«Asumamos que los humanos podemos ser víctimas de un depredador»

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La explosión definitiva de la pandemia de coronavirus -cuando pasó de ser «una especie de gripe» a una peligrosísima y letal enfermedad- le pilló buscando al leopardo de las nieves en el Himalaya junto a su hijo, Unai, para el documental que completa su proyecto Panteras, del que ya ha autoeditado un volumen de gran formato. «Cuando viajamos a finales de febrero al norte de la India, a un valle perdido muy cerca de las fronteras con Tíbet y Pakistán, no había alerta de nada; al volver a Delhi la situación era surrealista y se empezaba a recelar de los blancos occidentales. Después de varios intentos infructuosos, logramos regresar a España. Ya había comenzado el confinamiento», señala Andoni Canela (Tudela, 1969), uno de los fotógrafos de naturaleza más prestigiosos de nuestro país, colaborador de National Geographic y autor de un puñado de libros clásicos (El oso cantábrico, La mirada salvaje. Encuentros con la fauna ibérica, El águila imperial ibérica, Durmiendo con lobos) y del multipremiado documental El viaje de Unai.

¿Por qué los felinos? ¿Suponían un reto especial?

Hay un compendio de motivos. La mayoría de estos animales son muy complicados de fotografiar, son fascinantes, esquivos y en un declive preocupante. Había una historia que contar más allá de su belleza estética. Estos mamíferos viven en hábitats muy variados, desde desiertos a zonas húmedas de la selva amazónica, pasando por montañas de hasta seis mil metros. Y son grandes cazadores, depredadores por antonomasia.

¿Cuál ha sido más complicado de capturar con la cámara?

El leopardo de las nieves, sin duda. Mimético, sigiloso. Las observaciones suelen ser de ladera a ladera, con enormes valles por medio. Las distancias, en el mejor de los casos, son de medio kilómetro, cualquier otra opción es pura casualidad.

La parte técnica es importante, pero es de suponer que la paciencia en el rececho no lo es menos.

Hay que llevar un teleobjetivo muy potente y buscarlos antes con prismáticos y telescopios. Para los encuentros con los más peligrosos, el tigre y el león, no puedes ir caminando, vas a su encuentro con un vehículo todoterreno y disparas la cámara a través de la ventana. Se han dado casos de ataques de pumas, pero son raros. Hemos hecho largas esperas tras una red de camuflaje o en un hide, lo importante es no moverte.

Una pareja de leones en el Kalahari, al sur de África
Una pareja de leones en el Kalahari, al sur de África – ANDONI CANELA

La naturalista alemana Sy Montgomery describe en «El embrujo del tigre» a unos animales capaces de desaparecer tras una brizna de hierba y materializarse a partir de la nada, y que cazan personas, cientos cada año. ¿Ha habido momentos de tensión en sus viajes?

Los tigres que se han convertido en asesinos de hombres son pocos, y los que habitan en los parques nacionales en la India están muy controlados. Naturalmente no puedes ir a tu aire, cuando se han producido ataques ha sido casi siempre por imprudencia. Recuerdo que en Rajastán un tigre que deambulaba en un corredor entre dos zonas protegidas mató a tres personas. Asumamos que los seres humanos formamos parte de la cadena trófica, somos presas y podemos ser víctimas de un depredador. Con los leones tampoco te la puedes jugar. En una ocasión íbamos a poner la tienda y escuchamos un rugido, así que desistimos y pasamos la noche en el vehículo. Mientras estás junto a un fuego no hay problema; cuando lo apagas, tienes que refugiarte en la tienda, no te puedes quedar fuera ni ir a hacer tus necesidades. Si estás fotografiando un puma con viento a tu favor y el animal se acerca demasiado, más vale que sepa que estás ahí, así que debes dejarte ver para que tu presencia no le pille por sorpresa. Ocurre igual con los osos. Por suerte nuestros problemas han tenido que ver con picaduras de mosquitos en el Pantanal o de pulgas en Sri Lanka más que con los felinos.

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Los ha buscado por el Pantanal, Masai Mara, Serengueti, Patagonia, Ranthambore, el Himalaya, el Kalahari, Sierra Morena… ¿Recuerda algún momento mágico?

Varios, en realidad. En el Tíbet nos quedamos literalmente atrapados en el hielo a 30 grados bajo cero, teníamos que pasar la noche como pudiéramos o caminar decenas de kilómetros subiendo y bajando montañas. Al sur de Masai Mara estuvimos tres días en mitad de la nada sin cruzarnos con otro ser humano. Y en Patagonia vimos hasta siete pumas en una sola jornada, sus sucesivas apariciones hicieron que nos olvidáramos de todo, hasta de comer. Han sido quince viajes de dos a tres semanas, con muchas experiencias, unas veces solos Unai y yo, otras con unos pocos acompañantes, como pastores de yak o amigos naturalistas.

En su carrera, la fotografía dio paso a los documentales, donde ha cosechado importantes éxitos.

Empecé con cortometrajes, pero el largo periplo de año y medio por siete continentes que hice con mi hijo cuando tenía 9 años y era como una esponja me proporcionó material para hacer El viaje de Unai. El documental estuvo en una veintena de festivales y fue candidato a los premios Goya. Por encima de todo soy fotógrafo, y también me gusta escribir, pero después de aquello me animé con el movimiento y el sonido, que te exige otro tipo de narrativa. Unai cuenta ya con experiencia, coge la cámara como los aprendices de antaño y tiene la capacidad para fotografiar y filmar. Me ha ayudado mucho.

CUADERNOS DE CAMPO. «Panteras» incluye los apuntes tomados por Unai Canela durante los viajes con su padre
CUADERNOS DE CAMPO. «Panteras» incluye los apuntes tomados por Unai Canela durante los viajes con su padre

Unai también ha hecho los cuadernos de campo que se incluyen en «Panteras». ¿Cómo es la convivencia viajera con un hijo adolescente?

Se quiere dedicar a esto, más en el terreno audiovisual que fotográfico, pero tiene 16 años y un largo camino por delante. Hemos pasado de todo, se queja de que comemos poco; ahora es vegano y los recursos que tenemos en ruta son limitados. El ritmo duro lo lleva bien, y los encontronazos no son tan diferentes de los de cualquier padre con hijos adolescentes, de hecho los tenemos más en casa que cuando estamos por ahí perdidos. Compartir el descubrimiento y el aprendizaje con él es apasionante.

En «Planeta fútbol» retrató el sustrato más humilde de este deporte en todo el mundo. ¿Cómo surgió la idea?

Cuando estaba fotografiando lemures en Madagascar o leones en Zimbabue aprovechaba momentos de descanso para hacer pachangas con las gentes del lugar. Y hacía fotos, claro, al principio sin una idea preconcebida. Hay una parte paisajística con una portería junto a la que pasan cebras o búfalos, hay chavales jugando… Así surgió la idea del libro.

La crisis de la prensa, ¿ha golpeado más duramente a los fotógrafos profesionales?

Han desaparecido muchos medios, sobre todo revistas especializadas, y los que siguen no tienen recursos para pagar como en los años 90. Quedan dos o tres grandes dominicales, las nuevas generaciones de lectores prefieren internet, donde la calidad, a veces, deja bastante que desear. En National Geographic puedes hacer un par de reportajes al año. La edición de Washington, que en los buenos tiempos contaba con presupuesto y tiempo casi ilimitados, también ha sido golpeada por la crisis. Me gano la vida más con los libros, encuentras patrocinios y, además, se venden bien, es posible fidelizar al público que conoce tu trabajo.

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