Beatriz Sarlo. “En el caso del lenguaje, las tiranías y las inquisiciones son inútiles”

En vísperas de la VIII Feria de Editores, donde dará una conferencia sobre lenguaje inclusivo, la crítica asegura que la lengua tiene sus propios tiempos, inmunes a cualquier intervención

Beatriz Sarlo Crédito: Patricio Pidal/AFV

Sarlo levanta la mirada y los brazos al cielo, en modo de agradecimiento a quien sabe qué cuando se le propone hablar de literatura y del lenguaje. No es novedad; le gusta la política, sigue de cerca la campaña electoral y lo hace saber en todas sus intervenciones públicas, pero disfruta la vuelta a los orígenes: la crítica literaria, el análisis cultural, el repaso de una vida marcada, dice ella, por la suerte, algunos aciertos y, también, “errores políticos”.

El lugar elegido para esta conversación, una de muchas en tantos años, es su oficina en la calle Talcahuano, allí donde escribió gran parte de la obra ensayística que en breve reeditará Siglo XXI: doce libros que, a partir de agosto, darán forma a la Biblioteca Beatriz Sarlo, y que incluye la reedición de una clásico de la crítica literaria, Escritos sobre literatura argentina.

Además, en pocos días dará una conferencia magistral sobre el lenguaje inclusivo en la VIII edición de la Feria de Editores, en la que participarán 250 sellos de la Argentina y el exterior. Este debate, con sus tensiones y argumentaciones, ocupa un lugar que considera “desmesurado” en la prensa argentina. “Creo que no se pueden establecer reglas sobre el uso del lenguaje, y que cualquiera que conozca un poco la historia de la lengua se cuidaría mucho de establecerlas”, dice. Las imposiciones son “inútiles”, remata.

Valora, desde ya, el movimiento de mujeres que busca la ampliación de derechos, y que incluye el derecho al aborto legal, pero considera que continúa un proceso iniciado a mediados del siglo XX y sobre todo, en los años 60. “Quienes provenimos de esos años no nos sentimos completamente asombradas, porque hemos practicado esas formas de feminismo. Hice elecciones típicas del movimiento feminista: se tienen o no se tienen hijos”.

A pocos días de la realización de las PASO (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias), y coherente con una práctica que ha sostenido siempre, Beatriz Sarlo revela su voto: “Voy a votar a Lavagna”. En la siguiente instancia, puesta a elegir entre Mauricio Macri y Alberto Fernández, votará en blanco. “Que ganen con los votos de otros, no con el mío”.

Si tuviera que delinear en pocas líneas un autorretrato, ¿qué destacaría?

Lo primero que diría es que soy una persona que ha tenido suerte porque gran parte de los primeros 20 años adultos de mi vida transcurrieron bajo dictaduras militares, fuera de la universidad y, por lo tanto, haber podido hacer investigación y luego ser una académica en los años 80, yo lo consideraría un conjunto de casualidades. No estoy diciendo que no trabajaba; trabajaba muchísimo, pero me podría haber ido muy mal, desde las cosas más atroces hasta quedar completamente marginada. Creo que ahí hay un rasgo de fortuna.

Dijo alguna vez que tampoco se sintió discriminada por su condición de mujer. También fue afortunada en eso.

No se podría decir que en la década del 60 los cuidados en el trato con las mujeres son los que hoy se imponen o deberían imponerse, pero yo no lo registré. Me sentí siempre completamente igual y con las mismas fuerzas de quien fuere, perteneciera al género que fuere. La suerte me llevó a participar en la dirección de una revista política, después en el consejo de dirección de la revista Los Libros, con Héctor Schmucler, y después a fundar nuestra propia revista. Por lo tanto, nunca me sentí en un lugar subordinado: más bien podría ser la mandona del espacio. Uno podría pensar también en rasgos que me vienen de la primera educación recibida y de mis tías maestras, mujeres independientes que se habían ganado la vida y que habían ascendido en el Ministerio de Educación por sus propios méritos.

Cuando recibió un premio a la trayectoria, dijo: “Me gusta pensarme como alguien que tuvo mucha suerte, algunos aciertos y algunos errores políticos y literarios”. ¿Cuáles fueron esos aciertos y errores?

