As√≠ eran las Reales Caballerizas de Sabatini que derrib√≥ la II Rep√ļblica

Con la reforma de la calle de Bail√©n, est√°n saliendo a la luz, entre otros restos, los de las antiguas Caballerizas Reales que Carlos III mand√≥ construir a Sabatini. Estas se alzaban en el solar que hoy ocupan los jardines que llevan el nombre del arquitecto y se extend√≠an hasta la plaza de Espa√Īa. Durante siglo y medio, estas caballerizas fueron visitadas, como si de un museo se tratara, por madrile√Īos y extranjeros que adquir√≠an una entrada, y los propios Reyes se las mostraban orgullosos a muchos de los mandatarios que acud√≠an a visitarles. Por fuera, eran de construcci√≥n recia y severa -casi minimalista-, pero en su interior guardaban un tesoro, acumulado a lo largo de siglos, que reflejaba la historia de la locomoci√≥n.

Además de enormes cuadras para 400 caballos, tenía un inmenso guadarnés, de más de 48 metros de largo, en el que se guardaban piezas de gran valor, como monturas, trajes de gala y de época (a la federica), reposteros y caparazones bordados en plata y oro, muchos de ellos regalos de Emperadores y Reyes extranjeros. En otro guadarnés se conservaban los atalajes de diario. En sus cuadras había caballos de tiro y de montura, y algunos ejemplares ya jubilados, como las favoritos de los Reyes y Príncipes, que envejecían a la espera de una muerte natural.

Tambi√©n hab√≠a una capilla dedicada a San Ant√≥n -patr√≥n de los animales-, una enfermer√≠a para los caballos y mulas, cuarto de contagio, ba√Īos para los equinos, herradero, pajares y picadero.

En un cocherón se conservaban las trece carrozas de gala y los ocho coches de caballos de media gala que utilizaba la Familia Real en las grandes ceremonias de Estado, y en el cocherón de diario, mucho más grande y que mandó construir Fernando VII, se guardaban 122 carruajes de todas clases. A los arquitectos de todo el mundo que acudían a visitarlo, les asombraba el artesonado de este cocherón, porque su armadura cubría un vano de 78,5 metros de largo por 28 de ancho y les parecía algo inverosímil que se hubiera podido construir con madera, cuando no existían el cemento ni las vigas de hierro. También tenía un garaje, con dieciséis automóviles, dos ómnibus y cinco camiones, y talleres en los que se reparaban coches de caballo y automóviles. Y, además, 142 viviendas para los empleados.

Obras en los Jardines de Sabatini, antiguas caballerizas, en 1935,
Obras en los Jardines de Sabatini, antiguas caballerizas, en 1935, – ARCHIVO ABC

Llegada de la Rep√ļblica

As√≠ estaban las Reales Caballerizas la noche del 14 de abril de 1931 cuando se proclam√≥ la Rep√ļblica y la Familia Real parti√≥ al exilio. A partir de ese momento, el nuevo r√©gimen se propuso demoler precipitadamente esas instalaciones, que hab√≠an servido para dar brillo y lustre a la Monarqu√≠a que hab√≠an derrocado, y el af√°n destructor de los s√≠mbolos mon√°rquicos se impuso a todas las voces que se alzaron en contra.

Solo parte de las valiosas carrozas y guarniciones se salvaron. Los caballos se subastaron para corridas de toros y tiovivos

El 4 de agosto de 1932 la Rep√ļblica, que hab√≠a incautado todos los bienes que pertenecieron a la Corona, entreg√≥ las Reales Caballerizas al Ayuntamiento de Madrid con el mandato de destruirlas y construir unos jardines, como hab√≠a previsto Sacchetti al dise√Īar el Palacio (al final, los jardines se acabaron haciendo en 1950, con Franco). El alcalde de Madrid, Pedro Rico, abort√≥ todo debate con el argumento de que la ley de donaci√≥n de los edificios obligaba a derribarlos.

Protestaron casi todos los peri√≥dicos de la √©poca, que ped√≠an que se conservara una parte y se hicieran jardines en otra; el Colegio de Arquitectos de Madrid exigi√≥ ¬ęla inmediata suspensi√≥n¬Ľ del derribo, y el Patronato del Museo Nacional de Arte Moderno, integrado por el pintor Ignacio Zuloaga, la pol√≠tica anarquista Margarita Nelken, el escultor Mariano Benlliure y el arquitecto Secundino Zuazo, hizo un comunicado de protesta que calificaba el derribo de ¬ęhecho ins√≥lito¬Ľ y denunciaba la destrucci√≥n de ¬ęvalores est√©ticos que deben ser conservados¬Ľ. Pero la Rep√ļblica desoy√≥ todas las voces y empez√≥ a desalojar las Reales Caballerizas. Lo que consideraba valioso lo hacin√≥ en el Palacio Real, y el resto lo subast√≥ y malvendi√≥ como chatarra. A las familias que all√≠ viv√≠an las indemniz√≥ con una m√≠nima cantidad y, como se negaron a aceptarla, les amenaz√≥ con continuar con la demolici√≥n.

El 4 de diciembre de 1931 se celebr√≥ la subasta de los caballos. Para entonces, los animales ya hab√≠an sufrido la hostilidad del nuevo r√©gimen a sus antiguos due√Īos, y estaban mal alimentados, sucios y tan delgados que se marcaba su osamenta. Caballos que hab√≠an sido enjaezados con adornos de plata, que hab√≠an arrastrado carrozas de gala, que hab√≠an dormido en cuadras de caoba, acabaron en las plazas de toros, en una √©poca en la que los petos eran tan escasos que en cada corrida mor√≠an una media de tres ejemplares. En el mejor de los casos, su destino fue hacer girar los tiovivos que se instalaban en las fiestas de los pueblos. Por alguno de los caballos se pag√≥ ¬ęuna miseria, 21 pesetas¬Ľ, seg√ļn las cr√≥nicas de la √©poca.

Reales Caballerizas en 1789.
Reales Caballerizas en 1789. – ARCHIVO ABC

Caballos subastados

Entre los ejemplares subastados estaba ¬ęPoseid√≥n¬Ľ, la jaca casta√Īa sobre la que el Rey Alfonso XIII jug√≥ por primera vez al polo y que, ahora, con 31 a√Īos, hac√≠a vida de equino jubilado en las Caballerizas Reales. Un arist√≥crata lo salv√≥ de una muerte segura al comprarlo en el remate a trav√©s de un monosabio que hizo de testaferro y adquiri√≥ todo el lote por un pu√Īado de pesetas.

En abril de 1932, el redactor jefe de ABC Alfredo Ram√≠rez Tom√© public√≥ en Blanco y Negro un reportaje, ¬ęVisita de despedida¬Ľ, en el que describ√≠a con detalle la riqueza de las Reales Caballerizas y advert√≠a del disparate que se iba a cometer. Pero ya nada ni nadie pod√≠a frenar el √°nimo destructor de la Rep√ļblica y el 5 de septiembre de 1932 empez√≥ el derribo.

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