Boca-River del lado de afuera de la Bombonera: la radio, los nervios y las miradas tristes de la derrota

Del otro lado: miles de hinchas siguieron el partido en las calles de La Boca. Fuente: LA NACION РCrédito: Rodrigo Néspolo

Y aunque no ten√≠an ni mucho dinero ni entradas para ingresar a la Bombonera, cientos de fan√°ticos llegaron temprano a La Boca para ganar las pocas mesas de las derrumbadas cantinas de la avenida Almirante Brown. Con el paso de las horas, otros tantos hinchas se adue√Īaron de las veredas y las calles; grupos de no m√°s de 50 personas, en todas las esquinas, vivieron la jornada a trav√©s de peque√Īos televisores que apenas se ve√≠an por las ventanas de los bares. El Boca-River de la Copa Libertadores, otra vez, parec√≠a ser lo √ļnico.

Cuando todo parec√≠a concluir en un aburrido empate, fueron ellos quienes comenzaron a arrojar botellas de cerveza vac√≠as contra los agentes y oficiales de la polic√≠a porte√Īa. Pero Boca gan√≥ y el barrio volvi√≥ a la tensa calma marginal que lo caracteriza. Cantos, gritos desgarradores de esperanza tras el gol de Z√°rate, y el eco de un triunfo insuficiente que -como si fuera una √ļnica voz- recorr√≠a la calle Arist√≥bulo del Valle desde la Puerta 12.

El viento frío del Riachuelo y el olor de las garrafas que dan fuego a las planchas oxidadas adonde se cocinan los choripanes, las hamburguesas y algunas bondiolas. Todo es costoso; las bebidas, la comida. Ciento cincuenta, doscientos pesos. Pero todos beben y comen. Salvo un ciruja que mira el estadio desde lejos y cuida sus bolsas de pertrechos sucios, como si alguien fuera a querer robarle.

Los que pudieron entrar vivieron una fiesta con final triste. Fuente: LA NACION РCrédito: Fabián Marelli

Cuando explota la primera botella, un poco contra el asfalto y otro poco contra la bota de un policía, el ciruja se va rápido y aparecen las motos con los bastones negros pero no hay escopetas y sólo se escucha la conversación entre los fuegos artificiales y la hinchada. Ahora, la felicidad. Pero fueron más de 90 minutos de dolor.

Con un poco de retraso, comenzó el partido, y hasta las almas se fueron de las calles de San Telmo y del Parque Lezama. Unos pocos taxistas escuchaban el relato, con los autos estacionados en la avenida Paseo Colón.

Aunque existan objeciones, el Superclásico es el evento más importante en las vidas de muchas personas. Toda esa tensión peligrosa y ese amor puro de los hinchas se manifiesta en los latidos del estadio, está claro; pero también se expande por las calles, que parecen vacías y oscuras porque a esa hora los vecinos están en las tribunas o encerrados frente a la mejor televisión de una vieja casona.

En las veredas, precisamente en la puerta de los conventillos, esa tensi√≥n y ese amor los administran hombres de miradas torvas y tatuajes. Tienen los ojos brillosos por la marihuana y el alcohol. Est√°n enojados. Boca hace un gol, y lo anulan. El silencio. Los callejones y en el fondo las torres de departamentos parecen -as√≠, solo empujadas por el alumbrado p√ļblico- una entrada al infierno. Pero alguien grita que vamos Boca, que pongan huevo. Otro insulta como si insultara al demonio. Y los bombos suenan m√°s fuerte y todo vuelve a ser un partido de f√ļtbol.

Boca celebra el gol: no le alcanzó.
Boca celebra el gol: no le alcanzó. Fuente: LA NACION РCrédito: Mauro Alfieri

Los policías están nerviosos porque saben que van a tener que despejar el camino para el ómnibus visitante. Algunos toman mate en la puerta de la comisaría local, que parece un cuartel. Fuman y miran los teléfonos. Ninguno habla. Arranca el segundo tiempo y River opta por una estrategia defensiva; resiste la avanzada de su rival y el estadio se desespera y se enoja.

Afuera, sobre la calle Iberlucea, los guardias de seguridad desactivan los molinetes y se api√Īan para observar -aunque sea en la mitad de la pantalla gigante del estadio- lo que queda del partido. M√°s cigarros, platillos y mucho ruido. Dos borrachos se agarran a las pi√Īas. Y de repente, Hurtado convierte; miles festejan un triunfo que no alcanza, pero que no es derrota ni empate.

La Boca se vac√≠a y los autos pasan a toda velocidad; un inmenso operativo de seguridad garantiza que dos o tres peleas de pocos golpes sean los incidentes m√°s peligrosos. Y, aunque el partido termin√≥ hace casi dos horas, todav√≠a pasan laburantes con el torso desnudo que ni saben por d√≥nde caminan, o d√≥nde ir√°n ahora, pero gritan: “¬°Dale, Boca!”.

Una vista aérea del estadio, antes de que todo empezara.
Una vista aérea del estadio, antes de que todo empezara. Fuente: LA NACION РCrédito: Hernán Zenteno

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