Balenciaga y la pintura «espectacular»

La escritora francesa Florence Delay dedicaba recientemente un precioso libro a la pintura de Zurbarán con el sorprendente título de Haute Couture (Gallimard, 2018). La hispanista parisina, miembro de l’Académie, pasa revista a quince cuadros de otras tantas santas y mártires como si de un desfile de alta moda se tratase. El Museo Thyssen vuelve a ofrecer una exposición centrada en esa relación entre arte pictórico y moda, confirmando una tendencia progresivamente instaurada en las grandes pinacotecas internacionales desde que en 1983 las creaciones de Yves Saint-Laurent hiciesen su incursión en las salas del MET.

Desde su apertura, el Museo Thyssen se caracterizó por abordar expresiones artísticas no canónicas como la alta joyería de marca (Cartier, 2012, y Bulgari, 2017). A finales de 2014 llega la primera de las grandes temporales sobre moda dedicada a Hubert de Givenchy. Era el preámbulo para las dos últimas, concebidas ambas por el mismo comisario, Eloy Martínez de la Pera, que hacía dialogar el pasado año, en Sorolla y la moda, a un pintor con la costura, mientras que en esta ocasión se invierten los papeles y es un creador de moda el que se enfrenta al arte plástico que le inspiró.

Fundido en negro

Balenciaga y la pintura española muestra lo mejor del retratismo español clásico y moderno a través de El Greco, Zurbarán, Goya, los Madrazo o Zuloaga, con los que el futuro modisto estaba familiarizado desde su infancia en el entorno de los marqueses de Casa Torres. Las creaciones de Balenciaga se reflejan en estos espejos pictóricos. Bordados y estampados se proyectan desde el lienzo sobre los ricos tejidos -sedas, organzas, tules- que supo moldear el maestro de Guetaria. Particularmente interesante es la sección dedicada al negro, color fetiche del creador vasco, homenaje cromático a su madre y a su hondo sentimiento religioso, que Felipe II ya había convertido en tendencia en el siglo XVI. Trajes sastre, vestidos de cóctel o de noche de los sesenta, de una sobria elegancia, se conjugan con la suntuosa indumentaria de la Corte filipina, cuyas tonalidades intensamente oscuras impresionaron a la Europa de la época.

En contraste, los hábitos de los monjes de Zurbarán, de una rica gama de tonos claros y texturas cálidas, tendrá su reflejo directo en los famosos vestidos de novia del diseñador. No podían faltar en esta ilustrativa cita dos de esas santas convertidas en modelos de haute couture: del cuadro que representa a Santa Isabel de Portugal importó sin duda la originalísima sobrefalda de tafetán de seda que diseñó para un conjunto de noche a principios de los cincuenta. Menos evidente es la deuda que un abrigo-capa de seda salvaje tendría con la glamurosa representación de Santa Casilda.

Estamos ante una muestra extraordinaria, de cuadros y vestidos en un abierto diálogo especular, aunque las supuestas correspondencias no siempre son evidentes y a veces resultan forzadas. El discurso expositivo está algo anquilosado, con un cierto olor a naftalina, que quizás no pueda evitarse al exponer indumentaria de época. Un museo de primera línea como el Thyssen debiera hacer una propuesta más imaginativa y creativa. Quizás recurriendo a las tecnologías digitales se podían haber hecho recreaciones audiovisuales más sugestivas que las estáticas perchas.

No todos los diseñadores de moda pasarían la prueba de contemplar sus creaciones en el espejo de la alta pintura, pero Balenciaga es el maestro de todos, como afirmaba monsieur Dior. Florence Delay hizo una evocación del que considera mayor couturier del siglo XX, citando una frase del más aplicado de sus discípulos, el conde de Givenchy: «Balenciaga era mi religión. Desde que soy creyente, para mí, existen él y Dios».

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