Aunque nadie escuche

El pensador alemán Carl Gustav Jung se acordaba en uno de sus ensayos de un rabino «al que le preguntaron cómo era posible que en el pasado Dios se mostrara a menudo a la gente, mientras que hoy nadie lo ve». Y entonces el rabino contestó que «hoy no hay nadie que pueda arrodillarse tan bajo». Como toda sentencia, por muy pertinente que sea, suele tener alguna excepción, creo que la obra entera de José Jiménez Lozano escapa a esa sagaz respuesta.

Una obra tan amplia, en torno a setenta títulos exentos, que constituye toda una literatura. Encima, pese a la aversión literaria frente a lo abundante instaurada desde el Romanticismo, responde por completo, cien por cien, a aquello de «mucho y bueno», el aforismo, otro que tal, seguramente en defensa propia de Juan Ramón Jiménez. Cavilaciones y melancolías, como el anterior publicado por la exquisita editorial almeriense Confluencias, es el octavo de sus volúmenes de diarios, cada uno de ellos, desde el lejano Los tres cuadernos rojos, un pozo de sabiduría.

A estas alturas de una obra tan magna es difícil esperar novedades y el libro se ajusta más bien al proverbial siempre lo mismo y siempre distinto. No obstante, el más cervantino de todos los premios Cervantes, vuelve a sorprendernos ya al principio del libro cuando paladinamente se declara, a ver qué remedio, un hombre de su tiempo y casi al final, ante los chicos del instituto vallisoletano que lleva su nombre, al confesar incluso que se encuentra muy a gusto en esta época. Pese a semejante confidencia, tengo mis dudas, la verdad, no en el plano vital, pero sí en cuanto a que, como todos los clásicos, sus palabras y reflexiones lo apartan sin duda y lo sitúan más allá del momento que le ha sido concedido vivir.

Contra ligerezas

La lectura de Jiménez Lozano es una vacuna contra las aberraciones y ligerezas de muchos intelectuales de nuestro tiempo. Desde siempre ha rechazado las extravagancias ideológicas puramente especulativas, alejadas de la realidad y de las pobres gentes, porque sus escritos luchan constantemente contra el debilitamiento -y al mostrarlo tal cual a quienes cegados y ofuscados por la quimera de sus trampantojos de aldea Potemkin nos había pasado desapercibido, lo denuncia-, que ha infligido la modernidad, con sus diversos y continuados asaltos, al sentido de lo real, como si las libertades conseguidas gracias a las sucesivas revoluciones artísticas condujeran indefectiblemente a la disolución de las cosas visibles y tangibles, en beneficio del hermetismo y de una subjetividad narcisista y desbordada.

Su mirada invariable, políticamente incorrecta, si cabe cada vez más, está enraizada en la problemática del ser humano, pero, lejos del lodazal psico-pedagógico que ha impuesto un behaviorismo biologista unívoco, apela a la fuerza moral y espiritual. Y es, sobre todo, en este tiempo tan desabrigado, piadosa, pues se inclina ante el misterio del universo, de la creación y de la condición del hombre; nos hace preguntarnos una y otra vez sobre el enigma de nuestra existencia -y de nuestros adentros, como a él gusta llamarlos-, consumida en el tiempo y sin embargo llamada a trascenderlo. Contra cualquier tentativa de reduccionismo materialista o científico, defiende nuestra naturaleza de seres conscientes y mortales, la necesidad, por tanto, de atenerse a las cosas esenciales, por encima de la hybris, de la arrogante desmesura del hombre hodierno que se arroga la facultad y el derecho de crear ex nihilo.

Censura

En medio de la «matonería discursiva y política» del «reino de la banalidad», enfrentándose directamente al «Zeitgeist und Volkgeist» tiránico, nos ilustra sobre la censura real y la solapada, la del presente nuestro de cada día, aún peor por su amenazante indefinición y sobre dónde fue a parar el imparable progreso histórico, su destino ferroviario encerrado en los vagones de animales de quienes iban camino del infierno de los campos de concentración o de exterminio. Predica la resistencia al triunfo evidente en la sociedad «de las propuestas de la señora Mao, advirtiendo que cuantos más libros se leyesen más idiota se volvería uno», sabedor de que «el futuro de la literatura y de la cultura en general está comprometido», de que se está produciendo la liquidación de su vertiente seria y asentada durante siglos, mediante la confusión con «los artefactos de la cultura popular» y la pérdida de sentido de la de relumbrón, representada en la figura de Umberto Eco, al que considera «una grandísima inteligencia», pero nihilista y al servicio del cinismo, de su «amargor».

