Bernardo Montoya, un monstruo al acecho en el corazón de la tierra

Escribía Cervantes que la memoria era la enemiga mortal de su descanso. Nadie, de hecho, puede vivir recordando todo de forma tan vívida como cuando se produce un acontecimiento, más si ese acontecimiento es traumático. Al final, el tiempo va desplegando su velo, va difuminando las sensaciones, alejando los sentimientos, el dolor, la rabia, la indignación. Es ley de vida, una ley más terca que la humana. Inexorable. La que nos permite sobrevivir, pasar página. En El Campillo también ocurrirá, aunque ahora parezca imposible.

El Campillo, apenas 2.000 almas en la Cuenca Minera, dos millares de personas humildes, trabajadoras y serias, dedicadas exclusivamente a sus tareas, a su familia y a preparar una Navidad con olor a chimenea. Hasta que hace unos días el horror golpeó el corazón de la tierra. Laura Luelmo, una joven profesora zamorana, aparecía muerta en un paraje agreste de los alrededores del municipio días después de que su familia denunciara su desaparición.

Una sustitución

Laura Luelmo, joven, bella, llena de ilusi√≥n, hab√≠a recorrido media Espa√Īa para realizar una sustituci√≥n en un instituto de la vecina localidad de Nerva, el V√°zquez D√≠az. Alquil√≥ una casita en El Campillo, en el n√ļmero 13 de la calle C√≥rdoba, a pocos kil√≥metros del centro en el que habr√≠a de impartir sus primeras clases, despu√©s de pasar las primeras jornadas en un peque√Īo hostal. No dio tiempo a que hiciera amistades, a que la conocieran, a integrarse en el pueblo. Tampoco hizo falta. Cuando se conoci√≥ su desaparici√≥n, todo el pueblo, la comarca entera, se sum√≥ al dispositivo de b√ļsqueda como si conocieran a Laura de toda la vida. Muchos lloraron cuando la encontraron muerta, semidesnuda, en medio del campo. La solidaridad est√° muchas veces por encima de los apegos, de las familiaridades.

Se ¬ęencaprich√≥¬Ľ de ella

Hab√≠a tenido la mala suerte de cruzarse en el camino de Bernardo Montoya, un exconvicto de 50 a√Īos que pasaba sus primeros d√≠as de libertad en la casa frente a la que hab√≠a alquilado Laura. Se ¬ęencaprich√≥¬Ľ de ella nada m√°s verla y ella sinti√≥ el escrutinio al que la somet√≠a su vecino, aunque eso no evit√≥ el fatal desenlace. El mi√©rcoles 12 de diciembre, seg√ļn las investigaciones llevadas a cabo hasta el momento por la Guardia Civil, Bernardo Montoya la acorral√≥ en la puerta de su casa y la oblig√≥ a entrar en su domicilio, donde la habr√≠a agredido sexualmente tal y como desvela la autopsia. Seg√ļn esta, Laura fallecer√≠a entre 48 y 72 horas despu√©s, de un traumatismo craneoencef√°lico, aunque su cuerpo presentaba m√°s golpes y los investigadores han hallado sangre en el domicilio de Montoya.

A√ļn quedan cabos por atar en la historia de Laura Luelmo. La declaraci√≥n que Montoya prest√≥ tras ser detenido, en la que confes√≥ su asesinato, pero asegur√≥ no haberla violado y haberla abandonado en el monte el mismo d√≠a de su desaparici√≥n, se ha ido deshaciendo. La versi√≥n que los investigadores van descubriendo es a√ļn m√°s inhumana, m√°s cruel, m√°s desalmada. Y con cada nuevo hallazgo, el pueblo de El Campillo enardece de ira e indignaci√≥n.

No es algo que se les pueda reprochar. Hasta hace unos d√≠as, no se conoc√≠a un suceso semejante en su pac√≠fica existencia. El pueblo preparaba su Navidad, una zambomba flamenca, campanilleros y una degustaci√≥n de dulces caseros que han sido suspendidas, porque como asegura la concejal de Igualdad y Educaci√≥n, Teresa Aguilar, ¬ęestas van a ser las Navidades m√°s tristes de El Campillo¬Ľ. Hasta el pasado 12 de diciembre, nadie sab√≠a de la presencia de Bernardo Montoya en la casa que su padre compr√≥ cuando huyeron de Cortegana, el pueblo en el que viv√≠a junto a su familia. All√≠ estaban hartos de soportar las tropel√≠as de Bernardo y de su hermano Luciano, que actualmente cumple condena en Toledo por asesinato. Mat√≥ a una vecina de Cortegana a pu√Īaladas. Bernardo, por su parte, hab√≠a asesinado a otra mujer, de 80 a√Īos, en 1995. M√°s tarde, en 2008, ya en El Campillo, trat√≥ de agredir a una joven en un parque del pueblo. Se salv√≥ gracias a su perro.

