Carolina de Mónaco, musa y viuda

Si miramos los cromos de juventud de Carolina de Mónaco nos sale una belleza soleada e insuperable. Un cruce de chic y morbo, una elegante con bikini. Carolina de Mónaco fue la diosa primera de los ochenta, a bordo de su matrimonio con Stéfano Casiraghi, y luego enviudó, buscando retiro en pueblos de sosiego, entre la musa del luto y la sirena del grunge. Carolina fue imbatible en la juerga, y lo ha sido en la tragedia. Ha sido la estampa mayor del funeral de un marido, y la estampa mayor de la discoteca de la juventud.

Ahora anda de dama atenta a su «ex», Ernesto de Hannover, que dicen que padece el mismo mal que ha acabado con Karl Lagerfeld. Es una abuela que aún resiste el retrato de póster. Fue musa de Lagerfeld, que veneraba la belleza. Lagerfeld ha sido un figurón de lo suyo, entre el cuello sólido y el guante absurdo, que es como decir entre la timidez y la arrogancia, entre el distanciamiento y el divismo. Inventó a Claudia Schiffer, y tuvo en lo máximo de su santoral a Carolina. Nuestra hermosísima acaba de cumplir los sesenta y dos, en enero, pero vemos rápido a la mujer que fue en su propia hija, Carlota, aunque Carolina la superó en lámina hipnótica, e incluso en trote de vida alegre. Carolina tiene experiencia en hombres no convencionales, o inconvenientes, incluso, como aquel playboy con el que se casó, jovencísima, frente a todo consejo, Philippe Junot. Junot tenía 17 años más que Carolina, cuando la boda. La pareja duró dos años, y acabaron bajo el diagnóstico previsible: el tipo era un cara.

Carolina, de joven, fue chica de amoríos playeros y trasnoches de muchos idiomas. Las hemerotecas la vincula a Roberto Rosellini o Guillermo Vilas. Hasta que se casó embarazada con Stéfano Casiraghi. Luego Casiraghi murió de accidente de moto acuática, y a Carolina se le quedó en la mirada una melancolía de estar siempre pensando en lejanías, hasta hoy.

Carolina y Ernesto fueron muy frecuentadores de España, y hubo suficientes años sucesivos, allá por los inicios del 2000, en los que aterrizaban mucho por aquí, rumbo a la finca Las Golondrinas, o rumbo a la finca Aguas de Verano, ambas en Extremadura, donde se daban al ejercicio de la caza. Cuando el matrimonio entró en declive, cundía por ahí que la ruptura podría acreditarse definitivamente si faltaban a la cita otoñal y española de la caza. Se separaron por el rito del silencio.

Carolina tiene hoy el relevo en Carlota, pero no tanto, porque Carolina tiene poco relevo, en rigor. Su madre fue Grace Kelly, el resplandor mismo. Carolina ha sido novia del verano del mundo, viuda de rico, recasada con aristócrata, y abuela con algo de groupie de su propio espíritu libre y también palaciego. Desde siempre, ha sido una postal infalible y de oro en los álbumes de la vida social internacional, sección palacios o balcones de palacio. Infalible, y dorada, y única.

Lee más: abc.es


Comparte con sus amigos!