y, sobre todo, el peso necesario para no desplazarse.

Una de las cargas de vino madurado en el Mediterráneo – ABC

«Esperamos matices distintos en nuestros vinos, porque es un proceso diferente al de las barricas, no son digamos las condiciones naturales», explica María Miñarro, de MG Wines Group, que este miércoles siguió de cerca la primera extracción de varios caldos de sus bodegas alicantinas, del Bierzo, Bullas y Almansa.

Segunda fermentación del blanco

José Marín y Cayetano Sánchez, socios de la empresa que se encarga de la maduración submarina, le anticipan que esa temperatura y humedad más estables, así como la mayor presión, aceleran el envejecimiento del tino e incluso provocan una segunda fermentación en los blancos, que descubrió en una cata el histórico bodeguero de Monòver Salvador Poveda. Todavía no hay una explicación científica clara de porqué ocurre así.

Con una reserva autorizada por Costas -tras largos trámites y permisos- de 2.000 metros cuadrados situados enfrente del yacimiento arqueológico Lucentum, cuna de Alicante, («no se podía elegir otro sitio, tenía que ser ahí por sus connotaciones históricas», según Marín), les queda mucha capacidad, puesto apenas han ocupado un 10% de esa superficie con varios centenares ya de botellas.

Hay sidra vasca, tinto extremeño, albariño y ribeiro gallegos, Ribera del Duero… «Tienen más cerca el Cantábrico y el Atlántico, pero no es como la temperatura que les ofrece todo el año el Mediterráneo», señala Sánchez.

El jaulón con las botellas, ya en tierra
El jaulón con las botellas, ya en tierra – ABC

Aún así, esta técnica todavía poco extendida entraña incertidumbre. «Riesgo siempre hay, porque el vino está vivo, pero nos encanta el proyecto», sopesa Miñarro, que ha tenido que lacrar las botellas, sellar así el corcho para evitar que por sus poros penetre el agua del mar. Ahora trabaja en un estudio de mercado para estas botellas obviamente más caras y que, a priori, parecen tener más potenciales entre compradores extranjeros. También confía en que puedan contribuir a «hacer marca» y dar a conocer todos sus productos.

De las dificultades técnicas para trabajar en estas condiciones da una idea, por ejemplo, que este jueves la extracción de varios silos se prolongó varias horas más de las previstas por un cambio en la dirección del viento que descolocó el barco-grúa. Cualquier contingencia así obliga a reiniciar el proceso de descompresión para los buzos que atan los silos en las profundidades, a algo más de 25 metros en el fondo.

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