Bajo el yugo de Stalin y Hitler

Aunque solo tenía diez años, aquel día de octubre de 1956, al regresar a casa, Natascha Wodin (Baviera, 1945) entendió enseguida que su madre no estaba allí porque había ocurrido algo grave. El retrato de su madre estaba tirado sobre la cama y rasgado por la mitad. Lo siguiente que Wodin recuerda es que unos agentes la subieron a un coche; era la primera vez que montaba en uno. «Mi madre se ha tirado al río», les dijo a los policías. Unas horas después la encontraron muerta junto a la orilla del río.

Yevguenia Iváshchenko vivió 36 años, los de la guerra civil rusa, las purgas y las hambrunas del naciente Estado comunista, y también los años de la Segunda Guerra Mundial y el nacionalsocialismo. Descendiente de una familia que se hizo rica con el carbón, en Ucrania sufrió las consecuencias de la colectivización y fue deportada a la Alemania de Hitler para trabajar como una esclava en un campo de trabajo. Pero Natascha Wodin, durante la mayor parte de su vida, ni siquiera supo que sus padres fueron trabajadores forzados.

«Mi madre nunca conoció otra cosa que el hambre y el miedo», escribe Wodin en « Mi madre era de Mariúpol» (Libros del Asteroide) cuando por fin averigua las circunstancias que marcaron la vida de esa mujer con la que tanto luchó durante su traumática infancia, pasada entre las tapias con alambres de púas que delimitaban el campo de trabajo en el que estaba confinadas.

En esta crónica, que se convierte en novela cuando responde con conjeturas las preguntas para las que no tiene certezas, Wodin relata la dolorosa y olvidada tragedia que sufrieron entre seis y veintisiete millones de personas «machacadas hasta la muerte por la industria bélica germana».

Fueron deportados al Reich para realizar, en unas condiciones similares a las de los campos de concentración, el trabajo de los hombres alemanes que estaban destinados a la guerra. Quienes lograron sobrevivir no pudieron regresar a sus casas porque el régimen soviético los acusaba de ser enemigos del pueblo y colaboracionistas.

Wodin comparte una investigación con la que descubre el árbol genealógico de una familia en la que hubo ricos empresarios del carbón, cantantes de ópera, psicólogos y navieros. «Mi madre», escribe, «era la última persona consignada en la crónica familiar de los Iváshchenko. Con ella se truncaba la historia de la estirpe».

Si Wodin consigue llegar a lo que su madre ocultaba en sus «lúgubres silencios» es en buena medida gracias a los recuerdos que la hermana de Yevguenia, Lidia, apuntó en unas memorias. Es un testimonio de un valor enorme. Relata desde su propia experiencia cómo los comunistas saquearon la lujosa casa familiar de Mariúpol y y el modo en que Stalin levantó su maquinaria de aniquilación.

«Me he vuelto más tosca −escribe Lidia en sus cuadernos−. He pedido gran parte de mi espíritu crítico, de mis sentimientos más finos. El sistema ha vencido». La guerra, qué paradoja, la terminaría salvando. Su hermana, la madre de Mariúpol, cayó. Este libro dignifica su memoria.

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