Argentina elige otra vez la barbarie

Entre civilizaci√≥n y barbarie, el f√ļtbol argentino, una vez m√°s, volvi√≥ a elegir barbarie. Dos d√≠as de bronca, violencia, frustraci√≥n, verg√ľenza y una derrota definitiva, la de un pa√≠s incapaz de celebrar la final de una Copa Libertadores o la final del mundo, como se ve√≠a a los ojos de buena parte del planeta el partido entre Boca Juniors y River Plate.

¬ęSe reprograma¬Ľ, anunci√≥ por la tarde Alejandro Dom√≠nguez, presidente de la Conmebol, la Confederaci√≥n Sudamericana de F√ļtbol que el s√°bado, cuando el autob√ļs de Boca se convirti√≥ en diana de lanzamiento de pedruscos, adoquines, botellas y otros objetos a mano del fanatismo disfrazado de afici√≥n, insist√≠a en que el partido se jugaba. Y lo hac√≠a con el capit√°n xeneize, Pablo P√©rez, con el ojo en compota, varios de sus compa√Īeros con heridas a la vista y la calle encendida por la furia de los ¬ębarras bravas¬Ľ.

Hasta cuatro horarios diferentes lleg√≥ a anunciar la Conmebol el s√°bado para finalmente asumir que era imposible disputar el encuentro, que esa batalla, como la guerra de la cordura, la hab√≠an perdido antes de empezar. Por fin, tir√≥ la toalla y fue entonces cuando cit√≥ al p√ļblico para el d√≠a despu√©s, para el domingo a las cinco de la tarde y en el mismo lugar. Pero tampoco pudo ser.

Este domingo, cuando Argentina segu√≠a sumida en un pozo infinito de depresi√≥n y tristeza, por la imagen que el mundo recib√≠a de un pa√≠s que intenta recuperar su econom√≠a -y el respeto perdido durante doce a√Īos largos de ¬ękirchnerismo¬Ľ-, la Conmebol volvi√≥ a hacer de las suyas. Primero insisti√≥ en que el estadio Monumental abriera sus puertas, despu√©s ignor√≥ el parte m√©dico de Alejandro Weremczuk, el oftalm√≥logo que atendi√≥ a Pablo P√©rez (¬ęSi juega se le puede infectar el ojo¬Ľ, advirti√≥ junto a la imagen del capital con un parche), y finalmente, tras una protesta de Boca que reclama sanciones a River y adjudicarse la Copa sin pisar el terreno de juego, accedi√≥ a dar marcha atr√°s y suspender el encuentro.

¬ęEl martes se decide cu√°ndo se juega la final¬Ľ. El anunci√≥ oficial se produjo justo despu√©s de encajar el √ļltimo gol a un deporte convertido, en este siglo XXI, en cueva de piratas, con clubes que siguen financiando a las ¬ębarras¬Ľ, trapichean con las entradas y se cuelan en las cloacas de la pol√≠tica y el crimen. La noticia del aplazamiento de la final fue mal recibida por los seguidores de River que ya estaban en el Monumental. Protestaban por tener que abandonar ¬ęla cancha¬Ľ despu√©s de ¬ębancarnos¬Ľ -aguantar en lunfardo-, ¬ęel sol y el calor¬Ľ -por ahora llevadero- del verano austral. ¬ęNos toman el pelo. Es una falta de respeto. ¬ŅPor qu√© no lo dijeron antes? Es la muerte del f√ļtbol¬Ľ, protestaba un hombre que luc√≠a la camiseta blanca con la banda roja de River.

Ma√Īana se decide si hay final

Daniel Angelici, presidente de Boca, hab√≠a pedido la suspensi√≥n del encuentro. ¬ęNo est√°n dadas las condiciones¬Ľ, repet√≠a. ¬ę¬ŅY, ahora, qu√©?¬Ľ, se preguntaba un aficionado. Ahora, los dos m√°ximos dirigentes de Boca y River decidir√°n en terreno neutral, en Asunci√≥n del Paraguay, cu√°ndo y d√≥nde se ver√°n las caras sus equipos si, como parece probable, Angelici no logra su prop√≥sito de llevarse la copa a casa sin tocar el bal√≥n.

Es dif√≠cil, pero no imposible, asumir que el partido, para evitar nuevos escenarios de violencia, podr√≠a disputarse en Miami o en otro pa√≠s. Se recuerdan episodios no muy lejanos, y era s√≥lo por la liga, donde arrojaron gases lacrim√≥genos o pimienta en el t√ļnel del vestuario. En aquella ocasi√≥n, ¬ęla picard√≠a¬Ľ fue de los de Boca, pero ni River ni la selecci√≥n albiceleste tienen un pasado blanco. Tampoco esa parte de la sociedad que, en buena medida, sigue celebrando el gol con la mano de Maradona a los ingleses en el Mundial del 86 y no se escandaliza cuando Carlos Bilardo confiesa que coloc√≥ un somn√≠fero en el agua de los brasile√Īos en el Mundial del 90. Esto, sin mencionar ciertos periodistas que celebran la ¬ęavivada¬Ľ de Guillermo Vilas en el Open de Australia al hacerse un par de zapatillas id√©nticas a las reglamentarias, pero con la suela con mayor adherencia a la superficie y cambi√°rselas en el banquillo para lograr la victoria. ¬ęNo tenemos remedio¬Ľ, se flagelan algunos. ¬ęLa culpa fue de Rodr√≠guez Larreta (Horacio)¬Ľ, el actual jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, acusaban otros. ¬ęSiempre la misma estrategia, no tiene huevos. Deja que se arme el quilombo (el foll√≥n) y al d√≠a siguiente reprime¬Ľ, observa una periodista leal a River cuando a√ļn so√Īaba con ver la final.

La responsabilidad por la seguridad es el caballo de batalla que arrean unos y otros. ¬ęSi lo hubiera manejado Patricia Bullrich (ministra de Seguridad de la Naci√≥n), nada de esto habr√≠a pasado¬Ľ, garantiza un cr√≠tico de Larreta. Patricia Bulrill es responsable de la seguridad del G-20, la reuni√≥n donde tienen cita, esta semana, los presidentes m√°s poderosos del planeta. El efecto de las im√°genes del asalto al autob√ļs de Boca, las peleas en la calle, los asaltos y robos y la suspensi√≥n del encuentro, hicieron circular el rumor de que Donald Trump hasta analizaba retirarse antes de empezar la cumbre.

Todo mal para el presidente Mauricio Macri y para Argentina. Al hombre que comenzó su carrera política en el despacho de la Bombonera (campo de Boca), lo sucedido le deja en mala posición. El país que se reconcilia con el mundo es el mismo que ni puede reunir en un mismo estadio a los seguidores de los finalistas de la Copa Libertadores ni logra que se celebre el partido. Una derrota, por goleada. para todos.

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