«Cada lectura es singular. El autor es lo menos importante de la literatura»

Hay en los ojos grises del irlandés John Banville (Wexford, 1945) una chispa extraordinaria de juventud, la huella de una inteligencia imperecedera, que parece avivarse cuando se le pregunta por algo no relacionado con su literatura; y es que al ganador del Premio Booker y el Príncipe de Asturias de las Letras, autor, entre otros títulos de prestigio, de «El intocable», «El mar» y «Los infinitos», su obra lo abandona en cuanto está terminada… «Simplemente se va y ya no vuelve a despertar mi interés», me dice al ofrecerme una cucharilla para que compartamos postre, tarta de chocolate con helado de vainilla, una invitación a la que no me puedo resistir.

Cumplió 73 años hace dos meses y no para. Se encuentra cómodo instalado en una doble personalidad literaria que lo define y con la que no deja de encadenar éxitos. Como Banville, se declara fanático de Henry James. Como Benjamin Black, su «alter ego», idolatra a Raymond Chandler. Banville trabaja en la secuela de «El libro de las pruebas», uno de sus primeros y más emblemáticos títulos, inspirado en la historia real de un asesino; y Black, que en 2017 recibió por «Pecado» el premio RBA de Novela Negra, acaba de publicar «Los lobos de Praga», una delirante ficción criminal ambientada en la corte del emperador Rodolfo II, cuyo reinado durante la última década del siglo XVI y la primera del XVII estuvo protagonizado por la magia y la alquimia.

¿No siente responsabilidad al pensar que sus historias pueden influir en quien las lee?

En absoluto. Me olvido de mis libros en cuanto los termino y sólo mantengo en mi cabeza el que está en proceso, ahora mismo la continuación de «El libro de las pruebas».

Esa es una de mis novelas favoritas, también una de las primeras suyas que leí.

He vuelto a su protagonista, Freddie Montgomery, que está inspirado en un personaje real. El asesino auténtico salió de la cárcel hace cuatro o cinco años y ahora viene a las charlas que doy [ríe]. Lo más curioso es que nos parecemos mucho.

«En la actualidad hay demasiada gente sin imaginación que no se calla, que habla todo el tiempo y genera ruido»

-«Los lobos de Praga» la firma Black, pero tras leerla y escuchándole hablar con tanta soltura sobre crímenes y expresidiarios, pienso que bien podría haberla firmado Banville.

Mucha gente piensa como usted, pero yo tengo claro que se trata de una novela de Black.

¿Cómo la resumiría?

Es la aventura de un joven ambicioso que llega a Praga decidido a abrirse paso en la corte real.

En ciertos aspectos me ha recordado a «Alicia en el País de las Maravillas»

-¿Por qué? Eso todavía no me lo habían dicho.

Su descripción de Praga es casi onírica y Christian Stern, el protagonista, se enfrenta a las decisiones arbitrarias de un peculiar elenco de personajes entre los que destaca el emperador Rodolfo, cuyo criterio se parece a menudo al de la Reina de Corazones. Y hay un gato con pinta de inteligente.

Vaya, tiene toda la razón. Lo que acaba de decir me lo voy a apuntar.

Pensé que había establecido este paralelismo a propósito, mientras escribía.

-No, y ahí está la magia de la literatura. El libro que yo escribo no es el mismo que obtiene el lector, que aporta al texto su experiencia propia, sus recuerdos más recientes, y cuando termina de leer la novela lo que tiene entre las manos es un libro único y completamente diferente al que yo escribí. Cada mirada, cada lectura es singular. Al fin y al cabo, el autor es lo menos importante de la Literatura.

«Controlo a los personajes, y no al revés. Si un escritor le dice que los personajes se han apoderado de él, le miente»

Menciona la magia literaria y eso me lleva a la magia de la Praga del siglo XVI, tan necesaria para el desarrollo de «Los lobos…». ¿Por qué ha ambientado la novela en el pasado? ¿La magia ya no existe o es que hemos dejado de creer en ella?

¡Por supuesto que existe la magia! No hay más que mirar a nuestro alrededor: la lluvia, el arcoíris, el mar calmado por la mañana y revuelto cuando cae la noche; todo es mágico. A veces me imagino viviendo en un planeta aburrido y soñando con un mundo como el que tenemos. Pero sí es cierto que en la actualidad hay demasiada gente sin imaginación que no se calla, que habla todo el tiempo y genera ruido. Así que, aunque la magia sigue siendo la misma, queda ensombrecida por lo que yo llamo «incontinencia social», un hecho abominable.

