Caceroladas

Resulta paradójico que a quienes nos enseñaron el lenguaje de las cacerolas más allá de los fogones, a quienes nos enseñaron el acoso selectivo más allá de toda ética, ahora les moleste la sinfonía del acero inoxidable al otro lado de la puerta de casa. En esas batucadas callejeras se condensa, más allá de lo ideológico, la hartura de un pueblo que aún no ha visto una sola renuncia entre la clase política mientras los de a pie lo empiezan a pasar muy mal. Hace semanas cada palabra me pesa plomo en la columna y en la conciencia. Leo, releo. Quito, pongo, pienso, hago encaje de bolillos para ser entendida, para engarzar mi propia hartura sin necesidad de encender más la mecha, de castigar más a una sociedad suficientemente dolida, cada día más fragmentada. Una sociedad azuzada por los dos flancos -vergüenza de unos y de otros, responsables por igual de que las arcas del Estado estén tiritando- y achuchada en sus bolsillos y sus almas. Una sociedad polarizada en la que unos todo lo justifican en la «caza del facha», sin querer ver que hay muchos ciudadanos decepcionados, traicionados, también en la izquierda, con un Gobierno hipotecado a nacionalistas, a sectarios y a quienes jamás condenaron la barbarie de Eta ni lloraron con las víctimas. No, no son fachas los que no querían esta forma de hacer las cosas, los que creen que hacer política es negociar, pactar, hacer un ejercicio de responsabilidad por encima de ideologías y egos. Por lealtad a lo que pienso, a lo que soy; por lealtad a la variopinta masa que conformamos el pueblo, a la sociedad en la que vivo, a los mayores que fueron capaces de cerrar las heridas de una guerra y ganaron con uñas y dientes la paz y la democracia, a veces me muerdo la lengua, guardo palabras en el cajón para soltarlas al aire cuando sea el tiempo. No por falta de razones, sino por responsabilidad, no es tiempo de tomar la calle. Por respeto a la labor sin tregua que han realizado los sanitarios. Por cuidar de los míos, por cuidarnos, cuando no están nada claros los efectos del virus que ha detenido el mundo. Mientras, siento en estas palabras un eco metálico, una cacerolada sorda para quienes sólo piensan en salvar su culo o en sacar rédito electoral entre tanto dolor, tanto desastre humano y económico. Esos que olvidan que 30.000 españoles ya no votarán.

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