Con el poder anticipativo que acostumbra, un olfato de escritor que él atribuye al postergado y tachado Gironella, igual nos instruye sobre «el capitalismo emocional» de índole turística que del creciente peligro de la tecnología anunciado ya por Heidegger; de la ‘vigencia’ de las formas heredadas de los totalitarismos tras el olvido de Auschwitz y Kolimá y la consiguiente ruptura del hilo de la tradición que de la mutación de la crítica, a partir del estructuralismo y la deconstrucción, como propia del «Instituto Anatómico Forense», que es la denominación que aplicaba Kierkegaard a cierta exégesis bíblica. Y con frecuencia a través del humor y la risa, como antídotos de la sociedad indignada y manifestante en boga.

Mucho le agradecemos también que esté al tanto de lo que antes se llamaba mostrencamente palpitante actualidad y ahora a día de hoy, pues nos clarifica su auténtico significado y su alcance. Véase al respecto, verbigracia, la reveladora nota sobre la reverenciada exposición de Barceló con motivo del octavo centenario de la universidad salmantina o su demoledor, y atinadísimo, juicio de la epidérmica estética ‘hipster’ y eso que supongo que no sabrá, aunque seguramente lo barrunte, que por desgracia para la literatura en español y su transmisión, se ha apoderado de al menos algún departamento universitario de nuestra Comunidad, y me temo que de muchos por todo el país. En el mismo orden de cosas, y lleva en esto también más razón que un santo, a raíz del Nobel, se congratula de las letras de Bob Dylan en comparación con lo que ha venido después en el panorama de la música pop y lo mismo en la poesía, sea rap, slam poetry o lo que se lleve en «la ignorancia general básica y niveladora».

En este recorrido lo escoltan algunos de sus cómplices habituales, con los que conversa, caso de sus amadas damas sureñas Willa Cather, Eudora Welty y Flanery O’Connor, con cuya evocación concluye este provechoso volumen, con los ‘Messieurs’ de Port-Royal a la cabeza. Y Julien Green en sus diarios, Chateaubriand en sus memorias, Faulkner en su discurso del Nobel, Dreyer desde sus películas, Koestler desde el cero al infinito… y otros menos asiduos como Pavel Florenski, Philippe Sollers, René Girard, Gabriel Miró, Sándor Márai, Evelyn Waugh o Karl Löwith. De por aquí, como elegía y homenaje, comparecen la olvidada poetisa de Cuéllar Alfonsa de la Torre, el pintor del grupo de Simancas Fernando Santiago, el juglar contemporáneo, por la parte de los pobres de espíritu, «Luisito el de Pozaldez», Somoza el de Piedrahita y, sobre todos ellos, el poeta abulense Jacinto Herrero, su compañero de pupitre en Langa.

Mención aparte merecen, y no menor, la gavilla esparcida de poemas, más espaciados según avanza el libro, suponemos que embrión y cimiento de su próxima entrega lírica, tal vez con mayor carga de ironía y de ‘mica salis’ que en otros diarios, aunque también son varios los que celebran con júbilo interior la hermosura milagrosa del mundo, igual que en otras entradas en prosa se canta la llegada de la primavera, el primor de puntilla de los cendales de neblina otoñales como gasa salvífica o del azul de sus queridos acianos o del aroma de las lilas, porque «la belleza siempre es un relámpago. La gloria es poder asistir a él».

Así que, para disfrute, compañía y consuelo de sus lectores, el escribidor sigue en la brecha, no ceja en su empeño de aclararnos, mediante un castellano neto, lo que está pasando y sus consecuencias y de regalarnos casi trescientas páginas sin desperdicio donde vuelve a ofrecernos, como aguja de marear en estas calendas en las que da la impresión de estar todo tergiversado y patas arriba, un fajo grande de verdades como puños salpimentadas con el prodigioso caudal literario y de pensamiento que lleva consigo y del que desprende su obra en general, una llamada «al disfrute de la belleza y la nostalgia del extraordinario relato bíblico». Ahí es nada.

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