Lo que no ha cambiado tanto es la dificultad para desenvolverse en según qué círculos, una habilidad que Stern domina. Me pregunto si dos de las máximas de Stern sirven para la vida cotidiana actual: «Di siempre a los poderosos lo que quieren oír» y «ningún bando es el correcto jamás»

-Claramente. Vaya… quizás debería haber escrito un manual de supervivencia, porque Stern es sin duda un superviviente, es más, supongo que es como un «yo» más joven, la clase de tipo que me hubiera gustado ser: alto, aventurero, guapo y atractivo sin esfuerzo, alguien que «está» en el mundo y no se pasa el tiempo contándolo. Por desgracia intuyo que ya es algo tarde para mí, no me veo cambiando a estas alturas.

¿Cuáles son los futuros proyectos de Black? ¿Regresará Quirke, retomará al detective Strafford o, como en esta ocasión, se enfrentará a una trama independiente?

Ni idea. Escribo un libro y no pienso en el siguiente, no sigo ningún plan. La esencia de todos los escritores es que somos completamente irresponsables.

¿En la literatura o en la vida en general?

En las dos. Mi único compromiso real se produce cuando me siento a escribir. Sé que escribe Black cuando lo hace directamente en el ordenador, y que escribe Banville cuando utiliza pluma fuente. La resistencia que opone la página al escribir dicta el ritmo que Banville necesita, pero Black lanzaría la pluma de Banville al suelo y se burlaría de su lentitud.

Black es más rápido…

-Sí, desde luego, su escritura lo es. Es más espontánea. Cuando Black escribe una frase, Banville dice: «¡Ah, qué frase más interesante! Vamos a analizarla», pero Black se lo impide y sigue adelante, aunque eso no significa que escriba de forma automática. Ambos se parecen a las señoras del XIX, porque llevan un corsé que me permite mantenerlos bajo control. Sólo me dejo ir con la última copa, al final del día.

«Sé que escribe Black cuando lo hace directamente en el ordenador, y que escribe Banville cuando utiliza pluma fuente»

-Me sorprende ese celo en llevar las riendas de la escritura.

Es un cuidado necesario e imagino que todo buen escritor lo aplica. Cuando se escribe, por definición, se está en tensión. El lenguaje es un medio dificilísimo de trabajar, siempre quiere escribirse solo.

Lo que dice me trae a la cabeza el miedo al estreno de los actores veteranos, un miedo a la escena saludable y que nunca desaparece por completo, a pesar de la experiencia.

Sí y no, el miedo de los escritores es diferente. Los actores temen no recordar; yo siento el pánico que produce el intento de plasmar sobre el papel un mensaje nuevo.

Cuántas emociones para un trabajo tan solitario.

Lo hago solo, pero no estoy solo, sino «habitado» por un sinfín de personajes.

¿Poseído?

No, poseído no. Yo los controlo, soy yo quien los posee a ellos. Si un escritor le dice que los personajes se han apoderado de él, tenga claro que le está mintiendo. Yo construyo personajes con palabras y sé que no existen fuera de la página. Eso sí [vuelve a reír] puede pasar que algunos personajes de ficción le parezcan más vívidos que la persona con la que trabaja o desayuna.

¿Se ha llegado a emocionar con lo que escribía, al crear esos personajes inexistentes?

¿Por qué me pregunta eso? ¿Algún escritor le ha dicho que sí?

Muchos.

Pues mienten descaradamente. El arte sólo se puede producir desde cierta distancia, la emoción durante la escritura no la favorece lo más mínimo.

El proceso creativo parece más una tarea minuciosa que un arranque de genio…

Yo lo que veo mientras trabajo son los fracasos y las dificultades. La gente se acerca a mí para decirme lo maravillosos que son mis libros y sólo recuerdo los errores, las cosas que podría haber hecho mejor. Por eso vuelvo a escribir. Si Dios bajara del cielo y me tomara en sus brazos, susurrándome al oído lo bueno que soy, yo le pediría permiso para regresar a la Tierra, convencido de que aún me queda mucho por pulir.

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