«Casi toda la pintura de mujeres tiene algo de surrealismo»

Hablar de León sigue embargando a Teresa Gancedo de emoción pese a que era aún muy pequeña cuando su familia dejaba atrás el pequeño pueblecito de Tejeda de Sil para instalarse en Madrid. Ahora, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León ahonda en la producción de esta leonesa con una selección de obras que van desde los años 60 hasta la actualidad. Entre sus méritos tiene haber sido una de las primeras mujeres españolas en exponer en el Guggenheim de Nueva York. Abstracta, simbolista, surrealista… Son muchas las etiquetas que han puesto a sus trabajos y de las que ha tratado de huir porque «nunca me ha preocupado pertenecer a ninguna corriente». Si algo han tenido en común sus trabajos, década tras década, es que en ellos siempre ha primado el dibujo.

¿Recuerda su primer contacto con la pintura? ¿Cuándo se desató su entusiasmo por este arte?

Me da la impresión que nací con ello. En el pueblecito donde nací, Tejeda del Sil, tenía un tío que hacía unas madreñas que tenían fama en toda la comarca y siempre me quedaba embelesada viendo lo que hacía. Luego, ya en el colegio, en Madrid, las monjas me reñían mucho porque siempre me pillaban dibujando, así que mi padre, que vio que tenía tanta afición, me empezó a llevar todos los domingos al Museo del Prado. Allí me empecé a fijar en El Bosco, que me parecía impresionante, en Velázquez, Murillo… Fue un profesor que me pusieron quien le dijo a mi padre, cuando yo tenía 13 años, que debía entrar en Bellas Artes.

Tuvo claro desde el principio, entonces, que quería estudiar Bellas Artes.

Sí. Yo quería pintar y era la única manera que había. Entonces, en los años 60 era muy difícil que te aceptaran. Tenías que dibujar muy bien.

¿Tenía algún referente en aquella época?

Sí, había gente muy buena. Estaban los clásicos, Julio Moisés, Ricardo Macarrón, aunque no estaban en la vanguardia porque para ello había que mirar a América y Alemania. Y luego también Miró, a quien llegué a conocer.

«Aprendí mucho de los errores que tenían los alumnos. Sus problemas eran los mismos que yo podía tener»

Al concluir, estuvo también de profesora en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, pero ello no le impidió continuar con su prolífica labor.

¡Al revés! Casi pintaba más. Además, los problemas que te trasladaban los alumnos eran los mismos que podía tener yo cuando estaba frente a un lienzo. Aprendía mucho de los errores que tenían.

¿Cree que dejó alguna impronta en aquellos alumnos?

Pues no lo sé, aunque es cierto que en general me han querido mucho. Lo bueno que tenía es que era bastante consciente de lo que era ser artista y dedicarse completamente a ello.

«Tengo 80 años y sigo pintando ocho horas diarias. ¿Por qué no iba a hacerlo?»

¿Tiene claro siempre qué es lo que quiere contar cuando se enfrenta a un lienzo?

Lo primero que hago siempre es poner una mancha que creo que va a ser importante, el colorido que va a tener importancia al terminar el cuadro, y a partir de esa mancha empiezo a imaginarme cosas, si bien es cierto que un cuadro nunca te sale como quieres.

«En la poesía una palabra puede decirlo todo. Los pintores, en cambio, tenemos que dar muchas pinceladas»

Puede presumir de formar parte del selecto grupo de pintores españoles que ha expuesto en el Guggenheim de Nueva York. ¿Recuerda que supuso para usted esta experiencia?

Recuerdo que un día contactó conmigo una ‘curator’ americana y me dijo que estaba buscando artistas para hacer una exposición de españoles en el Guggenheim porque hasta entonces no se había hecho nada. La verdad es que fue importante para mí, y lo pasamos fenomenal.

En «New Images from Spain», la muestra de Nueva York, compartió cartel con otros ocho artistas, de los cuales sólo una más, además de usted, era mujer (Carmen Calvo). ¿Sentía entonces que estaba trabajando en un mundo de hombres?

No, en absoluto. El arte es de todos y para todos, pero sí que es cierto que entonces aquellas mujeres que se dedicaban al arte lo solían dejar más pronto, bien porque se casaban o porque su compañero era más importante… Es verdad que era muy raro ver a una niña ir a Artes y Oficios a pintar, pero como tampoco había mujeres abogados, médicos… Nunca me he considerado feminista, aunque es cierto que en mi obra se puede ver una pintura de mujer, pero como también hay una pintura de niño o de adolescente.

¿Y cree que ahora ha cambiado la posición de la mujer en el arte?

Muchísimo, aunque entonces también había mujeres importantes. Recuerdo, por ejemplo, a Juana Mordó, que llevaba la batuta en cuestión de galerías.

¿Todo es pintura en la vida de Teresa Gancedo?

Sí. Para mí y para otra mucha gente, todo lo que vivo está ligado a lo pictórico. Cualquier cosa me incita a pintar.

Sin embargo, llega un momento que decide trasladar ese mundo plano del lienzo a objetos.

Empecé a meter en los cuadros fotografías de algo que me interesaba. Otras veces cogía objetos que nadie quería, por ejemplo, un botijo roto, y los renovaba a mi aire. En el Musac se ha puesto una mesa con todos estos detalles. Para mí, es más relajado que pintar.

Su primera etapa creativa coincide con un periodo en el que en España comenzaba a despuntar la abstracción; luego sus pinturas adquieren connotaciones surrealistas y en los 90 recurre a elementos del simbolismo. ¿Se siente más identificada con algún movimiento?

Los movimientos me han gustado todos, aunque creo que casi todas las mujeres tenemos algo de surrealistas porque en nuestra obra hay una cierta ensoñación, nos gusta un ambiente muy íntimo para trabajar…

Y derivado de ese simbolismo su obra está plagada de religiosidad, pese a que se confiesa no creyente.

No soy creyente al estilo que nos han enseñado, pero ¿quién no se va a conmover ante el Cristo crucificado de Velázquez? He utilizado mucho esta figura porque para mí la manera en la que se le representa, condenado y a punto de morir pero derecho, tiene un simbolismo impresionante.

En paralelo a su exposición y con su obra como fondo, el museo ha programado una serie de conferencias poéticas. ¿Qué representa para usted la poesía?

Me entusiasma. Es lo más difícil del arte. Que una única palabra pueda decirlo todo esto no ocurre con la pintura. Nosotros tenemos que dar muchas pinceladas o pensar mucho para mostrar algo que verdaderamente conmueva.

¿Sigue teniendo hoy artistas que siga con atención?

Sigo siendo muy de los alemanes y los austriacos. Por ejemplo, Arnold Bocklin tiene una serie de cuadros, «La isla de los muertos», que son preciosos. Luego Lucian Freud es muy bueno, aunque para mí un poco bruto en su forma de hacer. Soy más de pintores que de movimientos.

En el Musac se exponen diez obras de reciente creación; ¿nunca ha sentido ganas de dejar de pintar?

Nunca, y me quedaba asombrada de que gente que valía lo dejase. Tengo 80 años y sigo pintando ocho horas diarias. ¿Por qué no voy a pintar si me apetece más que estar merendando con mis amigas, que es lo que hace la gente mayor?

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