Tambi√©n la casa donde vivi√≥ Laura apenas tres d√≠as hab√≠a pertenecido a la familia Montoya, hasta que la vendieron a su actual propietaria, la compa√Īera de la joven maestra asesinada. El patriarca de la familia, ¬ęuna persona tranquila¬Ľ que ha renegado de su v√°stago, hab√≠a seguido yendo a El Campillo los mi√©rcoles, cuando se celebra el mercadillo. ¬ęVen√≠a aqu√≠ -un bar de la calle Sevilla, una de las principales del pueblo-, a tomarse algo con los funcionarios del Ayuntamiento, en plan grandeza, para ganarse al pueblo¬Ľ, relata un habitual de este establecimiento.

Adem√°s de √©l, nadie ten√≠a constancia de que Luciano o Bernardo Montoya anduvieran por el lugar. ¬ęCuando nos hemos enterado de que √©l estaba ah√≠, se nos ha puesto el cuerpo malo¬Ľ, asegura Rosa, una vecina de una calle paralela a la calle C√≥rdoba, que confiesa que tanto ella como su hija de 30 a√Īos est√°n viviendo la situaci√≥n ¬ęcon muchos nervios y rabia¬Ľ. Y miedo, mucho miedo. Hasta el punto de que algunos vecinos han recibido el ofrecimiento de contar con tratamiento psicol√≥gico, como una joven estudiante del instituto en el que imparti√≥ clases de Dibujo, brevemente, Laura Luelmo, y que adem√°s fue su vecina. ¬ęLo ha rechazado¬Ľ, comenta Juani, su madre. ¬ęDice que a pesar del miedo es perfectamente consciente de lo que est√° pasando y que siente una gran impotencia¬Ľ.

La impotencia se convirti√≥ en ira abierta el pasado 19 de diciembre, cuando, mientras Bernardo Montoya acompa√Īaba a la Guardia Civil en el registro de su domicilio, varios vecinos saltaron el cord√≥n policial y trataron de llegar hasta el detenido, llegando incluso a lanzar piedras o a saltar sobre el veh√≠culo de la Benem√©rita que trataba de sacar a Montoya del pueblo. No es el comportamiento habitual de la gente de El Campillo, que ha demostrado su generosidad durante los d√≠as en los que se ha desarrollado la b√ļsqueda. Incluso la alcaldesa de la localidad, Susana Rivas, ha pedido ¬ęrespeto¬Ľ frente a ¬ęla imagen distorsionada e irreal¬Ľ que en las redes sociales se da sobre el municipio y sus vecinos y ha deseado que ¬ęse desarrollen las medidas y reformas legales para que nadie m√°s tenga que pasar por el sufrimiento¬Ľ padecido en El Campillo.

El primer día

Efectivamente, muchos no pueden dejar de pensar que esta muerte se podr√≠a haber evitado. ¬ęSabiendo lo que hab√≠a pasado y que ah√≠ viv√≠a una persona que es un asesino, la Guardia Civil ten√≠a que haber entrado en la casa el primer d√≠a¬Ľ, asegura Miguel, de 68 a√Īos, que contempla junto a Nerea, de 23, el traj√≠n de efectivos policiales y de periodistas que desde hace d√≠as han transformado la vida del pueblo. ¬ęHay que endurecer las penas, porque es incomprensible que se haya puesto en libertad a una persona que s√≥lo dos meses despu√©s ha vuelto a asesinar¬Ľ, lamenta, mientras Nerea traslada el sentimiento de terror que ha invadido especialmente al g√©nero femenino: ¬ęEste es un pueblo tranquilo, donde las mujeres, si hemos tenido que salir de fiesta y volver andando a casa de madrugada, lo hemos hecho sin ning√ļn tipo de problema, pero ahora‚Ķ¬Ľ. Ahora toca esperar a que la ley del tiempo devuelva a El Campillo la calma de la que siempre ha hecho gala.

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