El acierto fue poder mantener una línea de investigación literaria cuando yo ni siquiera sabía defender muy bien lo que era eso. Desde mi tesis de licenciatura, que termino cuando la universidad es intervenida, en 1966, mantengo líneas de investigación como si estuviera haciendo algo que hoy se llama “carrera académica”, y que en ese momento no existía. Por otro lado, no estoy tan segura de haber tenido equivocaciones literarias. Quizás seguí algún aire de la época que tal vez hoy no me parezca tan interesante, pero gente como María Teresa Gramuglio y yo tuvimos un peso bastante grande en la consagración de Juan José Saer como un gran escritor argentino. La amistad que me unió con Saer y todo lo que escribí sobre él no fueron ninguna equivocación, sino un acierto. No sé si tuve tantas equivocaciones literarias como políticas.

¿A cuáles se refiere?

[Piensa] Quizás tiene que ver con haber sido una militante demasiado disciplinada de un partido cuyas interpretaciones sobre la realidad argentina eran obviamente equivocadas y paranoicas, y llevaron a apoyar el gobierno de Perón y de Isabel Perón por razones equivocadas. Me hubiera podido retirar, como me retiré cuatro o cinco años después.

Ha reflexionado largamente sobre el lenguaje. ¿Cómo observa el debate en torno a la irrupción del lenguaje inclusivo?

En principio, lo que llama la atención es la relevancia que la prensa le da al tema del lenguaje inclusivo. Sucede en otros países, pero acá la prensa ha encontrado un filón interesante que tiene que ver, afortunadamente, con responder al interés de muchas mujeres, y de muchas mujeres jóvenes. Dejando esto de lado, pienso que no se pueden establecer reglas sobre el uso del lenguaje, y que cualquiera que conozca un poco la historia de la lengua se cuidaría mucho de establecerlas.

¿Por qué lo dice?

Un ejemplo es el cambio de contenido semántico de la palabra “gaucho”. En el siglo XIX, la palabra “gaucho” significaba vago, mal entretenido, incluso una amenaza de carácter agresivo y casi criminal. Se escribió el Martín Fierro, publicado en los años 70 del siglo XIX -se leyó durante décadas y tuvo gran repercusión-, pero tuvieron que llegar los inmigrantes italianos, judíos y rusos, mucho tiempo después, para que la palabra “gaucho” empezara tener significados positivos y dejara de ser vago y mal entretenido para ser una persona que te hace muchos favores: “es muy gaucho” y “te hace gauchadas”. Tuvieron que pasar décadas y no hubo intervención que pudiera resemantizarlo antes de que se produjera esa oleada inmigratoria que valorizó lo hispano-criollo frente a los inmigrantes, que pasaban a ser los temidos en ese momento.

Las transformaciones del lenguaje son movimientos de largo plazo.

Es así, más allá de lo que quieran las chicas del Nacional de Buenos Aires y del Carlos Pellegrini. No se pueden imponer normas lingüísticas. Otro ejemplo que me parece importante es que en la escuela primaria, las maestras trataban de “tú” a los alumnos hasta la década del 50. Decían “a ver, tú, niño, dime cuánto es 5 x 8”. Salían al recreo, y esos niños y esos maestros pasaban al más impecable voseo. ¿Qué quiere decir eso? Que el Ministerio de Educación podía considerar que la norma lingüística de la conjugación castellana en la segunda persona era el “tú”, pero había un uso de la lengua que no se podía alterar. Ni siquiera lo pudo alterar la institución más eficaz de la Argentina en los años 50, que fue la escuela que alfabetizó a centenares de miles de personas.

Algunos lingüistas consideran que el uso del lenguaje inclusivo no es tanto para cambiar la realidad, sino para nombrar una realidad que ya cambió.

Quien haya estudiado historia de la lengua sabe que esas operaciones con el lenguaje no se pueden realizar. “Adaptamos el lenguaje a una realidad que ya cambió”. Nos sentamos arriba de una mesa, nos miramos a los ojos y lo decidimos.

Pero en un contexto con mayor participación de mujeres, ¿no advierte una incomodidad con el masculino como genérico?

Todo el mundo puede usar el lenguaje que quiera y hablar con “e” al final como si fueran catalanes, y está todo bárbaro. Lo que no se puede tener es la omnipotencia de confiar en que el lenguaje se transforme en diez o en veinte años, por más que se haya transformado la realidad. Para que cayera la palabra “ nigger” en Estados Unidos -un problema bastante más complicado que cómo las mujeres de capas medias quieren ser denominadas- fueron necesarias décadas. Tuvieron que pasar la Guerra de Secesión en el siglo XIX, décadas de lucha del movimiento negro, la marcha sobre Washington desde Alabama, los discursos de Martin Luther King, para que nadie le pudiera decirle “ nigger” a un negro. Nos hubiera gustado que hubiera desaparecido en el mismo momento en que terminaba la Guerra de Secesión, pero no sucedió. Me parece muy bien el voluntarismo y que cada uno hable como se le dé la gana, mientras no quiera establecer su “como se le da la gana” sobre mi “como se me da la gana”.

Está en contra de las tiranías y de las inquisiciones.

Siempre estoy en contra de las tiranías y las inquisiciones; en el caso del lenguaje, por inútiles. Hasta un momento que algo hace clic en el uso del lenguaje, las tiranías son inútiles.

¿El feminismo es la gran revolución política y cultural de estos años en la Argentina?

Hubo varias oleadas que cambiaron la realidad argentina. Pienso que el proceso empieza en los años 60 y es probable que muchas de quienes provenimos de esos años no nos sintamos completamente asombradas porque hemos practicado esas formas de feminismo. Si hoy estamos haciendo esta entrevista, es porque en los años 60 yo practiqué una forma de feminismo. Hice elecciones que son las típicas del movimiento feminista: se tienen o no se tienen hijos. Ese fue un gran momento de liberación de las estructuras familiares, para empezar. Las personas que venimos de los años 60 no tenemos la idea de que estamos viviendo una etapa inaugural, porque tuvimos una etapa inaugural. Una cosa que me interesó mucho, y se subrayó poco en el movimiento de las mujeres más jóvenes, es que esas chicas que estaban en la noche del debate por el aborto en el Congreso eran chicas de capas medias. Estaban reclamando por algo que afectaba más a las pobres que a ellas mismas. Eso me interesó como ampliación del horizonte social; esas chicas con más recursos que las más pobres estaban pidiendo por las que sí arriesgan la vida.

¿Cómo ve esta campaña?

Es muy pobre porque está como focalizada en encuestas, focus groups y construcción de opinión. Y está completamente desvanecida cualquier argumentación que tenga que ver con quien quiera ser elegido. Es un negocio extraordinario entre las encuestadoras y los medios, que han creado una especie de opinión pública vinculada con eso. Si yo soy un político que quiere ser gobernador o senador nacional, si nadie me va a preguntar respecto de ideas, y no va a haber un público interesado en las ideas, voy a decir lo que me dice el focus group para poder rascar los votos que me faltan o no perder los votos que tengo. ¿Pasa así en todos los lugares? No necesariamente pasa en todos los lugares de ese modo. Uno ve cómo se han manejado los grandes líderes; por caso Merkel, que a veces ha ido a favor de lo que el pueblo deseaba y a veces ha ido en contra, por ejemplo, pidiendo que acepten a los refugiados. Eso es liderazgo. Los políticos interesantes son aquellos que toman un riesgo, no aquellos que van arrastrados por la corriente.

Durante años elogió la figura de Roberto Lavagna, aunque también criticó el hecho de que no aceptara ir a una PASO. Participó de una reunión con él en la que hubo otros intelectuales. ¿A quién vota en las primarias?

Voy a votar a Lavagna. En esa reunión, que se realizó hace seis meses, Lavagna dijo algo que a mí me define el voto por un candidato: “Cualquier medida económica que yo tome va a ser controlada previamente por su impacto sobre el ingreso y sobre el trabajo”. Para la Argentina de hoy, me pareció una frase fundamental, que no volvió a repetir. Creo que cometió un gran error al no ir a las PASO. Eso permitió que Pichetto tomara su valijita y se fuera con Macri; permitió un desastre en el Justicialismo. Pero voy a votar a Lavagna.

¿Y entre Macri y Fernández, a quién elegiría?

Tengo un largo entrenamiento de voto en blanco. Mi idea en ese caso, cuando uno se ve en esa alternativa, es que ganen con sus votos, no con el mío. No digo que esta idea tenga que ser practicada por cada uno de los argentinos, sino que es la mía.

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